Laura y el dragón

por: MARIA EMILIA SALTO

bebasalto@hotmail.com

Laura se fue. Se fue a China. Curioso cómo ese tremendo país -tremendo por todo, todo es en grande- de pronto es algo más que un dato informativo ya permanente, una influencia en lo que se llama la macroeconomía. Bueno, ahora está en la micro vida de Laura y mía. No sé si es justo decir micro. Es parte de una historia tremenda, grande en todo, y lo único que pido es que mi última testigo del drama que protagonizamos, vuelva pronto.

Laura, volvé.

Quedamos sobrevivientes de los setenta (siempre menor que la suma de desaparecidos + = muertos, ecuación cada vez más correcta, puesto que nos vamos yendo) y de vez en cuando nos vemos y compartimos más que palabras: esa cierta mirada, esos silencios... Pero de este episodio, de esa semana de eternidad malvada, hasta que nos arrojaron a una comisaría, sólo quedamos Laura y yo. Eramos tres, pero Daniel nunca apareció.

Nos perdimos de vista dos décadas, hasta que el pasado tiró de la cuerda y nos reencontramos. Lleva ocho años luchando contra el cáncer. La fui a visitar; estuvimos unos días de nuevo juntas, intacto el puente de afecto, que posibilitó la puesta en blanco de cosas que teníamos que hablar, que jamás habíamos hablado. (Sus ojos y su voz no habían cambiado; tampoco su enorme energía, su alegría interior. Pero todo su físico reflejaba el combate: quimioterapia, operaciones, medicina alternativa, lo que se le ocurra.) Y creo que sincerar nuestra experiencia, mirarla con los ojos de la otra, confrontar nuestros fantasmas, en algo contribuyó a su sanación. Y a la mía.

Hace poco, un Dios piadoso, o Santa Evita, o algo, la puso en el dato de Shanghai. Ahora está allá. Así que Laura se fue, y yo tengo creciendo en mi jardín una dama de noche perfumada -una flor que amo- cuyas semillas me regaló cuando la fui a visitar. Se llama Laurita, porque es pinina.

Sabe, le tengo confianza a los chinos. ¿Es la otra potencia, verdad? Démosle crédito, a la medicina china y a Laura. Yo se lo doy. Si está imaginando pócimas y raíces, olvídelo. Ella me cuenta de rayos, como los nuestros, pero más precisos, más potentes (todo es más, allá). Gente parca, lo cual no importa mucho, puesto que cuando hablan no les entiende nada, hasta que llega el traductor de la embajada argentina. Volvé pronto, Laura. Sos mi espejo de aquella época, mi testigo de su existencia, mi cable a tierra que hace la diferencia entre pesadilla y realidad.

Ah... entiendo. Si cruza por su corazón ese aleteo de lástima, esa sombra ineluctable cuando se nombra al dragón interior de mi amiga, olvídelo también: no temo por Laura. Ella le está sacando la lengua a la muerte hace ocho años, va camino de pulverizar las estadísticas. Y ahora se ha asociado a la potencia del Dragón, la que viene lidiando -adorando- al dragón hace milenios. No. Temo por mí, temo no estar y que ella pierda su única testigo.

Claro que yo no tengo cáncer, no es ese mi dragón. Tengo uno que me esperaba en el puesto de un artesano, y le puse Smaug, como el de Tolkien. También tengo una estatua maya de obsidiana, que es la piedra del poder. Pero Laura no tiene fetiches: desafía la mala suerte criando dos gatas negras de nombres innombrables, que ahora cuida su compañero (el de Laura). Cierto que nadie es eterno, pero... Laura se ha aliado con el Dragón. No es Laura o el dragón, es Laura y el Dragón.

Como mi corresponsal exclusiva, me cuenta cosas como que fue con su hermana a comer ravioles de ricota y les sirvieron unos con relleno de carne desconocida... bueno, a veces yo tampoco sé lo que tienen los ravioles. Y que le llevó cuarenta y cinco minutos tomar un taxi cuando llovía. ¡Eh! Esto me suena familiar... Ah, me olvidaba: Laura se siente mucho mejor.


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