La verdad es mentira

Redacción

Por Redacción

Como el ornitorrinco o la hiena, los seres humanos también somos animales. Pero a diferencia de todos los animales, nuestra relación con el mundo está mediada por el lenguaje: no vemos el mundo tal cual es (si es que eso fuera posible) sino como nuestra mente es capaz de verlo. Y esa forma de verlo está determinada por la cultura y la historia: con el paso del tiempo nuestras ideas sobre cómo funciona el mundo o la sociedad cambian y cambian mucho. Hace apenas 100 años en casi ningún país las mujeres podían votar. Desde hacía milenios todo el mundo creía (incluyendo a la casi totalidad de las propias mujeres) que el sexo femenino no era apto para razonar, que solo debían confiárseles tareas de baja calificación (como cuidar niños y limpiar el hogar) y que, “por su debilidad física y emocional”, debían estar siempre bajo la custodia de un varón. Un aguerrido, pero muy minoritario, movimiento sufragista impulsaba no sólo el cambio de las leyes para dotar de derechos políticos a las mujeres sino que, feminismo incipiente, pedía que se les reconocieran todos los mismos derechos que a los varones. A poco más de un siglo de ese movimiento, que fue ganando terreno muy lentamente, en las últimas décadas se logró cambiar radicalmente la situación política de las mujeres en la mayoría de los países y ya 65 de ellos tienen o han tenido una mujer como presidente o primer ministro. Desde que se establecieron las primeras sociedades urbanas, hace unos 7.000 años, las mujeres fueron consideradas seres política, física, mental y culturalmente inferiores al varón. Recién en el siglo XX eso cambió. Y los cambios más profundos no tienen más que algunas décadas. La escuela de negocios de Harvard, por poner un ejemplo, no aceptó mujeres hasta 1965. A pesar de que Marie Curie ganó dos veces el Premio Nobel (el de Física en 1903 y el de Química en 1911), la Academia de Ciencias de Francia no la aceptó como miembro y hubo que esperar hasta 1979 para que aceptara que una científica merecía ser miembro de esa Academia. ¿Cómo fue posible que durante milenios la humanidad hubiera creído que las mujeres no servían para otra cosa que engendrar y criar niños y en apenas 50 años se haya cambiado tan radicalmente la forma de considerarlas? Porque esa creencia (como muchas otras que parecían eternas e inmutables) pertenece a un paradigma conceptual que funcionó durante casi tres milenios sin que se lo criticase: la idea de que existe la verdad y de que lo que es verdadero lo es para siempre. Hace cinco siglos, de manera muy lenta al comienzo, ese paradigma comenzó a resquebrajarse. Pero fue Friedrich Nietzsche, a fines del siglo XIX, el que más lejos llevó la crítica a la vieja idea de verdad cuando analizó que todo lo humano (en especial, los “sagrados” valores morales) son construcciones históricas que se hacen pasar por eternas. Todo lo humano ha nacido y está condenado a morir. Incluso las “grandes” ideas. Incluso los marcos conceptuales generales en los que se producen esas ideas. Todas las revoluciones científicas y sociales que han tenido lugar en los últimos cinco siglos son hijas de este cambio de paradigma conceptual: desde la revolución astronómica de Copérnico –que puso el Sol en el centro del sistema, sacando a la Tierra de ese lugar privilegiado– hasta el cuestionamiento de la esclavitud, que pareció “natural” durante 2.000 años. Estamos tan acostumbrados a creer que es verdadero lo que pensamos que, a pesar de que sepamos que esas ideas del pasado que hoy consideramos erróneas también fueron creídas sin cuestionamientos, nos resulta difícil pensar que nuestras ideas y creencias actuales también serán superadas por la historia. Vivimos suponiendo que hemos alcanzado la cima de la inteligencia y que sólo resta sumar algunos descubrimientos científicos y mejorar algunas normas, pero que en lo esencial nuestra forma de ver el mundo es la correcta o verdadera. Nietzsche decía que es fácil reírse del pasado sin darnos cuenta de que el futuro se reirá de nosotros. Vemos fotos de nuestros abuelos cuando eran niños y nos dan ternura y risa al verlos en esos trajes de baño anticuados. Así también valoramos sus prejuicios. Pero olvidamos que nuestro presente será el pasado de nuestros nietos. Ellos también considerarán nuestras creencias anticuadas y prejuiciosas. La única manera de soportar el juicio del futuro es no creer que nuestro presente es la expresión de la verdad y que nuestras creencias serán eternas. Esa mínima pero sabia humildad quizá no nos salve de la crítica, pero nos hará ver menos arrogantes, de esos que se enorgullecen de insistir en el error. (*) Crítico cultural

Opiniones

Daniel Molina – @rayovirtual (Crítico cultural)


Como el ornitorrinco o la hiena, los seres humanos también somos animales. Pero a diferencia de todos los animales, nuestra relación con el mundo está mediada por el lenguaje: no vemos el mundo tal cual es (si es que eso fuera posible) sino como nuestra mente es capaz de verlo. Y esa forma de verlo está determinada por la cultura y la historia: con el paso del tiempo nuestras ideas sobre cómo funciona el mundo o la sociedad cambian y cambian mucho. Hace apenas 100 años en casi ningún país las mujeres podían votar. Desde hacía milenios todo el mundo creía (incluyendo a la casi totalidad de las propias mujeres) que el sexo femenino no era apto para razonar, que solo debían confiárseles tareas de baja calificación (como cuidar niños y limpiar el hogar) y que, “por su debilidad física y emocional”, debían estar siempre bajo la custodia de un varón. Un aguerrido, pero muy minoritario, movimiento sufragista impulsaba no sólo el cambio de las leyes para dotar de derechos políticos a las mujeres sino que, feminismo incipiente, pedía que se les reconocieran todos los mismos derechos que a los varones. A poco más de un siglo de ese movimiento, que fue ganando terreno muy lentamente, en las últimas décadas se logró cambiar radicalmente la situación política de las mujeres en la mayoría de los países y ya 65 de ellos tienen o han tenido una mujer como presidente o primer ministro. Desde que se establecieron las primeras sociedades urbanas, hace unos 7.000 años, las mujeres fueron consideradas seres política, física, mental y culturalmente inferiores al varón. Recién en el siglo XX eso cambió. Y los cambios más profundos no tienen más que algunas décadas. La escuela de negocios de Harvard, por poner un ejemplo, no aceptó mujeres hasta 1965. A pesar de que Marie Curie ganó dos veces el Premio Nobel (el de Física en 1903 y el de Química en 1911), la Academia de Ciencias de Francia no la aceptó como miembro y hubo que esperar hasta 1979 para que aceptara que una científica merecía ser miembro de esa Academia. ¿Cómo fue posible que durante milenios la humanidad hubiera creído que las mujeres no servían para otra cosa que engendrar y criar niños y en apenas 50 años se haya cambiado tan radicalmente la forma de considerarlas? Porque esa creencia (como muchas otras que parecían eternas e inmutables) pertenece a un paradigma conceptual que funcionó durante casi tres milenios sin que se lo criticase: la idea de que existe la verdad y de que lo que es verdadero lo es para siempre. Hace cinco siglos, de manera muy lenta al comienzo, ese paradigma comenzó a resquebrajarse. Pero fue Friedrich Nietzsche, a fines del siglo XIX, el que más lejos llevó la crítica a la vieja idea de verdad cuando analizó que todo lo humano (en especial, los “sagrados” valores morales) son construcciones históricas que se hacen pasar por eternas. Todo lo humano ha nacido y está condenado a morir. Incluso las “grandes” ideas. Incluso los marcos conceptuales generales en los que se producen esas ideas. Todas las revoluciones científicas y sociales que han tenido lugar en los últimos cinco siglos son hijas de este cambio de paradigma conceptual: desde la revolución astronómica de Copérnico –que puso el Sol en el centro del sistema, sacando a la Tierra de ese lugar privilegiado– hasta el cuestionamiento de la esclavitud, que pareció “natural” durante 2.000 años. Estamos tan acostumbrados a creer que es verdadero lo que pensamos que, a pesar de que sepamos que esas ideas del pasado que hoy consideramos erróneas también fueron creídas sin cuestionamientos, nos resulta difícil pensar que nuestras ideas y creencias actuales también serán superadas por la historia. Vivimos suponiendo que hemos alcanzado la cima de la inteligencia y que sólo resta sumar algunos descubrimientos científicos y mejorar algunas normas, pero que en lo esencial nuestra forma de ver el mundo es la correcta o verdadera. Nietzsche decía que es fácil reírse del pasado sin darnos cuenta de que el futuro se reirá de nosotros. Vemos fotos de nuestros abuelos cuando eran niños y nos dan ternura y risa al verlos en esos trajes de baño anticuados. Así también valoramos sus prejuicios. Pero olvidamos que nuestro presente será el pasado de nuestros nietos. Ellos también considerarán nuestras creencias anticuadas y prejuiciosas. La única manera de soportar el juicio del futuro es no creer que nuestro presente es la expresión de la verdad y que nuestras creencias serán eternas. Esa mínima pero sabia humildad quizá no nos salve de la crítica, pero nos hará ver menos arrogantes, de esos que se enorgullecen de insistir en el error. (*) Crítico cultural

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