Las naciones pueden morir

Por James Neilson



A su modo particular, América Latina es desde hace muchos años la región más estable del planeta. La guerra del Chaco aparte, en el siglo XX América Latina no experimentó nada que fuera ni remotamente comparable con las convulsiones que modificaron una y otra vez los mapas de Europa y Asia y ocasionaron la muerte de decenas de millones de personas.

Pero puede que este período prolongado de relativa tranquilidad geopolítica esté por terminar. En Bolivia, los impulsos centrífugos siguen cobrando fuerza y ya no es del todo inconcebible que a nuestro vecino le espere el mismo destino que Yugoslavia, aquel país de antes que se desintegró con rapidez desconcertante al darse cuenta sus habitantes de que lo que los dividía era mucho más importante que lo que tenían en común.

La unidad de Yugoslavia dependió de la hegemonía indiscutible del Partido Comunista. Muerto éste, el país se disgregó enseguida. En última instancia, la de Bolivia depende de las Fuerzas Armadas, institución que, lo mismo que sus equivalentes en el resto de la región, hace de la defensa de la integridad territorial su razón de ser. En el mundo actual, empero, los golpes militares a la vieja usanza son considerados casi tan reaccionarios como los regímenes comunistas y por lo tanto intolerables. Si un general se alzara con el poder en La Paz, aunque sólo fuera con la intención de asegurar cierto orden hasta celebrarse las próximas elecciones, tanto los norteamericanos como los latinoamericanos estallarían de indignación y se sentirían obligados a tomar las medidas punitorias que juzgaran apropiadas.

Es posible que a juicio de la mayoría de los bolivianos el aislamiento diplomático resultante sería menos terrible de lo que sería tener que resignarse a la anarquía autodestructiva que se ha apoderado de su país y que amenaza con asumir formas pesadillescas, pero tal opinión no se ve compartida por los muchos líderes sectoriales que confían en poder sacar algún provecho del caos.

Para Yugoslavia, la alternativa inmediata a la dictadura comunista no fue la democracia sino el desmembramiento, varias guerras, los horrores de la limpieza étnica y la intervención de la OTAN, liderada por Estados Unidos. Es factible que los países producidos por más de una década signada por conflictos brutales lleguen a ser democracias cabales, pero los ex yugoslavos habrán pagado un precio muy elevado por dicho privilegio. ¿Qué es la alternativa a un régimen militar para Bolivia? Por desgracia, no parece ser la democracia pluralista, sino años de caos. Sin el aglutinante supuesto por el temor a lo que podrían hacer los militares, tarde o temprano la provincia de Santa Cruz optará por separarse del Altiplano. Conforme a las pautas imperantes en el mundo, tendría pleno derecho a hacerlo. También querría desvincularse de lo que quedaría de Bolivia-Tarija, una comarca petrolera y gasífera que andando el tiempo bien podría ser incorporada a la Argentina. Dadas las circunstancias, sería una opción razonable, pero las consecuencias prácticas en el resto de la región de una transferencia de soberanía, por consensuada y pacífica que fuera, serían imprevisibles. De tener éxito un movimiento secesionista, se abriría una caja de Pandora que los más preferirían mantener bien cerrada.

Con todo, la eventual pérdida de las provincias más ricas y más desarrolladas de un país terriblemente pobre no parece preocupar demasiado a los indigenistas alteños: “Va a haber guerra civil. Y si la hay, mucho mejor”, se regodeó el líder aymará Felipe Quispe, el “Mallku” que quiere ser el padre de una nación nueva hecha a su propia medida. Es evidente que para Quispe, como para todos aquellos que rinden culto a su propia etnia, la idea de la independencia seduce mucho más que cualquier contingencia económica.

Por su parte, Evo Morales, el cocalero trotskista que es el favorito de la izquierda latinoamericana, cree que “la revolución” brindaría a Bolivia el pretexto que necesita para mantenerse unida, pero sólo se trata de una fantasía nacida de la frustración inmensa que sienten los que quisieran que el mundo fuera un lugar muy distinto del que efectivamente existe.

Ahora bien: tanto en Bolivia como en Perú y Ecuador, los indígenas tienen motivos más que suficientes como para sentir rabia. Pisoteados, marginados y despreciados desde hace siglos por las élites de origen europeo y mestizo, es comprensible que muchos sueñen con reencontrarse con sus propias tradiciones o, en el caso de que las hayan olvidado, con inventar sustitutos. Sin embargo, es una cosa rebelarse contra una realidad humillante y otra muy diferente hacerlo de un modo que sea constructivo. Con muy escasas excepciones en América del Sur, los referentes indigenistas siempre han sido reaccionarios fascinados por recetas colectivistas, folclóricas y escapistas parecidas a las confeccionadas por pensadores mayormente alemanes y franceses.

Se trata de esquemas incendiarios que pueden servir para dar una apariencia de legitimidad a rebeliones violentas, pero que son totalmente inútiles cuando es cuestión de permitir a los integrantes de los pueblos indígenas crearse un lugar digno en el mundo actual. Si éste fuera el objetivo de los resueltos a liberarse de “los blancos”, tendrían que pensar en una estrategia que podría calificarse de japonesa, o sea, en hacer de la educación y del trabajo denodado los pilares de una religión cívica. Lo entiendan o no hombres como Quispe, la alternativa que consiste en limitarse a protestar, denunciar las injusticias históricas y luchar en las calles con dinamita contra el statu quo es esencialmente derrotista. A lo sumo, puede brindar una ilusión de progreso, pero no conduce a ninguna parte.

A muchos les parece lógico decir que Bolivia es un “país rico” porque tiene en el subsuelo cuantiosas reservas de petróleo y gas natural. Asimismo, las vicisitudes del debate, por llamarlo de algún modo, en torno de la conveniencia de nacionalizarlas por completo para entonces dejarlas donde están o de obligar a las empresas extranjeras, las únicas que están en condiciones de explotarlas con eficiencia, a pagar más al Estado y, sobre todo, impedir que reciban una parte del sagrado patrimonio patrio los chilenos, autores de todos los males, parecen obsesionar a los políticos, sindicalistas y “líderes sociales” bolivianos. Es natural que los dirigentes se hayan permitido hipnotizar por el tema del control de los recursos energéticos -como sabe muy bien el venezolano Hugo Chávez, una industria petrolera es la madre de todas las “cajas”-, pero para los demás bolivianos seguirán siendo magros los beneficios de ser en teoría los dueños de tanta riqueza natural. En Bolivia, como en muchos otros países, la abundancia de recursos materiales está entre las causas principales de la miseria generalizada.

De descubrirse depósitos de petróleo o gas natural en un país ya desarrollado, de fuertes tradiciones democráticas, como Noruega o el Reino Unido, la ciudadanía en su conjunto compartirá los frutos. Si es cuestión de un país pobre y atrasado poco habituado a la democracia, en cambio, se tratará de una maldición porque dará a los miembros de una pequeña élite una fuente de ingresos fabulosa que le permitirá vivir en opulencia y comprar todo cuanto se le ocurra sin tener que hacer mucho más que firmar contratos con empresarios de otras latitudes. En cuanto a sus compatriotas pobres, les será fácil manejarlos a través de los consabidos mecanismos clientelistas.

He aquí la razón por la que es tan desastrosa la condición de todos los países petroleros del Tercer Mundo y por la que Chávez será con toda seguridad el heredero de Fidel Castro en el papel de líder de la resistencia latinoamericana contra el mundo moderno. Una generación atrás, Castro pudo aprovechar el hambre generalizada por ideas, imágenes y “alternativas”; en la actualidad hasta los intelectuales suelen ser más escépticos, pero Chávez puede compensar por sus deficiencias ideológicas repartiendo dinero contante y sonante.


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