La Zorra en el profesorado
Mirando al sur
Hay distintas formas de aprender y enseñar, porque hay distintos tipos de maestros, que a veces dan clase sin proponérselo. Las reconocemos, a medida que crecemos, convocados por nuestros presentes, como una manera de mostrarnos los modos en los que hicimos nuestro camino.
¿Qué recuerdan de aquellos áridos años noventa? En 1994, yo estaba en mi último año del profesorado de Historia. Llevaba tres años de casado y trabajaba en una de las compañías telefónicas que recién se habían privatizado. Sus oficinas estaban pobladas de murcianos con cigarros que nos miraban desde arriba a los locales como si fueran nuevos conquistadores de América, meta “capullo” de aquí y de allá. Sólo se disciplinaban en las reuniones con las contratistas. Entonces, los gerentes de la empresa argentina volvían a ser empleados de la metrópoli. El clima de arrasamiento con los viejos empleados de ENTel era palpable. Confieso que miré mucho de ese proceso como ajeno. Yo tenía un compañero de trabajo, de la edad de mi padre, con el que nos encontrábamos todas las mañanas para desayunar con los tickets canasta que eran parte de nuestro sueldo. Hablábamos de libros y nos peleábamos por muchas cosas. Nunca entendí, hasta más tarde, su fascinación por los hobbits, habiendo tantos otros personajes, pero en definitiva las conversaciones sobre la Tierra Media zanjaban las diferencias. Recuerdo de Carlos la capacidad de asombrarse como un niño cuando ya era un tipo grande, la seriedad con la que se abandonaba a la fantasía y huía por unas horas.
Cursé el profesorado a la noche en el Alicia Moreau de Justo, con sede en el Normal 1 hasta que a mitad de primer año las ratas y los derrumbes hicieron que nos mudáramos a un edificio vecino que había sido de la Caja nacional de Jubilaciones y Pensiones. Arrancamos más de sesenta, bajamos a la mitad en segundo año, para quedar menos de diez al empezar cuarto, el último de la carrera, y sólo dos en condiciones de terminar: Enrique y yo. Yo era el más chico. En el profesorado se daba que la población o era muy joven o ya pasaba los treinta. Allí también el ambiente era chato. Pocos fueron los profesores que transmitían algún entusiasmo, y por eso mismo… qué valiosos. Los tres pisos de escalera de caracol y los tabiques sin puerta y helados sólo valían la pena para llegar al seminario de Investigación, de la Greca; a Medieval, de Botalla; a Prehistoria, de Manzi, y entonces no todo estaba perdido. Pero eran los menos.
Yo no hubiera terminado de no ser por Enrique, mi compañero. Nos juramentamos, en cuarto año, el último, para llegar juntos. Tres veces a la semana éramos sólo nosotros dos los que cursábamos. “Si vos venís, yo vengo”, fue la consigna. Esa convivencia en ese año gris me enseñó mucho. Aprendí, en ese voto, a sostenerme en el otro, a sostener el esfuerzo espalda contra espalda cuando todo estaba hecho para abandonar: las muchas horas de trabajo, la esterilidad de los programas, la chatura del contexto, el agobiante “1 a 1”. Y de a poco, Enrique empezó a ser La Zorra, como lo conocieron en La Plata. Y yo ingresé a un mundo que no conocía. No es que él se lo propusiera, pero escucharlo (qué buen narrador que era) me hizo ver la historia de otra manera. Enrique, militante de la JUP, nacido en Las Flores, llegó a Buenos Aires en plena dictadura. Tuvo que moverse en una ciudad hostil. En sus anécdotas había un bajo continuo que me llamó la atención a mí, tan joven, tan que me llevaba todo por delante: es cierto que sus relatos siempre estaban marcados por la soledad en una ciudad hostil. Como cuando una noche de horas libres me contó cómo habían levantado a su mejor amigo. Hablaba con dolor, claro, pero como un incidente dentro de un recorrido mayor, que yo comenzaba a percibir que iba más allá de su vida: era aquello de lo que había sido, de lo que era parte. A mi edad, Enrique, La Zorra, vivió algo que yo no había conocido: saberse parte de un colectivo, y soñar un futuro. Por eso terminé de entender, aún en escenas tristes, protagonizadas por el aislamiento y la derrota, asomaba siempre una risa vital y contagiosa o, de mínima, le brillaban con picardía los ojos castaños. Aprendí que era por la alegría que le daba entender su vida dentro de una lucha. Me contó que fue taxista, pero que de tanto escuchar bestialidades de los pasajeros decidió que su guerra iba a ser discutirle a los que subían a su auto. Hizo eso hasta que se volvió demasiado peligroso. Su pequeña resistencia en años adversos.
Un día, me trajo el primer tomo de los libros de documentos de Roberto Baschetti. La tapa era una pintada indecisa en algunos trazos, pero firme en su consigna: “Los yanquis, los rusos y las potencias reconocen a la Libertadora. Villa Manuelita no”. La noche que me lo prestó, como todas las otras, los ojos le brillaron.
Hay tantos maestros como formas de enseñar. En los noventa, esa meseta, aprendí de Carlos formas anodinas de huir de la prisión. Y sé que terminé el profesorado también por mi pacto con La Zorra. Ambos me enseñaron a resistir.
En el profesorado se daba que la población o era muy joven, o ya pasaba los treinta. Allí también el ambiente era chato. Pocos fueron los profesores que transmitían entusiasmo.
Yo no hubiera terminado de no ser por Enrique. Nos juramentamos, en cuarto año, el último, para llegar juntos. Tres veces a la semana éramos sólo nosotros los que cursábamos.
Datos
- En el profesorado se daba que la población o era muy joven, o ya pasaba los treinta. Allí también el ambiente era chato. Pocos fueron los profesores que transmitían entusiasmo.
- Yo no hubiera terminado de no ser por Enrique. Nos juramentamos, en cuarto año, el último, para llegar juntos. Tres veces a la semana éramos sólo nosotros los que cursábamos.