Las dos vidas del soldado Ferreyra

La conmovedora historia que nos envió una lectora.



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Foto: archivo.

MALVINAS EN PRIMERA PERSONA

Hay dos formas de vivir la vida, pasándola simplemente y abriendo el paraguas ante la menor llovizna. O de cara a cara, con toda intensidad y entrega, prendiendo y aprendiendo de cada día como único, como lo es. Como elegí vivirla.

Era principios de abril de 2006. Un cúmulo de situaciones límites me había llevado a trasladarme a ese pequeño pueblo. Atrás quedaban casi veinte años de trabajo y abnegación total en aquella escuela secundaria de la ribera atlántica.

Estaba sola. Sola totalmente, y así debía ser. El cambio de geografía me mantenía distraída, el mar por los lagos; la llanura por la cordillera; el este por el oeste; el clima húmedo y salitroso por las bondades de un clima seco; las sudestadas por la nevadas... todo había cambiado en mi vida.

Y como la adaptación significa supervivencia, decidí cerrar el primer tomo del libro de mi existencia, colocándole la bisagra de los 50 años. Poner a prueba la cosecha de estas cinco décadas significaba todo un desafío, otro más, pero a decir verdad, amo los desafíos.

Me acomodé lo mejor posible en aquel diminuto mono ambiente que medía la mitad del living de mi casa costera, y para no dar lugar a la maraña de pensamientos negativos cargados de dolor, o de recuerdos de mis niños corriendo, jugando y llamándome a los gritos para arbitrar pasajeras divergencias, me puse a trabajar en mi vieja PC.

Comencé a describir el paisaje otoñal que me regalaba la única ventana que se abría hacia el verde jardín del patio trasero. Para acompañar mi silencio, encendí la radio y busqué entre las emisoras locales la que mejor se escuchara, cualquiera era igual, en realidad lo que pretendía era conocer la idiosincrasia del lugar al que había elegido para residir. Cambié de dial hasta que escuché una voz de mujer, simple, clara, muy femenina y pausada que presentaba al Sr. Raúl González, ex combatiente de Malvinas.

Caí en la cuenta de la fecha, claro, el día anterior había sido el cumpleaños número treintaiuno de mi hijo mayor, con el que apenas pude intercambiar a través del celular, unas palabras de buenos deseos antes de que me ganaran las lágrimas de la emoción (pero ellos están acostumbrados, saben que lloro por todo y por nada), y que por esas cosas de la vida, termina festejando su nacimiento, el 2 de abril, un día que pasó a ser “Patrio” para los argentinos.

Me pareció interesante, y decidí escuchar a Cruz, que así se llamaba la conductora.

Contestó a su pregunta, una voz masculina cargada de emoción, de un hablar rápido y seguro, sin titubeos, con frases sensibles salpicadas de ingeniosas ocurrencias que hacían su relato muy atractivo. Corrí el teclado de la compu y me acodé mirando la radio con mucha atención, pues lo que ese hombre desconocido narró a continuación, cambió mi vida y la de muchas personas relacionadas a ambos.

-Yo debo mi vida a Dios y al soldado Ferreyra- dijo, con vos apenas alterada. A medida que avanzaba en el relato, mi imaginación podía ver perfectamente los rostros angustiados. Sentir el frío que los envolvía, su hambre, su desesperación, pero por sobre todo podía percibir el coraje y compañerismo que había en ese pequeño grupo de jóvenes, liderados por esa misma voz, que por primera vez, llegaba hasta mí.

-El 10 de junio de 1982, aproximadamente a las cinco de la tarde -continuaba narrando González- el soldado Aldo Omar Ferreyra está recostado sobre una piedra, leyendo una carta que le había mandado su familia, y con los ojos llorosos la leía muy emocionado. Eso me llama la atención, pensando que había tenido algún problema con un pariente o algo parecido, entonces, me arrimo a él y le pregunto ¿qué te pasa?, y con una voz muy entrecortada me dice:

-Recibí una carta de mi padre.

-¿Pero está todo bien?, ¿Por qué llorás?, le pregunto más por curiosidad.

-Es que mi viejo me dice que está muy orgulloso de mí y eso me pone muy feliz, justo ahora, que pasado mañana cumplo los 20 años y al final pone que me quiere...

- Bueno Ferreyra, eso está muy bien, le dije, leéla tranquilo. Recuerdo que lo palmeo en la espalda y me retiro. Entonces dobla la carta y la guarda en el bolsillo interno de su chaqueta de combate, junto a su corazón, de donde nunca más volvería a salir...

Mientras secaba mis ojos lacrimosos por la emoción del relato que se unía a una amalgama de situaciones personales, rondaba en mi memoria y se hacía eco en mi mente, el nombre... Aldo Ferreyra..., Aldo Ferreyra... se repetía una y otra vez, pero como no quería perder el hilo del testimonio, que me había enganchado, volví mi atención a aquellas palabras que continuaban con lujo de detalles:

-El día 11 de junio, me encontraba en Monte Longdon, mi Sección miraba al norte, sobre el Río Murray, a las 20,45, veo como entre sombras que viene Aldo Ferreyra a mi posición, y me dice por lo bajo.

-“Mi Sargento 1ro, vienen los ingleses”

-¿y vos cómo sabés? - Le pregunto en un susurro

-Porque los escucho hablar en inglés.

-¿Y vos entendés Inglés?

-No, no sé lo que dicen, pero hablan en inglés.

Entonces pronuncio un insulto, él sale corriendo a avisarle al resto de la compañía, yo pensaba que me iba a seguir, cosa que no hizo, y subo costeando la ladera, hasta donde tenía la ametralladora, las granadas y el visor nocturno. Miro para adelante por donde supuestamente iban a llegar los ingleses y no veo nadie, miro para abajo y ahí estaban, a veinte metros míos...

Era la primera vez en mi vida que escuchaba un relato de la guerra de primera mano, contado directamente por un ex combatiente, pese a que había conocido a algunos, nunca tuve lo que se necesita para soportar esas crónicas de matar para vivir.

La historia me había atrapado totalmente. Ese era el momento justo, sin apuro, con mucho tiempo por delante, trataba de no distraerme, mis sentidos estaban alertas a los detalles de la epopeya.

Mientras, González describía con lujo de detalles el comienzo de la batalla librada en esas heladas tierras distantes, nombrando a soldados y oficiales y dibujaba con sus palabras la desconocida geografía isleña...

...Aldo Ferreyra, me repetía una y otra vez, el nombre se hacía cada vez más fuerte y más presente en mi interior, a tal punto que no podía atender la narración, Ferreyra, ese apellido... y fue entonces, que desde la nebulosa de la nostalgia aparecieron dos rostros, eran Claudia y Pirulo.

De golpe, y en una sola acción de movimiento, me puse de pie y dije en voz alta ALDO FERREYRA...NO!!!...

Lo que pasó a continuación, resulta difícil describirlo en detalle, una intensa mezcla de pasado y presente se acumuló y afloró, y recordé claramente a Claudia Ferreyra aquel 2 de abril de 1988, en el patio de la escuela, luego de haber subido la Bandera a media asta y tras las estrofas del Himno Nacional Argentino, el profesor decía las palabras adecuadas al recordatorio de tan drástico día de nuestra historia. Ella lloraba en silencio, me acerqué y la abracé, fue suficiente para que desplegara su dolor sobre mi hombro, mientras un tímido llanto le humedecía los anteojos, su negra, larga y espesa cabellera atada en una cola, se derramaba a lo largo de mi brazo...

Aquel momento se hizo vivo y presente. Quedé muda, con la boca abierta en una expresión de asombro y revelación, de pie sobre la descolorida alfombra de mi único espacio, mirando atónita y lagrimeante a la pequeña radio ante mí y dieciocho años se hicieron segundos.

Me había mudado hacía un mes y no conocía el pueblo a pesar de abarcar unas pocas cuadras. El otoño patagónico soplaba con aliento gélido, desacomodando las hojas de los árboles que caían en danzarinas piruetas. Tomé la campera y salí a la calle, ¡Tenía que encontrar a González!

Caminé hacia la ruta a ciegas sin saber adónde iba, tratando de acomodar todos los hechos: Claudia y su hermano menor, al que todos llamaban “Pirulo”; Juana, su madre; la escuela, la radio, la voz de González... todo se fusionaba... Luego de andar tres cuadras, me di cuenta que no sabía que radio había estado escuchando, de todas maneras, sólo conocía la ubicación de dos, una frente a la plaza y la otra al lado del hospital, esa me quedaba más cerca.

Crucé la ruta casi corriendo, y totalmente alterada recorrí la media cuadra hasta la radio. El locutor/dueño, me miró con cara de no entender, abriendo sus enormes y redondos ojos oscuros, mientras escuchaba mi agolpado relato.

-¡Yo conozco a la familia del soldado Ferreyra! - le decía tratando de contener mi agitación. Me indicó que esa no era la radio, el acto lo había cubierto la Milenium, que quedaba en la calle Berta Espinoz.

Bajé la escalera de metal rápidamente y crucé la avenida, me detuve de golpe, no recordaba el domicilio, y tampoco sabía dónde quedaba, di media vuelta y me dirigí a una parada de taxi donde me explicaron cómo llegar, no era lejos, estaba a unas cuatro cuadras.

Cuatro cuadras que me parecieron infinitas.

Llegué hasta un barrio que se notaba nuevo, de casitas de alto, iguales, techos a dos aguas, coloridas y con bellos cercos y jardines. Rápidamente identifiqué el lugar, entré y me encontré cara a cara con la voz femenina y suave que me embarcara en esta historia, y le relaté los hechos que me llevaban hasta allí.

Rápidamente, tomó el teléfono y llamó a González.

-Hola Tito, aquí en la radio hay una señora que quiere hablar con usted, es por lo de las Malvinas, parece que tiene algo importante que contarle.

-Dice que enseguida viene – me contesta con los ojos iluminados- se va a poner muy contento, él siempre lo nombra al soldado Ferreyra. Espereló, enseguida viene, vive cruzando la ruta, al otro lado de la Lonquimay.

-Gracias señora – contesté con una mezcla de alegría y respeto- lo espero afuera.

En realidad no podía quedarme adentro, era como estar enjaulada, los minutos se eternizaron, caminaba por la vereda, esperando ver llegar a González, pero en realidad no tenía ni idea sobre quién o como era González, cuando lo vi dar vuelta en la esquina, alto, sin cabello, de tez blanca y un caminar seguro y tranquilo.

-Buenas tardes – le dije extendiendo mi mano derecha a modo de saludo - ¿Usted es

González?

-Buenas tardes – respondió saludando de la misma manera, observándome como a la desconocida que era – no, no soy González, soy Walter Solís, él me pidió que viniera a verla porque yo vivo a la vuelta y también soy ex combatiente.

-Ok – traté de apaciguar mi ansiedad y le dije - yo conozco a la familia del soldado Ferreyra - y de la mejor y más prolija forma que pude, le relaté someramente, los acontecimientos.

Solís me miraba asombrado y conmovido, me pidió que me quede esperando allí, que no me vaya, y volvió sobre sus talones.

Si bien todavía no había tenido el tan esperado encuentro, haber relatado los mismos hechos tres veces en el término de una hora escasa, por lo menos me había tranquilizado un poco, lo cual hizo que la espera fuera mucho más llevadera.

Y allí quedé, la vista pegada a esa misma esquina, esperando ver la silueta recortada de Solís acompañado por este “tocayo” por el que ya estaba sintiendo algo muy especial. Cuando de repente los vi. Caminaban por la angosta vereda, Solís venía atrás, González se acercaba con cautela y curiosidad, los anteojos oscuros no me permitieron ver esa mirada pícara a la que hoy estoy tan acostumbrada, de baja estatura, hombros anchos, piel morena, traía bajo su brazo izquierdo una agenda que sujetaba apretando, con la mano metida en el bolsillo de la campera. Caminé hacia ellos decidida y con una gran sonrisa, nos miramos y sin mediar palabra, nos cruzamos en un fraternal abrazo y nos pusimos a llorar.

Ese abrazo marcó el inicio de una amistad, no sólo con él, sino también con su maravillosa familia y esto que parece un final feliz, es en realidad, apenas el comienzo de una historia plagada de matices nunca imaginados por mí, ni en mis más entusiastas fantasías.

EL SARGENTO 1ro GONZALEZ

Ya en la casa de Solís y mates de por medio, mientras mi vista recorría la placita frente al ventanal, trayendo a mi memoria trozos de aquel pasado que había decidido dejar entre los médanos de Santa Teresita, el relato irremediablemente entrecortado por la emoción se desplegaba entre los tres, con silencios abrumadores, lágrimas de alegría y agitación y sonrisas cargadas de aquello que no se puede describir con palabras, porque aún no se inventaron.

Ambas historias se entremezclaban como el destino lo había preparado, González me preguntaba sobre la familia de Ferreyra, cortando mis respuestas con fragmentos de su propia historia, mezcla de penurias y situaciones tragicómicas, con esa forma tan suya de describir los pormenores de la magna odisea vivida por ese puñado de Soldados Argentinos que, como su mejor arma blandían el patriotismo y heroísmo, propio de quienes se juegan la vida en “la Patriada”, con esa característica manera de relatar la saga, verborrágico y demostrativo, inquieto y sonriente, (con esa sonrisa que ilumina todo su rostro), cuando de repente se detenía, me miraba serio levantando el arco de las cejas, inclinando levemente la cabeza hacia atrás para acribillarme con preguntas que tampoco me dejaba terminar de contestar. Y así, entre lágrimas y risas, los mates aportaron el calorcito amistoso, que sólo unos buenos verdes saben hacerlo, acompañando el atardecer temprano de aquel día de mediados de otoño.

Intercambiamos domicilios y números de celulares y allí mismo quedó abierta la primera invitación a cenar en su casa.Volví a mi monoambiente como volando, como dormida, como soñando... caminé pisando la alfombra crujiente que el mes de abril despliega entre las calles Juninenses, pintando un cuadro impresionista con yuxtaposición de castaños rojizos, verdes secos y pardos dorados, iluminados apenas por el poniente sol cordillerano que derramaba sobre sobre las laderas de los cerros, las últimas pinceladas del crepúsculo.

Entré a la habitación, me senté en mi cama y lloré.

Al día siguiente agitada por los acontecimientos, subí a mi autito y fui a visitar a mi hija. Ella con su familia viven en San Martín de los Andes, apenas 42 kms separan las dos localidades, cuando entré me miró con sus bellos ojos pardos verdosos, y con esa carita pícara de “hay algo que me tenés que decir”, directamente me preguntó -¿Qué pasó?

La abracé enternecida y mirándola fijamente le dije:

-Hija, si mañana me muero, quiero que le digas a todo el mundo, que me fui de esta vida habiendo cumplido mi Misión, y si me llevan es porque a esto vine.

-¿pero qué te pasó?, preguntó asombrada mientras se sentaba a la pequeña mesa de la cocina, frente a mí.

Entonces le relaté los hechos acaecidos el día anterior. Su expresión quedó petrificada en una mueca de incredulidad y asombro, su boca permanecía abierta sin poder emitir sonido, cuando entre lágrimas y con su vocecita entrecortada, preguntó.

-¿El hermano de Pirulo y Claudia? – A lo que asentí con un movimiento de cabeza, ya que yo misma no podía emitir palabra.

Y así juntas, ya más distendidas, recordamos situaciones que vinieron a completar mi memoria de aquellos tiempos.

Un par de días después me llamó González para charlar un rato conmigo, lo invité a mi pequeño departamento y allí comenzó la narración de esa historia que conocemos con tan diferentes matices. De cómo salió a cargo de un grupo de soldados desde aquel regimiento de La Plata, de su mujer saludando con las dos pequeñas hijas tomadas de las maños a ese, su hombre, que se iba a la guerra. El extenso relato era solamente interrumpido por un cigarrillo que González salía a fumar afuera, el cambio de yerba o la calentada del agua.

Surgían apellidos y características de esa partida de hombres a los que debía conducir en equipo, los soldados, Eduardo González, Bernardo Santos, Daniel Pujado, Roberto Baez, el Sgto. Abaca, entre otros.

Los ojos oscuros rescataban desde su interior, detalles de la vida durante esos días, las necesidades, el hambre, el frío, la falta del abrigo adecuado para tan bajas temperaturas, como armaban los mates con la carcasa de las granadas y una improvisada bombilla de birome desarmada. Su charla, aunque apurada, no dejaba dudas sobre cómo se produjeron los hechos. Habló de miedo, de soledad, de abandono, de lejanías, de añoranzas, de cómo cayeron prisioneros y de cómo fue el regreso.

Tras un leve silencio que él mismo interrumpió con una frase graciosa y esa sonrisa tan de adentro, tan para afuera, le propuse escribir un libro, relatando la gesta como protagonista principal... “si la historia la escriben los que ganan, eso quiere decir que hay otra historia, la verdadera historia, quien quiere oír que oiga...” cantaba Litto Nebbia.

Al día siguiente conocí a Norma, su esposa, y Daniel, su hijo menor del cual se enterara que venía por una carta recibida en el frente de batalla. En aquella cena, la primera de muchísimas otras, fue como estar con mi propia familia, alegres, extrovertidos y hablando todos al mismo tiempo, menos Daniel que con un carácter opuesto al de su padre, se mantenía con más reserva. Fue precisamente en una de aquellas comidas que González le regaló a mi hijo menor, una Bandera Nacional con el dibujo estampado de las Islas Malvinas, porque así es él, demuestra lo que dice y lo hace, se entrega totalmente, colabora con escuelas de campo, ayuda a familias necesitadas, da charlas en todos los niveles escolares...

Mientras degustábamos la buena mano de la cocinera, fue que tomamos la decisión de comunicarnos con la familia del soldado Ferreyra, pero González prefirió esperar un par de días para prepararse emocionalmente, pues por fin iba a lograr aquello que había deseado durante tantos años, conocer a los padres del valiente muchacho que salvara su vida.

Mientras, me ocupé de buscar en la guía telefónica de La Costa, el número de Juana, el cual no me fue nada difícil de conseguir. Con el dato en mano, combinamos con los González en pleno y desde su casa llamé a Sta. Teresita.

Mi mano transpiraba humedeciendo el tubo del teléfono mientras temblaba levemente, a la vez que marcaba el número que uniría dos familias y cerraría una historia.

-¡Hola!...dijo la reconocida voz ronca de Juanita al otro lado de la línea.

-Hola, ¿Juana?- contesté preguntando, a la espera de una respuesta que ya conocía.

-Siiiii, ¿quién habla?

-Soy Noe, la flaca, la preceptora de tus hijos, de Bellas Artes, ¿te acordás?

-Si flaca, ¡apareciste! ¿Dónde te metiste?, ¡te fui a buscar un montón de veces al Municipio y nunca estás!!!!

-Jajajaja- contesté riendo por la elocuencia – No Juani, ya no vivo más en La Costa, me fui el año pasado, ahora estoy en La Patagonía, en Junín de los Andes.

-Ah!...nada boba para elegir lugar, ¿y qué hacés allá?

-Bueno, es muy largo, en realidad te llamo para decirte algo que te va a interesar. Aquí conocí a un ex combatiente de Malvinas, ¡ya te imaginás para dónde va el tema!

-Sí, sí, dale, ¿qué pasó?

-Mirá este hombre, fue jefe de Aldo en las islas, y él quiere hablar con vos, pero me dijo que si estás de acuerdo, porque no quiere ponerte mal.

-Nooo, dale nomás flaca, pasameló.

González detuvo su ir y venir nervioso, me miró muy serio, miró a su familia y se sentó en el sillón al lado de Norma, tomó el teléfono y se presentó con mucho respeto.

Allí nació, en ese momento, un nuevo lazo. Dicen que hay un cordón dorado invisible que une a los seres y que jamás se enreda. Dos extremos de ese cordón, se encontraron para nunca más desunirse.

La conversación comenzó amablemente, pero González se quebró y no pudo continuar, su hijo a uno de sus lados y su mujer al otro, le sostuvieron la mano dándole contención y fortaleza a ese hombre que fue un soldado, un guerrero, que luchó y fue prisionero de la corona Inglesa, a ese hombre que hoy, la voz sencilla, humilde, de aquella mujer desconocida, lo desarmó, y que desde una playa ignota del Océano Atlántico llegaba hasta sus oídos, hasta lo más profundo de su ser, hasta estas montañas custodiadas por el gigante dormido del Lanín.

En cuclillas frente a él, afirmada en la mesita del living, haciéndome cómplice del mutismo familiar, pude escuchar claramente como Juanita levantaba el ánimo de González, ella...la madre que desconocía el paradero del hijo que un día salió a luchar y nunca más volvió, esa mujer le decía:

-¡Vamos, vamos, arriba el ánimo, hay que seguir adelante!

Él contestó con un silencio cargado de emoción y el ambiente inundado de una extraña vibración, nos envolvió...

JUANA FERREYRA

Luego de aquella primera charla, muchas más sucedieron, y de esa manera se fueron conociendo por teléfono, Juana hablaba con Norma, otras veces con Daniel, con Marcela o Mónica, que ya hechas dos mujeres, miraban a su padre con orgullo.

De a poco comenzó a ser de la familia, como aquellas tías lejanas que uno nunca vio pero que forman parte del acervo familiar. Así fue que empezaron a entrelazar sus vidas con las de Don Ferreyra, y se actualizaron sobre Pirulo, Claudia y Marcos.

A medida que pasaban los meses, González organizó los festejos conmemorativos del 2 de Abril del año siguiente, teniendo como invitada de honor a Juana Ferreyra, a la que ofreció pagarle los viajes y por supuesto la estadía junto con su grupo familiar, pero Juana es humilde y bonachona, además los chicos ya son grandes y con obligaciones, Marcos y Claudia tienen hijos, Pirulo hace su vida y a Don Ferreyra no le gusta nada eso de andar viajando, sumado a algunos problemitas de salud, así que para entonces vendría solamente Juana, y más adelante en una de sus visitas la traería Pirulo.

Mientras tanto a González le había cambiado la cara y el sueño, y de vez en cuando nos juntábamos, él a relatar y yo a volcar notas en la compu, que luego armaba con forma de narración y para mi sorpresa y desconcierto me nombró socia de la “Asociación Veteranos de Guerra, Sarg. Mario Cisneros” de la localidad, obsequiándome un llavero de plata con el dibujo de las Islas Malvinas, que siempre llevo conmigo.

Yendo de un lado a otro, siempre inquieto y expeditivo, movió cielo y tierra para hacer

algo del nivel que se merecían el soldado Ferreyra y su madre, invitó e hizo invitar a representantes de las distintas Fuerzas Armadas y de Seguridad, especialmente la Guarnición Militar Junín de los Andes, se entrevistó varias veces con el Intendente, se presentó a todas las radios que lo convocaron, e hizo participar al Capellán y al Pastor del pueblo.

Por fin llegó el momento esperado, habían quedado atrás dos vueltas de estaciones,

pero ese año el otoño estaba perezoso y las rosas embellecían las veredas más que

nunca. González me llamó para avisarme que al mediodía llegaba Juana, pero claro surgía un pequeño inconveniente... “no se conocían”... así que obligada a ir a esperarla, me presenté con muchísima alegría y agitación junto a él y Norma. Cuando se abrió la puerta del ómnibus, busqué entre los pasajeros que descendían hasta que se perfiló en el contraluz, la silueta fuerte y gruesa de Juana, desde allí arriba desplegó sus brazos exclamando:

-¡Flaquitaaaaa!!!!

Le extendí una mano para ayudarle a bajar los pocos escalones, ya que sus piernas no le permitían hacerlo con facilidad, así sonriente y arreglándose esos rulos oscuros que la brisa surera se empecinaba en despeinar sobre su frente, nos abrazamos fuertemente. Y allí estaban como dos niños a la espera de un regalo, González y Norma, no hizo falta presentarlos, sólo los señalé con mi diestra, y lo demás, lo demás es lo esperado, abrazos, besos, lágrimas, emoción, alegría, los dos se contemplaban y sonreían de la misma manera, Norma y yo tomadas de las manos, nos mirábamos con la complicidad de la tarea cumplida.

El almuerzo fue inolvidable, ¡qué manera de reírnos!, me puse al día con las noticias costeras y las dos familias intercambiaron regalos, la sobremesa se hizo extensa con mates, fotos y recuerdos compartidos, yo partí para dejarlos con lo suyo, y en realidad Juana necesitaba descansar de tan largo y extenuante viaje.

Durante los días previos al desfile Oficial, Juana fue la Reina, recibida en todos lados, invitada, alabada y recorriendo todos y cada uno de los rincones naturales de este paraíso terrenal que Dios nos dejó en la Patagonia, ella no salía de su asombro, lagos espejados, ríos cristalinos y vertiginosos, un horizonte entrecortado por colinas y cerros cordilleranos, verdadero regalo para sus ojos habituados a la extensa planicie

de la llanura Pampeana, toda una aventura de la cual era la gran protagonista, esas cosas inesperadas que nos regala la vida, como merecido premio paliativo a un dolor incomparable.

Hasta que llegó el gran día en la Plaza 2 de Abril cercana a la casa de González, y por

la que él mismo junto con el pequeño grupo de ex combatientes que lo acompañaban, se habían ocupado con todas sus artes para que se viera majestuosa. El ejército había levantado una carpa enorme y dentro de ella fuimos recibidos y saludados muy atentamente por varios Jefes de las Fuerzas Armadas locales y de habían venido desde otros lugares para conmemorar la fecha, esta vez en honor a Juana y Omar Ferreyra, luego de una conmovedora evocación con entregas florales y palabras

alusivas, continuamos hacia la Plaza central, donde fui invitada por González, a compartir el Palco Oficial, lugar desde donde con una enorme emoción llamé a mi hijo mayor Walter, para saludarlo con motivo de su cumpleaños y contarle en pocas palabras la saga que me había llevado hasta ese lugar, ese día.

A los festejos clásicos de la fecha con desfile de fuerzas vivas, se sumó la entrega de medallas a los ex combatientes, y por supuesto a Juana, para ella otro galardón recibido en nombre de su hijo desaparecido, sumados al de la imposición del nombre “ALDO OMAR FERREYRA” a una Biblioteca Popular, a una calle del Barrio Parque “ 2 de Abril” y más adelante también al Centro Polideportivo Municipal en el barrio Las Quintas de Santa Teresita, donde vivía junto a su familia.

Una vez culminado el encuentro, le pregunté discretamente a Norma, si González ya había hablado sobre el desenlace en Monte Longdon, y ella abriendo sus achinados ojos y con un gesto de preocupación, negó suavemente con la cabeza y me susurró al oído:

-(no se anima)...

Por la tarde, escuché en una de las radios locales la entrevista que le hacían a la visitante de honor, y quedé shockeada al oír a Juanita contar que no sabía nada de su hijo, ni siquiera si había llegado a cumplir los años, que muy dentro de ella deseaba que estuviese vivo, entonces lo esperaba, lo esperaba cada noche, y cada vez que escuchaba un sonido mientras dormía, se sentaba en su cama y a la oscuridad le preguntaba...

-¿Sos vos negrito, volviste...?

Y la noche le contestaba siempre con el mismo silencio indiferente, frío y húmedo que traía el Atlántico.

Esa frase me hizo vibrar hasta la más íntima fibra maternal, simplemente fue demasiado para mí, no podía siquiera imaginar tanto dolor. Cuando volví a ver a mi tocayo y ya para entonces amigo, le pregunté porque no había hablado todavía con ella de ese tema, que le quedaba poco para irse. Él me miró por sobre el marco de sus anteojos, apretando sus labios con dolor, bajando apenas su barbilla, y a modo de confesión, simplemente dijo:

-No sé, no puedo, no me animo...

Apoyé mi mano derecha sobre su hombro y con el más profundo sentir le dije:

-Tito, vos no podés guardarle más ese secreto, ella es la única en este pueblo que no sabe lo que pasó con Aldo y es su madre, ninguna mujer en el mundo se merece no saber si su hijo está vivo o muerto, necesita hacer el duelo. Juana es una mujer muy fuerte, yo la conozco bien, sabrá tomarlo como se debe, pero vos no tenés el derecho a esconder por más tiempo eso que ella está deseando saber, y sos la única persona que se lo puede decir.

Cuando Juana subió al micro que la llevaba de vuelta a su casa en La Costa, las lágrimas tenían otro sabor, las sonrisas otro brillo y los rostros paz.

Lo que hablaron, quedará para siempre entre ellos, pero a partir de ese momento Juanita proclamó a González “su hijo”.

Seudónimo: Mimicha


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