Las neoizquierdas latinoamericanas

Por ALEARDO F. LARIA

Especial para «Río Negro»

La victoria electoral de Evo Morales en Bolivia marca el ascenso al poder de otro movimiento de izquierdas en América Latina. Es también probable que en la segunda vuelta de las elecciones chilenas se imponga la candidata de centro-izquierda, Michelle Bachelet, y que las próximas elecciones mexicanas consagren a Miguel López Obrador, otro hombre de izquierdas. Si sumamos a Omalla Humala, en Perú, y a Daniel Ortega, en Nicaragua, la casi totalidad del mapa de América Latina adquiere una intensa coloración rojiza.

Como en toda puesta del sol que se precie, los matices del rojo son de lo más variados. En un extremo aparece la efigie patriarcal de Fidel Castro, último representante de una «dictadura del proletariado» anacrónica y condenada irremisiblemente a desaparecer. En el otro extremo, tenemos la figura desgastada de Ignacio Lula da Silva que, por calmar la preocupación de los mercados financieros, ha mantenido una política monetaria ortodoxa, basada en la más alta tasa de interés del mundo, de manera que la economía brasileña ha crecido un modesto 2,5% en el 2005.

No obstante, al margen de la senda particular adoptada por cada uno de los gobiernos de izquierda latinoamericanos, se pueden obtener algunos trazos comunes. En primer lugar –salvo el caso de Fidel Castro–, el respeto por la legalidad y los usos democráticos. La época de la defensa de la toma violenta del poder ha quedado atrás y ha dado paso definitivamente a la aceptación de que la única forma legítima de acceder al gobierno es a través de elecciones democráticas.

Otro rasgo que ya aparece definitivamente incorporado a la cultura de las neoizquierdas latinoamericanas es la toma de conciencia de que no existen atajos que permitan eludir las leyes de la economía. Los presupuestos fiscales equilibrados y las políticas monetarias cautas han cambiado el perfil tradicional de descuido por los fundamentals de la economía.

Conectado con lo anterior, nadie defiende ya el viejo modelo de un Estado-empresario, lo que no resulta contradictorio con afirmar que, para alcanzar un mayor desarrollo social, es necesario contar con un Estado regulador, eficiente y activo, que realice las inversiones urgentes que hacen falta en materia de salud pública, educación e infraestructura.

Otro elemento importante, que conviene no perder de vista, es que, con independencia de la simpatía que despierten los líderes aupados al poder, lo cierto es que estamos asistiendo a un proceso de inclusión en la esfera pública de sectores sociales que hasta ahora habían sido marginados del acceso al poder. Son procesos similares a los que se dieron hace tiempo en la Argentina con el radicalismo (acceso de las clases medias) y el peronismo (acceso de las clases trabajadoras) y que explican la vigencia de estos movimientos en el inconsciente colectivo de vastos sectores sociales.

Frente a estas realidades, una expresión tan manida como la de populismo parece inactual para definir el nuevo fenómeno. Para algunos, «populismo» significaba prometer lo que se sabía que no se podía cumplir, y no parece que éste sea ahora el caso. Para otros, la expresión recogía el legítimo ascenso de las mayorías sociales populares, aunque en ocasiones se olvidaba el detritus añadido de culto a la personalidad que llevaba implícito ese ascenso.

Este último resto de populismo es lo que todavía permanece como una fuerza inercial del pasado y en ocasiones oscurece la percepción justa de la realidad. Lo podríamos definir como la retórica innecesaria. Es un rasgo de personalidad que se evidencia a niveles casi patológicos en Hugo Chávez y que desluce los innegables avances económicos registrados por el gobierno de Néstor Kirchner.

Frente a ese exceso de retórica, las neoizquierdas latinoamericanas tienen que incorporar el reconocimiento del valor de la tolerancia política. En el marco de una cultura democrática, no existen enemigos a abatir sino adversarios con los cuales confrontar las diferentes opciones políticas. Chile es, hasta ahora, el único país de América Latina que practica el consenso y ha demostrado la sorprendente madurez de su clase política.

La democracia de la concertación chilena, con el uso de las fórmulas de la mediación, del diálogo permanente y la búsqueda de acuerdos que permitan diseñar políticas de Estado estables, que queden fuera de la confrontación interpartidaria, se presenta como el ejemplo de izquierda más avanzado. Frente a esos comportamientos densamente democráticos, la retórica estúpida e innecesariamente agresiva se presenta como un elemento pintoresco del pasado, más apropiada para adornar las novelas del «realismo mágico» que para remover las causas del atraso y la injusticia que todavía atenazan a América Latina.


Adherido a los criterios de
Journalism Trust Initiative
Nuestras directrices editoriales
<span>Adherido a los criterios de <br><strong>Journalism Trust Initiative</strong></span>

Formá parte de nuestra comunidad de lectores

Más de un siglo comprometidos con nuestra comunidad. Elegí la mejor información, análisis y entretenimiento, desde la Patagonia para todo el país.

Quiero mi suscripción

Comentarios

Este contenido es exclusivo para suscriptores

Ver planes ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora