La venganza de Brasil fue más dulce

Actualizado a las 19:46

BUENOS AIRES (DyN) – Brasil se consagró hoy campeón de torneo «Copa Confederaciones» al golear 4-1 a la Argentina en la ciudad alemana de Franckfurt en notable exhibición futbolística que no hizo más, ni menos, que confirmarlo como el mejor seleccionado del mundo.

Fue como un despertar «verdeamarelho» para desquitarse de la derrota (1-3) que hace pocas semanas se llevó de Buenos Aires por las Eliminatorias Sudamericanas del Mundial Alemania 2006; o de la agónica caída de ayer en el Mundial Sub 20 en Holanda; o de la del último certamen sudamericano clasificatorio para esa competencia juvenil, en enero pasado (en ambos casos, 1-2). Y, para el representativo nacional, una dolorosa pesadilla que, en definitiva, termina siendo una piadosa paliza futbolística, a todas luces exigua en el marcador.

Antes de cumplirse el primer cuarto de hora, Brasil ya ganaba 2-0 con dos furibundos remates desde fuera del área, cuyos ejecutantes tuvieron la libertad para acomodarse en sendos envíos. A los 10 minutos, el primero fue un zurdazo fulminante de Adriano que se clavó en el ángulo superior derecho del arco de Javier Lux, luego de maniobrar en forma zigzagueante de derecha a izquierda, edificando una jugada monumental.

El siguiente sobrevino cinco minutos después, esta vez originado en la talentosa pierna diestra de otro habilidoso, Kaká, desde la otra banda e incrustando el balón en el ángulo inverso del desguarnecido arco, con un nuevo disparo cruzado y letal sin encontrar oposición en su asombroso trayecto. También muy temprano en la etapa complementaria, al minuto del reinicio, Ronaldinho tuvo una oportunísima aparición para empalmar a la red una pelota que se introdujo entre las piernas de Lux, tras proyección y centro por derecha de Cicinho; y a los 18, un cabezazo de Adriano rubricó la goleada.

Una acrobática palomita del armador Pablo Aimar, a los 20 minutos, luego de un desborde del wing César Delgado por derecha, estableció lo que en la jerga futbolera se denomina «el gol del honor». El equipo orientado por José Pekerman insinuó una leve reacción luego de cada gol, pero con tibieza, y el conductor Juan Román Riquelme esta vez fue bien controlado y tampoco tuvo socios para el desequilibrio, por lo cual terminó fagocitado por la prolija y escalonada marca rival.

Apenas una escapada de Delgado que fue abortada por la repentización en la salida del golero Dida, o un shot de media distancia de Riqueleme, resultaron insuficiente para inquietar a un Brasil que, ya por tradición, se torna vulnerable cuando es atacado. La impotencia albiceleste, que en la faz ofensiva estribaba en la «Riquelme-dependencia», se reflejo en los ríspidos duelos entre el zaguero Fabricio Coloccini y Ronaldinho (ambos fueron amonestados tras aplicarse codazos); o en un planchazo de Sorín a Kaká, por el que debió ser expulsado, ya que estaba amonestado.

En el amanecer del segundo período, después de prolongar a cifras de goleada su victoria, los dirigidos por Carlos Alberto Parreira justificaron plenamente la coronación, sometiendo al adversario a una sucesión interminables de estocadas a fondo, algunas conjuradas lucidamente por Lux, a la sazón y paradojalmente, una de las figuras del perdedor. Es que, si sobre el final de la etapa incial su actitud fue expectante y estuvo agazapado para liquidar el superclásico sudamericano con filosos contragolpes, hasta el pitazo final Brasil pudo adornar el score con varios goles más, cuya autoría pudieron habérsela adjudicado Ronaldinho, Kaká, Robinho, Lucio y Adriano.

El tanto de Aimar, el tardío ingreso de Tevez por el inexpresivo Luciano Figueroa -hoy goleador de pólvora mojada, a tono con la lluviosa noche de Franckfurt-, un remate de Sorín y un clarísimo penal ignorado en su perjuicio, hubiera posibilitado que el resultado fuera menos lapidario, pero la consagración brasilera estaba consumada y, se insiste, por cifras aún módicas. Una mancha negra para Argentina: en el medio de la impotencia abusó del juego brusco y de algunas actitudes antideportivas frente a las cuales el árbitro se hizo el distraído, como siguiendo una consigna de que la finalísima tenía que concluir once contra once.

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