Día de la Madre: cinco libros que exploran el vínculo entre madres e hijos
Entre la experiencia de la maternidad, los relatos familiares y las preguntas por la identidad, cinco libros exploran las formas -a veces contradictorias, otras inesperadas- de esa relación crucial. De Leslie Jamison a Adriana Riva y Romina Paula distintas maneras de acercarse a una figura que no se deja definir fácilmente.
“Mi madre fue para nosotros una extensa llanura por la que caminamos largo tiempo sin averiguar sus dimensiones. No la veo en modo alguno con ese halo de dulzura y de vigilancia que acompaña estos recuerdos cuando los seguimos. Es una gran caminata que nunca terminó”, escribió la francesa Marguerite Duras.
La cita aparece en “Entre otras” (Seix Barral, 2026), de la argentina Adriana Riva, un libro que reúne testimonios, recuerdos y definiciones de escritores sobre sus madres. Riva, autora de la exitosa “Ruth”, también intenta escribir sobre la suya. “Tengo la esperanza de que si junto suficientes notas voy a poder construir una madre”, dice en este libro que se suma a sus escrituras sobre ese vínculo. Para hacerlo, recoge fragmentos de vidas ajenas y los pone a conversar, un intento de aproximarse a una mujer concreta a través de las palabras de otros.
La operación tiene algo de rompecabezas. Y mientras una madre aparece en el recuerdo de un escritor, otra asoma en una frase, una anécdota o una escena literaria. En ese recorrido, la madre puede ser refugio y misterio, presencia y ausencia, alguien a quien se quiere y con quien también se pelea. La literatura no termina de explicarla. A veces, apenas consigue rodearla.
En cinco libros muy distintos, y a propósito del día de la Madre que se celebra mañana, la maternidad aparece como una experiencia que no admite una única versión.
Leslie Jamison: el vacío que persiste
En “Astillas” (Anagrama, 2025), la periodista y escritora Leslie Jamison, siempre filosa y descarnada, escribe sobre la maternidad cuando la familia que había imaginado empieza a desarmarse. Jamison tiene una hija pequeña, un matrimonio que no prospera y una casa que alguna vez imaginó como el escenario de una vida en común. Ahora está sola, tratando de organizar el cuidado de su hija, el trabajo, las relaciones amorosas y la escritura. No convierte esa experiencia en una historia de superación ni en una queja en voz alta. Se detiene, más bien, en sus contradicciones: querer a una hija y sentirse desolada; amar a alguien y no poder sostener la vida que se proyectó con esa persona.

La escritura de Jamison mezcla escenas íntimas, reflexión y pensamiento. En sus libros anteriores había explorado el alcoholismo, la recuperación, el dolor y la empatía. En “Astillas”, esa búsqueda se desplaza hacia el vacío que persiste. “El gran vacío interior del ser humano, ese espacio que había intentado llenar con alcohol, sexo, amor, rehabilitación y ahora, quizás, con la maternidad”, escribe.
La maternidad no aparece como respuesta, ni la escritura como una forma de curarlo. El libro avanza a través de fragmentos de una vida que se recompone sin llegar a cerrarse. También está la madre de Jamison, una figura que la quiere sin juzgarla, en contraste con esa necesidad de aprobación que la escritora reconoce en sus vínculos con los demás. El resultado es un retrato sin villanos ni moraleja: una mujer que intenta comprender qué queda del amor cuando la familia que había imaginado ya no existe como tal, y cómo se vive con esas astillas.
Verónica Gerber Bicecci: una casa detenida en el tiempo
En “Conjunto vacío”, publicada originalmente en 2017 y disponible en editorial Sigilo, Verónica Gerber Bicecci reúne dos historias de abandono. La protagonista, una artista visual mexicana, hija de exiliados políticos argentinos, regresa a su departamento en Argentina después de una ruptura amorosa. Vuelve a ese espacio que alguna vez compartió con su hermano y del que un día su madre desapareció.
“Dijo que no prendiéramos la tele, que no prendiéramos nada. Dijo que había que guardar silencio. Nunca cumplí los quince, y eso que ya habíamos encargado un pastel de chocolate amargo para una fiesta que nunca se hizo. Su interminable ausencia -la de Mamá (M)- se llevó todos nuestros cumpleaños, enredó el paso del tiempo. No hay causa r econocible, sólo efectos. Corrijo: solo una frontera en el espacio-tiempo, flujos turbulentos, entrecortados. Entre cortados. Solo una serie de pistas dispersas, sin sentido. Un conjunto que se va vaciando poco a poco. Fragmentos desordenados. Corrijo: añicos. Repito: invierno de 1995. Mamá (M) empieza a hablar de los árboles del parque. Dice que en las cortezas se ven rostros. Que todos esos rostros miran hacia la casa. Que todos esos rostros nos miran. Nos ordena dejar de regar las plantas. Si algo llegara a pasarme, dice. ¿Pasarte qué?, mi Hermano (H) y Yo (Y) respondemos en coro… Después ya no logramos entender qué dice. ¿O es que no nos oye? ¿Qué dices, Mamá (M)? Así es como empieza a difuminarse”.
“Conjunto vacío” está narrado con una voz desgarradora. Están presentes el amor y el desamor, las consecuencias del exilio, los ciclos vitales, las raíces familiares y las nuevas relaciones.
“Para olvidar a alguien hay que volverse extremadamente metódico”, dice Verónica. Entonces, se dedica a contarse y contar su propia vida, en desorden. El departamento al que regresa está casi en ruinas. Hay cañerías tapadas, electrodomésticos rotos, plantas secas y frascos olvidados en la heladera. Los hijos no han limpiado ni reparado nada. Prefirieron dejar la casa tal como estaba, porque estaban seguros de que su madre dejaría algún rastro. “No hicimos nada. La casa se quedó suspendida en el tiempo. Seguía tal como el día que dejamos de ver a Mamá”.
Artista visual además de escritora, Gerber Bicecci incorpora dibujos y diagramas inspirados en la teoría de conjuntos para narrar los cruces entre el amor, el desamor, el exilio y la historia familiar. Hay humor, desenfado y mucha originalidad en este libro conmovedor.
Romina Paula: ser hija, contar a una madre
En “Hija biográfica” (Entropía, 2025), la dramaturga, directora y escritora Romina Paula elige una narradora adolescente y cambia el movimiento que caracterizaba a sus novelas anteriores. Si aquellas protagonistas adultas contaban, en primera persona, una huida o el deseo de escapar de una casa, una historia o un presente, Leonor, la protagonista de este libro, parece buscar lo contrario: quedarse. Lo hace con una voz tierna, adorable.
Leo se muda a Los Hornillos, en las sierras cordobesas, con Leticia, su madre adoptiva, y Jacinta, su hermana menor, hija biológica de Leticia. La joven narra las historias amorosas de su madre, su pasado como actriz y sus viajes. Pero no cuenta únicamente una vida ajena: mientras reconstruye esas historias para su amiga Camila Aluminé, también empieza a construir la propia.
La relación entre las dos adolescentes se vuelve el espacio en el que esas historias circulan. Leonor cuenta lo que Leticia le contó; Camila escucha, pregunta y propone un viaje a Misiones para conocer a la madre biológica de su amiga. En ese recorrido aparece el juego que da título al libro: Camila llama por error -o acaso con una intuición certera- “biográfica” a la otra madre. La palabra desplaza la cuestión de la sangre hacia la historia: ¿qué significa ser hija de alguien?, ¿qué parte de una identidad viene de aquello que se sabe sobre el origen y qué parte se forma en los relatos, los afectos y la vida compartida?
Paula construye la novela con capítulos breves, diálogos y una lengua que sigue el ritmo de la conversación adolescente. La intimidad se despliega en el paisaje serrano, en los desplazamientos de las protagonistas y en las historias que pasan de una mujer a otra. Los personajes se van definiendo mientras caminan, conversan y viven.
La novela no necesita convertir la maternidad adoptiva en un problema que deba resolverse ni presentar el vínculo biológico como una verdad definitiva. La pregunta por la madre se enlaza con otra: qué hace que una casa sea un hogar. La respuesta que propone el libro está menos en el origen que en el amor, el cuidado y la experiencia de pertenecer. El libro es uno de los 10 finalistas del Premio Fundación Medifé Filba 2026 .
Joy Sorman: herencias y diagnósticos
En “Ciencias de la vida” (Sigilo, 2023), la escritora francesa Joy Sorman parte de una historia familiar que parece una leyenda. Ninon Moise, de 17 años, crece escuchando que las primogénitas de su familia están malditas desde la Edad Media. Cada generación carga con una enfermedad, una dolencia o un padecimiento singular. Su madre, Esther, también forma parte de esa historia, que la hija escucha desde la infancia entre la fascinación y la duda.
La maldición deja de ser un relato cuando Ninon empieza a sentir un ardor insoportable en la piel. A partir de ahí comienza un recorrido por médicos, especialistas, procedimientos y diagnósticos. La joven busca una explicación para lo que le ocurre mientras se enfrenta a los límites de una institución médica que no siempre sabe escuchar el sufrimiento de las mujeres.
La relación con Esther está atravesada por esa historia heredada: la narración puede funcionar como consuelo y como amenaza. Ninon no sabe si cree en la maldición, aunque empieza a vivir bajo su sombra.
Sorman utiliza esa premisa para explorar la enfermedad, la herencia y la confianza depositada en la medicina. ¿Qué sucede cuando una historia familiar parece anticipar el destino del cuerpo? ¿Cuánto pesa una explicación recibida en la infancia cuando el dolor aparece de verdad? La novela no reduce el vínculo entre madre e hija a la transmisión de una dolencia: observa cómo los relatos familiares pueden dar sentido a la experiencia y, al mismo tiempo, encerrarla en una interpretación de la que resulta difícil salir.
Adriana Riva: las madres de los otros
En “Entre otras”, Riva intenta escribir sobre su madre, pero pronto descubre que no le alcanza con contar su propia historia. Entonces reúne fragmentos de otras vidas: recuerdos, anécdotas y frases de escritores sobre sus madres. Las piezas pertenecen a personas distintas, pero, al ponerlas en relación, empiezan a hablar entre sí. La madre de Riva aparece y desaparece entre esos relatos. No es un personaje reconstruido de principio a fin, sino una presencia que se deja entrever a través de la literatura, las experiencias ajenas y los recuerdos de la narradora. Cada fragmento aporta algo, aunque ninguno termina de explicar a esa mujer.
El libro avanza por asociaciones, como si una madre llevara a otra y cada nueva historia abriera una posibilidad de acercamiento.
El procedimiento tiene algo de colección, pero también de rompecabezas. Riva toma una forma narrativa fragmentaria, vinculada a la escritura del estadounidense David Markson, y la utiliza para explorar una pregunta íntima: cómo contar a alguien con quien compartimos una historia y que, sin embargo, sigue siendo en parte desconocido.
A veces, la literatura no es más -ni menos- que una manera de seguir preguntando eso.
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