Las espadas del primer round

La pelea de fondo en el peronismo, esa batalla que se insinuaba el 25 de mayo del 2003 con la asunción de Néstor Kirchner y su 22% de los votos, comenzó. Los protagonistas no fueron los esperados, Néstor Kirchner y Eduardo Duhalde, quienes tejieron una alianza estratégica tendiente a sepultar a Carlos Menem y tomar el poder.

Las espadas de este primer round fueron sus esposas. Cristina Fernández e Hilda Chiche González hicieron público ayer, con el congreso peronista como escenario, lo que desde hace tiempo se viene perfilando en el PJ: La disputa entre el proyecto transversal que pregonan desde el kirchnerismo, y el peronismo «estructural» que manejan Duhalde y los principales gobernadores.

«No es el primer congreso en el que no me dejan hablar, pero tal vez sea el último en el cual podamos encontrarnos». Con esta amenaza velada, pronunciada entre silbidos y abucheos en Parque Norte, Cristina Fernández (senadora nacional, congresal del PJ y Primera Dama) pulsó el detonador.

Mientras el presidente del Congreso del PJ, Eduardo Camaño, intentaba frenar los silbidos y los epítetos fuertes de los asistentes, Chiche tomó el micrófono. Y se produjo silencio. Chiche recordó sus orígenes peronistas, la lucha contra la pobreza, reprendió al sostener que era «lamentable» lo que estaba pasando y replicó algunos párrafos de Cristina, como cuando dijo estar «orgullosa» de ser «portadora de apellido», al responder a la senadora que criticó al partido por dar lugar a las «mujeres portadoras de apellido». Y lanzó su amenaza más fuerte: «les pido a todos que reflexionemos, de aquí debemos salir más unidos que nunca. No debemos dejar ninguna puerta abierta para que ningún compañero trasnochado piense que puede tener un proyecto fuera del justicialismo».

«Fuimos todos partícipes de la década del 90, algunos acompañando, otros no» y «hoy tenemos que construir para adelante. No quiero mirar más hacia atrás en ningún aspecto de la Argentina», sentenció.

Con la precisión de un cirujano, Chiche apuntó a alguno de los puntos neurálgicos de la gestión Kirchner: el proyecto transversal, y la revisión del pasado, sobre todo de la década del '90. Y lo hizo en un terreno que le es familiar: un Congreso partidario, que esta vez estuvo pensado para «normalizar» el partido y designar a Eduardo Fellner como presidente «de consenso».

Para Cristina, en cambio, el escenario no era el mejor. Ella representó allí lo que los dirigentes de la estructura no quieren que pase en el partido de Perón, quien siempre recomendaba «no sacar los pies del plato».

Ocurre que en el peronismo, debajo del manto de calma que intentar mantener Kirchner y Duhalde, existe un caldo de cultivo a punto de ebullición. Es que desde la Casa de Gobierno se impulsa una estrategia tendiente a renovar la política, con una orientación «progresista» que nada quiere saber de estructuras partidarias y que hace encrespar la piel de los peronistas.

En este marco se encuadran los numerosos gestos de «desinterés» hacia los principales referentes del peronismo partidario y dejó crecer un conflicto innecesario para el mantenimiento de las buenas relaciones con los gobernadores, con la polémica suscitada por el acto en la ESMA.

José Manuel de la Sota, Felipe Solá, Jorge Busti y Jorge Obeid representan, en conjunto, más del 80% del padrón electoral. Y contra ellos se produjo el enfrentamiento. Lo que quedó demostrado ayer es que existe una fisura cada vez más difícil de disimular entre los dos contendientes. Kirchner, por ahora, necesita al PJ para gobernar. Y en el peronismo se lo recuerdan con gestos. También repiten que en el entorno presidencial deberían recordar que llegaron al poder con el 22%, de la mano de Duhalde y ese aparato que representa la «vieja política» a la que ahora combaten. (DyN)

Nota asociada: Se acentúa el enfrentamiento entre Kirchner y el justicialismo  

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La pelea de fondo en el peronismo, esa batalla que se insinuaba el 25 de mayo del 2003 con la asunción de Néstor Kirchner y su 22% de los votos, comenzó. Los protagonistas no fueron los esperados, Néstor Kirchner y Eduardo Duhalde, quienes tejieron una alianza estratégica tendiente a sepultar a Carlos Menem y tomar el poder.

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