La violencia, pasado y presente



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HÉCTOR CIAPUSCIO (*)

Steven Pinker, psicólogo cognitivista de Harvard, publicó un libro que está recibiendo elogios. Peter Singer, profesor de Bioética, autor de “Animal Liberation” y precursor en el análisis del tema de la violencia, lo juzga en el “New York Times” del 6 de octubre como “una obra de suprema importancia”. El título –“The Better Angels of our Nature” (los ángeles mejores de nuestra naturaleza)– reproduce una frase del discurso pronunciado en 1861 por el presidente Abraham Lincoln con una apelación dramática frente a la guerra civil. El subtítulo (“Por qué la violencia ha declinado”) explica su sentido con afirmación inesperada como para asombrar a muchos. Pensarán: “¿Y las dos grandes guerras del siglo XX?”, “¿Y el Holocausto?”, “¿Y el Gulag, Hiroshima, Camboya, Rwanda, Darfur…?”. Aprecia el autor, sin embargo, que son tragedias dolorosas pero menores si se las confronta con todos los otros períodos de la historia. La tesis central del libro es que nuestra era es menos violenta, menos cruel y más pacífica que cualquier época anterior de la existencia humana. La gente que vive ahora tiene menos posibilidades, en comparación con las que tenían quienes vivían en cualquier tiempo pasado, de hallar una muerte violenta o de sufrir violencia a manos de otros. El que nace ahora tiene una posibilidad cincuenta veces inferior de ser muerto o torturado respecto de uno que vivía en el Medioevo. La prueba está en el análisis científico de una monumental “base de datos” sobre muertes confeccionada según documentos que la arqueología forense, la historiografía y los gobiernos han ido dejando desde la antigüedad. La serie muestra que en el quince por ciento de los casos esos hombres hallaron una muerte violenta. Asumiendo que los esforzados lectores de este libro de 800 páginas pueden sentirse escépticos ante sus conclusiones, el autor emplea seis capítulos para documentarlas. ¿Qué factores incidieron en estos progresos? El primero sería lo que llama “proceso de pacificación”, determinado por la constitución del Estado. El monopolio legítimo de la fuerza redujo la violencia e hizo más segura la vida de los hombres en Europa y países bajo influencia europea. Después estaría lo que llama “proceso civilizatorio”, determinado por el crecimiento del comercio y la expansión de la cultura. A partir de los siglos XVII y XVIII el Iluminismo produjo un cambio. El papel de la imprenta fue determinante. “La regla de oro” de la moral tuvo lo suyo. Formas de violencia consideradas naturales comenzaron a ser cuestionadas: la esclavitud, la tortura, el despotismo, el duelo y las formas extremas de castigo se modificaron bajo lo que llama la “revolución humanitaria”. Un análisis de la historia reciente muestra una caída moral sin precedentes en la primera mitad del siglo XX. Pero hay registros históricos más tremendos. 55 millones murieron en la II Guerra Mundial, pero los brutales conquistadores mongoles habrían llevado a la muerte en el siglo XIII a 40 millones en una población siete veces inferior. Pinker aprecia que desde 1945 se ha asistido a un nuevo fenómeno, una “larga paz”; los países desarrollados no han emprendido guerras entre ellos. Más recientemente, luego de la “guerra fría”, parece haberse instalado una paz más amplia. No es, por supuesto, una paz absoluta, pero ha habido una declinación en toda clase de conflictos organizados, incluyendo guerras civiles, genocidios, represión y terrorismo. El autor admite que los que se informan por noticias de los diarios tendrán dificultad particular para creer en esto, pero exhibe estadísticas contundentes para dar razón a sus aserciones. Hay una discusión final sobre la llamada “revolución de los derechos”, una revulsión contra la violencia infligida a minorías étnicas, mujeres, niños, homosexuales y animales que se ha desarrollado en el pasado medio siglo. Esos movimientos no han alcanzado sus objetivos pero se ha llegado muy lejos de épocas nada lejanas cuando, por ejemplo, era común la violencia doméstica y admitidos los linchamientos en el sur americano. ¿A qué factores se deben esas tendencias benéficas? Steven Pinker ya fundamentó en su espectacular volumen “La tabla rasa” del 2002 que la evolución configuró el diseño básico de nuestro cerebro y, de ahí, el de nuestras facultades cognitivas y emocionales. Y que ese proceso nos ha dejado propensiones a la violencia –nuestros “demonios profundos”– así como nos dejó “los ángeles mejores de nuestra naturaleza” (aquellas palabras del presidente Lincoln), que nos inclinan a ser pacíficos y cooperativos. Nuestras circunstancias materiales, junto con contribuyentes culturales, determinan si los demonios o los ángeles asumen la primacía. ¿Cuál es el factor principal que nos ha permitido restringir nuestros demonios íntimos y liberar nuestros ángeles mejores? Son importantes la consolidación del Estado, la difusión del comercio, la imprenta, el desarrollo de ideas humanitarias y la potenciación social de la mujer. Pero el supremo desencadenante es la razón, los poderes liberados por nuestra capacidad de razonar para aislarnos tanto de nuestro egoísmo como de las perspectivas parroquiales. El libro de Pinker –concluye el análisis de Peter Singer (quien ha sido un adelantado en el tema con “El círculo que se expande” de 1981)– demuestra convincentemente que ha habido una dramática declinación en la violencia y es persuasivo en cuanto a las causas de esa declinación. Es un libro optimista. Pero ¿qué sobre el futuro? La mejora que comprueba en la comprensión de la violencia puede ser una herramienta valiosa para reducir el crimen, pero existen otros factores a tener en cuenta. No hay garantías de que esas tendencias continuarán. El presente es un período relativamente pacífico pero puede cesar bruscamente por un “choque de civilizaciones” con el Islam, por terrorismo nuclear, por una guerra en el Medio Oriente o por conflictos resultantes del cambio climático. Pinker da buenas razones acerca de que tenemos una buena chance para evitar tales instancias terribles, pero nada más que una buena chance. El propio autor aclaró en una reunión de intelectuales hace poco que sabe que todo es reversible, que hay incógnitas por todas partes, pero confía en que su libro haya demostrado que el pasado es menos inocente y el presente menos siniestro de lo que comúnmente se piensa. (*) Doctor en Filosofía


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