La tiranía de los buenos 

Por James Neilson

Lo mismo que en buena parte del resto del mundo, aquí los más indignados por la existencia de grandes bolsones de pobreza suelen sentir aún más horror ante la sugerencia de que la mejor manera de eliminarlos consistiría en transformar a quienes viven en ellos en «burgueses» capaces de abrirse camino en el mundo actual. Por motivos que tienen más que ver con su propia actitud, por lo común sumamente crítica, hacia la civilización moderna que con la evidencia disponible, se resisten a tomar en serio cualquier análisis que podría interpretarse como una forma de decir que los pobres mismos son en cierto modo los responsables de la situación en la cual se encuentran. No es una cuestión de «culpa» sino del hecho patente de que el código de valores imperante en los sectores rezagados es incompatible con el ascenso social, razón ésta por la cual pueblos de Asia oriental que hace apenas una generación pasaban hambre ya están entre los más prósperos del planeta, mientras que en América Latina y Africa otros sólo han visto caer su nivel de vida.

Dicha incompatibilidad se manifiesta de muchos modos. En las provincias más miserables del país, como Santiago del Estero y Corrientes, los indigentes están acostumbrados a votar en favor de caudillos – los llaman «Tata» – que son notorios por su indiferencia hacia los intereses de su clientela. Lejos de esforzarse por prepararlos para que puedan hacer frente a los desafíos planteados por un mundo que está volviéndose cada vez más exigente, se limitan a elogiarlos por su «lealtad», a repartir limosas cuando las elecciones están a la vista y a atribuir sus penurias al «olvido» de sus compatriotas, lo cual es una forma de reivindicar la mendicancia colectiva por basarse en el presupuesto de que la «solución» habrá de consistir en un fondo de «reparación histórica»o en algo igualmente portentoso.

Igualmente negativa es la prédica de la Iglesia Católica, una institución que es paternalista por antonomasia. Lo es porque descansa en la creencia de que la extrema pobreza es un crimen perpetrado no por la sociedad en su conjunto – a los obispos no les interesa denostar a la mayoría de los argentinos por egoístas codiciosos y corruptos -, sino por «el capitalismo salvaje», es decir, el capitalismo a secas. Así las cosas, no habría escapatoria concebible a menos que los países más ricos reemplazaran a sus ministros de Economía por sacerdotes, las empresas multinacionales se convirtieran en sociedades benéficas y los «especuladores», avergonzados de sí mismos, dejaran de querer acumular aún más dinero. Claro, nada de esto ocurrirá, lo cual es una bendición porque la consecuencia más inmediata sería una depresión económica internacional fenomenal, de suerte que lo que la Iglesia propone es que los pobres esperen que triunfe una cruzada fantasiosa.

Desde un punto de vista religioso o ideológico este discurso tiene su lógica: tanto los eclesiásticos como los izquierdistas preferirían que nuestra civilización tomara un rumbo radicalmente distinto. Con todo, una cosa es lamentar lo que está sucediendo y otra procurar hacer pensar a los ya confundidos que sólo se trata de una pesadilla atroz que llegará a su fin en cuanto sus guías espirituales o políticos confeccionen una «alternativa». En términos prácticos, este discurso sólo sirve para consolidar la convicción de que los pobres son víctimas pasivas e indefensas de fuerzas a la vez poderosísimas y malignas, de que nunca podrán ser los autores de su propio destino. Es como si exhortaran a los residentes de una zona que pronto desaparecerá bajo las aguas a quedarse en sus hogares porque el desastre será obra de personas perversas. Aunque el «modelo liberal» fuera tan odioso como dicen sus muchos detractores clericales e intelectuales, más los políticos que están bajo su influencia, esto no supondría que los pobres, además de sus hijos y nietos, no tendrán que convivir con él: fingir lo contrario es una forma de traicionarlos, de usarlos como carne de cañón para una guerra cultural ya perdida.

Tan firme es la hegemonía del pensamiento colectivista reivindicado por la Iglesia Católica, la izquierda y los dos grandes movimientos políticos populistas, que el debate – es un decir – en torno a la miseria consiste mayormente en denuncias, manifestaciones de asombro y diatribas dirigidas contra los pocos individuos y los credos presuntamente culpables de causarla. Es escaso el interés por decidir cuáles serían las medidas concretas más apropiadas para permitirles a los más pobres mejorar su situación – aquel veinte por ciento de la población que, se dice, vive con un promedio de 65 pesos mensuales -, acaso porque se sabe de antemano que las recetas que podrían arrojar ganancias políticas resultarían inútiles, cuando no contraproducentes. Por razones comprensibles, ningún «dirigente» se animaría a señalar que nunca será puesto en marcha un programa salvador y que por lo tanto el porvenir de los pobres dependerá casi exclusivamente de sus propios esfuerzos individuales.

Los preocupados por la extrema pobreza de una parte ya enorme y al parecer creciente de la población se creen muy «solidarios», pero por bondadosos que sean su forma de pensar refleja el desprecio. Trátese de clérigos o intelectuales, políticos que quieren ser progresistas o funcionarios esclarecidos, no consideran a las «víctimas de la pobreza» sus iguales, de manera que no se les ocurre que la «solución» podría hallarse entre los pobres mismos. En efecto, sólo ahora, luego de más de medio siglo de denuncias, manifestaciones de asombro y lamentaciones, están comenzando a darse cuenta los «dirigentes» de que colaborar con sus habitantes es la única forma legítima de abolir las villas miseria y sus equivalentes, ya que son ellos quienes las metamorfosearán realmente en barrios «normales».

Asimismo, es llamativo que haya tenido que transcurrir tanto tiempo antes de que los poderosos del mundo – incluyendo a sus integrantes argentinos – entendieran que iniciativas como la supuesta por el Banco Grameen del bangladeshí Muhammad Yunus, una institución que se especializa en prestar pequeñas sumas a personas pobres para que puedan comprar lo que necesitarían para garantizarse un ingreso que los más creerían irrisorio – podrían lograr más que cualquier cantidad de «planes» elaborados por políticos bien intencionados por estar orientadas a liberar las energías de millones de individuos que de otro modo permanecerían presos de un sistema que los mantiene como objetos de experimentos «sociales» instrumentados por miembros de una elite.

Puede entenderse que quienes, con una «vocación de servicio» que es digna de elogio, se toman por dirigentes se hayan resistido a reconocer que la clave de la «lucha contra la pobreza» está en manos de los pobres mismos, y que si desean desempeñar un papel útil les conviene ocuparse en eliminar los obstáculos, entre ellos los psicológicos, que les impiden usarla.

Los políticos aún no se han habituado a la idea de que ya no les es dado construir modelos macroeconómicos novedosos que servirían de monumentos a su gloria, pero siguen creyendo que por lo menos pueden «defender» a la gente común, sobre todo a los más pobres, de las desgracias que suelen producirse, de modo que es natural que sean reacios a desistir de intentar cumplir el papel de protectores de los más débiles.

Con todo, si por fin se libra una genuina «guerra contra la pobreza», los protagonistas serán los pobres, no sus amigos acomodados, y las batallas principales serán las trabadas contra los que, a menudo sin quererlo, los tratan como menores de edad que nunca serán capaces de valerse por sí mismos. 


Lo mismo que en buena parte del resto del mundo, aquí los más indignados por la existencia de grandes bolsones de pobreza suelen sentir aún más horror ante la sugerencia de que la mejor manera de eliminarlos consistiría en transformar a quienes viven en ellos en "burgueses" capaces de abrirse camino en el mundo actual. Por motivos que tienen más que ver con su propia actitud, por lo común sumamente crítica, hacia la civilización moderna que con la evidencia disponible, se resisten a tomar en serio cualquier análisis que podría interpretarse como una forma de decir que los pobres mismos son en cierto modo los responsables de la situación en la cual se encuentran. No es una cuestión de "culpa" sino del hecho patente de que el código de valores imperante en los sectores rezagados es incompatible con el ascenso social, razón ésta por la cual pueblos de Asia oriental que hace apenas una generación pasaban hambre ya están entre los más prósperos del planeta, mientras que en América Latina y Africa otros sólo han visto caer su nivel de vida.

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