La vida en el planeta
Cuando apareció «Naturalist» de Edward O. Wilson en 1994, el libro fue saludado como una de las grandes autobiografías científicas. El que aparece ahora con una selección de trabajos del autor publicados entre 1949 y 2006 «Nature Revealed» ha sido acogido como una colección fascinante para todos los interesados en biología y como un libro propio de uno de los grandes intelectos de nuestro tiempo(1). De las tres partes en que se organiza este volumen de 61 artículos, vamos a comentar algo de la tercera («Conservation and Human Condition»), donde trata problemas de los que interesan al gran público, relativos a la condición humana y la vida en nuestro planeta.
En uno de los artículos que titula «¿Es suicida la humanidad?» habla de los límites de la Tierra para sustentar un crecimiento de la población como el que se ha venido dando y un consumo como el que existe. La pregunta de interés central, dice, es si estamos corriendo al borde de un abismo o estamos sólo ganando velocidad para un despegue hacia un futuro maravilloso. Y las opiniones sobre las perspectivas tienden a caer dentro de dos escuelas.
La primera, el exencionalismo, sostiene que desde que la humanidad es trascendente en inteligencia y espíritu así también nuestra especie debe haber quedado exenta de las leyes de hierro de la ecología que obligan al resto de lo viviente. Ante cada problema, el ingenio y la voluntad de los hombres civilizados hallarán una solución. ¿Crecimiento de la población? Es bueno para la economía. ¿Falta de tierra útil? Tendremos la fusión nuclear para desalinizar el agua del mar y hacer fértiles los desiertos. ¿Extinción de especies? No preocuparse, es el modo de la naturaleza. ¿Recursos? El planeta los tiene para durar indefinidamente si al genio humano se lo deja, sin alarmismos, enfrentar cada problema paso a paso.
La idea opuesta de la realidad es el ambientalismo, una filosofía que ve a la humana como una especie biológica estrechamente dependiente del mundo natural. Ni nuestro intelecto ni nuestro espíritu son capaces de liberarnos de las constricciones del ambiente natural en el que evolucionaron nuestros ancestros. Muchos de los recursos vitales de la Tierra están por quedar exhaustos, la química atmosférica se está deteriorando y la población humana ya ha crecido peligrosamente en números. Los ecosistemas naturales, manantiales de un ambiente saludable, están siendo irreversi- blemente degradados por la acción combinada de esos efectos.
«Yo me coloco declara Wilson sólidamente en la escuela ambientalista». Pero, aclara, no de un modo tan radical como para desear que vuelva atrás el reloj y claramente incómodo frente a movimientos híbridos, como el ecofeminismo, que hablan de una Madre Tierra como el hogar que alimenta toda vida y debe ser reverenciado como lo hacían las sociedades paleolíticas. Y con respecto a la pregunta de si la humanidad es suicida, si el empeño por la conquista de la naturaleza y la autopropagación de la especie están tan sólidamente instalados en nuestros genes como para temer que nos lleven al colapso de la biósfera, su respuesta es que la humanidad no es suicida, no lo es al menos en los términos en que el problema se plantea. Somos demasiado inteligentes como para llegar a la catástrofe ambiental. Pero, advierte, los problemas técnicos son suficientemente formidables como para requerir un redireccionamiento de mucha de nuestra ciencia y tecnología, así como también para, desde el punto de vista de la ética (coincidiendo en esto con la prédica filosófica de Peter Singer en «Repensar la vida y la muerte», aquí comentada hace un tiempo), forzar una reconsideración de nuestra autoimagen como especie.
Wilson anota en este artículo varias razones para el optimismo. Que el mundo está despertando a una consideración del ambiente tanto como peligro cuanto como oportunidad, que los científicos líderes han comenzado a participar activamente en las preocupaciones, que problemas de conservación y biodiversidad son ahora discutidos públicamente y muchos gobiernos establecen instituciones y normas. A todo esto se suma algo de gran importancia, que son algunos signos favorables en cuanto a tendencias demográficas.
El cuello de botella
Frecuentemente requerido para entrevistas, en distintas oportunidades Wilson se ha referido a lo que llama el «cuello de botella» en el mundo actual, la combinación del crecimiento demográfico con un consumo desenfrenado. Hace un par de años le dio a un periodista referencias muy gráficas en cuanto a estos dos fenómenos. Explicó que ahora, cuando la población mundial ha superado los 6.000 millones, está sobrepasando 100 veces la biomasa de cualquier otra gran especie que haya existido en el planeta y que, al igual que el resto de los seres vivos, no podemos permitirnos continuar así otros cien años. Al mismo tiempo, el consumo de energía y de recursos naturales necesarios para proporcionar a la población un nivel de vida occidental están excediendo la capacidad de la Tierra. Si continuamos por esta senda, en el año 2100 serán necesarios 4 planetas para mantener el tipo de vida que se conoce en Estados Unidos.
Pero, advierte, tenemos en el aspecto demográfico un elemento de esperanza en el hecho de que el índice de crecimiento está disminuyendo. Parece ser que las mujeres, en cuanto logran cierto grado de educación e independencia, optan por determinar su propia vida y el número de hijos que quieren tener, algo que, podemos notar, razonaron hace mucho y hace poco pensadores esclarecidos como Condorcet (en el siglo XVIII) y Amartya Sen (influyente en el último Congreso Mundial de la Población). Han optado por la calidad de vida su tendencia a rebajar la fertilidad cuando son independientes es providencial y han decidido tener pocos hijos. Las mujeres de todo el mundo, y especialmente la del industrializado, están disminuyendo el número de hijos hasta un nivel inferior al punto de ruptura, que es un poco más de dos por mujer. Así Naciones Unidas está proyectando un máximo de 9.000 millones de personas en este siglo, muy inferior a las cifras catastróficas que antes muchos vaticinaban.
El otro problema que integra el «cuello de botella» es el consumismo en el mundo industrializado Estados Unidos a la cabeza y la emergencia de grandes masas que han iniciado el proceso y que amenazan con una equiparación. Esto nos pone ante el desafío de mantener o mejorar la calidad de vida a la vez que reducimos el consumo. Se trata de un reto mayor, es un gran desafío tecnológico pero fundamentalmente de planificación económica y hasta de corrección de inclinaciones biológicas fuertemente enraizadas en la naturaleza humana, como son la disposición para pensar sólo en el corto plazo y la agresividad, que sólo será posible superar con tiempo, conocimiento y sabiduría.
(1) Wilson, profesor emérito de Harvard, ha recibido en su país la National Medal of Science, el reconocimiento más alto en ciencia, y dos veces escribe admirablemente el Pulitzer Prize, en 1979 por «On Human Nature» y en 1991 por «The Ants». La Royal Sweedish Academy le otorgó el Crafoord Prize por su labor en Ecología. En 1995 la revista «Time» lo calificó entre los 25 norteamericanos más importantes del siglo y comentó que se lo ubica entre los 100 científicos más influyentes de todos los tiempos. Entre sus libros de alcance filosófico hay dos que levantaron polvareda, «Sociobiology: The New Synthesis» (1975) y «Consilience: The Unity of Knowledge» (1998).
HECTOR CIAPUSCIO (Doctor en Filosofía).
Especial para «Río Negro»
Cuando apareció "Naturalist" de Edward O. Wilson en 1994, el libro fue saludado como una de las grandes autobiografías científicas. El que aparece ahora con una selección de trabajos del autor publicados entre 1949 y 2006 "Nature Revealed" ha sido acogido como una colección fascinante para todos los interesados en biología y como un libro propio de uno de los grandes intelectos de nuestro tiempo(1). De las tres partes en que se organiza este volumen de 61 artículos, vamos a comentar algo de la tercera ("Conservation and Human Condition"), donde trata problemas de los que interesan al gran público, relativos a la condición humana y la vida en nuestro planeta.
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