La victoria de la democracia del soldado ciudadano
Por Gabriel Rafart
Llos estadounidenses que votaron el «supermartes» por la reelección de George W. Bush no son idiotas. Sí son expresión del exasperante antiintelectualismo imperante en gran parte de su sociedad. Por ello es que el refinado John Kerry corrió con desventaja desde el primer día de lanzada su campaña por llegar a la Casa Blanca. Su escaso carisma y un discurso nada enfático, en cuanto a rupturas posibles, le jugaron en contra.
No hay dudas de que un exceso de pragmatismo y voluntarismo hay en esos millones de votos favorables a Bush. También de miedo defensivo y desconfianza a que un cambio de timonel modifique el curso de un país en guerra y enormemente endeudado. En definitiva, el norteamericano promedio fue fiel a su historia electoral cuando esa gran nación tuvo un enemigo visible. El voto republicano del 2004 fue consecuente con la historia de los últimos sesenta y cinco años. De los tiempos de la Segunda Guerra Mundial, la «Guerra Fría», la contienda nunca declarada en Vietnam, la lucha contra el «imperio del mal» soviético y ahora la más imprevisible de todas, encaminada a la destrucción del terrorismo planetario. Si bien predominaron los republicanos, lo cierto es que las reelecciones de Franklin Delano Roosevelt, Dwigh David Eisenhower, Richard Milhous Nixon y Ronald Reagan colocan al ahora dos veces presidente Bush en el adecuado panteón de comandantes de una democracia en guerra. En términos de aportes a la humanidad, sólo Roosevelt merece respeto y consideración. Los historiadores del futuro tendrán que lidiar acerca de quién de los otros cuatro presidentes reelectos sacará alguna ventaja dentro de ese panteón. A la fecha, el recientemente fallecido actor-presidente Ronald Reagan lograría suficiente crédito al haber obligado a su «imperio del mal» soviético a agotar sus energías en una carrera tecnomilitar imposible.
George W. Bush logró su reelección. Ahora sin el concurso de los jueces como en el 2000. Continuará en las funciones de comandante en un país que después de las masacres del 11 de setiembre del 2001 en Manhatan y Washington se ha transformado en una democracia de soldados ciudadanos. Es en esa dimensión del «soldado ciudadano» donde observamos una ruptura con la historia de los Estados Unidos. Nos referimos a ese hombre o mujer común, portador de sus derechos ciudadanos que no necesariamente es el reservista de una guardia nacional estadual, pero que sí empieza a mirar la política desde el lenguaje belicista, de los hombres en guerra, de los comandantes de victorias, de los enemigos derrotados. Sin vestir uniforme, el norteamericano decidió anteponer su condición de soldado al de ciudadano. El yankee es un partisano más, aunque su lenguaje guerrero se tradujo sólo en un voto, dejando que en el teatro de operaciones y ataúdes militares se llenen de latinos que buscan ser ciudadanos plenos.
Este 2004 es ruptura de dos siglos de altibajos, pero sí de dominio de un primitivo ciudadano que anteponía su condición de tal al de soldado. Y el punto de partida de esta historia se encuentra entre los hombres corrientes de fines del XVIII, habitantes de las trece colonias de su majestad británica que fueron obligados a hacer la guerra. Pocos tenían pasado militar. Granjeros, comerciantes, leguleyos, burócratas, transformaron su capital en pertrechos y movilizaron a sus dependientes en edad de empuñar un arma. La patria de los padres fundadores y de sus lejanos herederos George Bush y John Kerry se armó no con profesionales de guerra, sino con ciudadanos convertidos en soldados. Es cierto que los franceses aportaron con un ejército comandado por el aristócrata Lafayette. Acalladas las armas en suelo norteamericano, la realidad del ciudadano guerrero se trasladó de continente. Fue la Francia revolucionaria donde se inauguró el capítulo moderno de los ejércitos de ciudadanos que ahora parece llegar a su fin. Eran los ciudadanos que hablaban el lenguaje de la nación y la virtud patriótica, pero cuando llegaba la ocasión cargaron el morral de municiones y un fusil. Napoleón resultó ser su más perdurable producto.
A principios del XIX el ciudadano soldado regresaba a América. Esta vez a la América de los españoles. Las revoluciones hispanoamericanas liberaron luego energías sin control. La militarización de sus sociedades fue parte de su historia, que fiel a las tradiciones existentes aceptó al ciudadano soldado, pero también a las milicias patrimonialistas. Décadas más tarde, otra vez en suelo norteamericano, el ciudadano soldado retornaba para afrontar una guerra civil. Es cierto que la comodidad burguesa de la parte norte del país no se conmovió. El reclutamiento fue para los pobres urbanos y del campo, inmigrantes recién desembarcados y negros liberados. Hacia fines del XIX y principios del XX, el pueblo norteamericano -ya convertidos en protagonistas del destino de un Estado imperio- parecía haberse olvidado del ciudadano soldado de tierra, dando paso a una profesionalización de sus fuerzas de mar. En ese entonces los EE. UU. marchaban contra la corriente imperante en el mundo. Es que Alemania, Francia, el Imperio Austrohúngaro, entre otros, pretendían hacer de cada ciudadano varón un soldado a través del llamado compulsivo a la milicia. Fue el tiempo del servicio militar obligatorio. Con él se pretendía ratificar el carácter orgánico, integracionista de una sociedad nacional. No era sólo para fomentar un espíritu guerrero y aun más, de conquista. Y los norteamericanos se alejaron de esta lógica del soldado ciudadano al ofrecer otros elementos de integración: los negocios. El hacerse capitalista fue y sigue siendo parte del alma para la integración del norteamericano. En cambio la defensa de la nación definía al europeo. De allí que para estos últimos la Primera Guerra Mundial fue el bautismo y desastre de una mutación: el ciudadano dejaba de ser tal para pasar a la condición de soldado. Las democracias del viejo continente en esa primera mitad del siglo veinte estuvieron al servicio de ese soldado ciudadano. No les fue bien a ninguna de ellas y menos a la humanidad. Lo curioso es que fueron los norteamericanos los que hicieron regresar la ciudadanía en armas al mundo europeo en tiempos de la lucha contra Hitler.
Hoy los norteamericanos parecen querer sortear su propio pasado, dando un salto sin malla de contención. Bush será el comandante de esa democracia de soldados ciudadanos. ¿Cuánto tiempo podrá sostenerse semejante democracia?
Llos estadounidenses que votaron el "supermartes" por la reelección de George W. Bush no son idiotas. Sí son expresión del exasperante antiintelectualismo imperante en gran parte de su sociedad. Por ello es que el refinado John Kerry corrió con desventaja desde el primer día de lanzada su campaña por llegar a la Casa Blanca. Su escaso carisma y un discurso nada enfático, en cuanto a rupturas posibles, le jugaron en contra.
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