Leyenda de un 'centro-half' La misma sangre
Apodado "Tronquito", fue uno de los más grandes futbolistas que dio el Alto Valle. Descolló en los años '50 en el mediocampo de Tiro Federal. Su nieto, Pablo Batalla, hoy lo emula en Vélez.
«Fue el mejor 'centro-half' que que dio la zona…», «siempre se ponía el equipo al hombro…», «iba al frente como ninguno…».
Todos los que lo vieron jugar, tienen una frase distinta para resumir lo que fue Oscar «Tronquito» Damborearena (General Roca, 1932-1994), el implacable mediocampista de Tiro Federal que permanece en la atmósfera futbolera y se menciona en cada mesa de café, siempre y cuando, claro, sus interlocutores superen el medio centenar de abriles.
Dueño de una inigualable «estampa», cabello engominado -a veces tapado por una boina-, botines de cuero y una rodillera de tela en la pierna izquierda, «Tronquito» marcó a fuego la década del '50 del Alto Valle. Inclusive, medios nacionales llegaron a destacar su juego aún después de retirado, como en la edición del 1 de setiembre de 1974 en la Nueva Provincia de Bahía Blanca, cuando lo entrevistaron para hablar del fútbol de 'antes y el actual'. Y aquella nota, vaya casualidad, bien podría ser publicada hoy, 20 años después. Entre otras cosas decía que «la máxima belleza de este deporte, el gol, se había dejado de lado. Ahora los equipos entran a no perder». También pintaba un panorama dirigencial similar a la que tienen los clubes actualmente: «Los dirigentes se perpetúan porque no tienen reemplazantes. Esto trae desgaste, falta de colaboración y desaliento».
En el recuerdo también quedará la cancha de Tiro Federal, en Avenida Roca y Moreno, que se llenaba los domingos como único espectáculo familiar.
Para los que tuvieron la suerte de verlo jugar, sólo alcanza con decir que fue u gran «centro-half», aunque a veces iba a «la cueva» o jugaba de «full-back centro». Pero para los que no tuvieron esa suerte, deben imaginarlo como un '5' firme y de buen juego o un marcador central con presencia en las dos áreas porque, además, cabeceaba como los dioses.
«Su apodo no coincidía con su manera de jugar. No era un exquisito, pero era distinto, hacía jugar al equipo. Marcaba, quitaba y enseguida levantaba la cabeza para buscar a un compañero. Un fenómeno. Dueño de una personalidad única. Llevaba a equipo siempre al frente», recuerda con una mezcla de felicidad y nostalgia Rubén Georgeti, ex compañero y amigo.
La historia de «Tronquito» con la pelota comenzó, como todos, desde muy chico. Con sus pantalones gastados, zapatillas maltratadas por el uso permanente, remera pegada al cuerpo y una pelota -de trapo- bajo el brazo. Su vida no era distinta a la de sus amigos de la infancia, que le encontraban a cada esquina un arco de fútbol. No había una hora para jugar. Cuando salía uno aparecían todos. Y el partido se armaba en cuestión de minutos.
No le faltó ni sobró nada, pero para eso tuvo que salir a «ganarse el mango» fuera de casa, en una estación de servicio, de la que nunca más se separó y en la cual encontró a su segundo padre: Benito Andión, otro crack que despa
rramó su fútbol en el Alto Valle -«Era mi padre deportiva y espiritualmente», recordaría tiempo después-.
A los 12 años, se vio obligado a ponerle horario al fútbol. Pero claro, era muy chico para dejar de lado lo que más le gustaba. Por eso, cuando salía de trabajar, los juntaba a todos en el barrio y pateaban hasta entrada la noche. Al otro día, temprano, lo esperaba el surtidor.
Todo el pueblo pasaba por la esquina de Avenida Roca y San Martín. Uno de los motivos, obviamente, era cargar nafta, y otro, quizá más importante, hablar de fútbol con su jefe, otro «centro-half» de excepción que le enseñó los secretos del fútbol… «y de la vida».
La relación jefe-empleado se terminó una helada mañana de julio. Andión, como todo el pueblo, había tomado un especial cariño por «Tronquito» -«un pibe humilde con un corazón enorme»-, y no soportó más verlo tiritar de frío. Por eso lo sumó como socio en la estación de servicio y juntos transitaron el camino empresarial. Eso sí, el fútbol seguía ocupando un lugar preferencial en sus vidas. Llegaba el domingo y la cancha los esperaba. Mientras 'Oscarcito' se afianzaba en la tercera de Tiro Federal, su 'socio' era el referente de la primera. Los dos jugaban en el medio. Tal vez de allí surge el origen del puesto de «Tronco». Su amigo era, además, su ídolo.
De tanto verlo a «Tito», aprendió los secretos del mediocampo más rápido que cualquiera y cuando estaba a punto de saltar a segunda, lo llamaron para jugar en primera. Dicen que la noche anterior al debut -9 de julio de 1950- fue la más larga de su vida.
«Soñaba con llegar a la primera, pero lo veía como algo lejano porque era muy chico», comenta otro de sus grandes amigos de la infancia y compañero en Tiro Federal, Roberto «Tito» Rodríguez que, paradojicamente, no es otro que el «Pelado» Zubillaga. ¿Cómo es esto? Simplemente porque entendía que en el pueblo abundaban los Rodríguez y Zubillaga -el apellido de su abuela paterna- no era tan común. Acotaciones al margen, esta relación de amistad terminó siendo familiar cuando «Tronquito» se casó con Alicia, hermana del «Pelado».
Volviendo al plano deportivo, aquel 9 de julio -11 días antes de cumplir 18 años- quedó grabado como el día más glorioso en la vida de «Tronquito». Su debut en Primera junto a su ídolo fue inolvidable. Más aún cuando le dijeron que iba a ser el 'centro-half' porque Andión le dejaba el puesto para jugar como 'full-back centro'.
De la mano de su ex patrón fue creciendo su figura hasta convertirse en el referente del equipo cuando el 'Gran Tito' colgó las 'botitas'. En poco tiempo fue capitán y durante quince años escribió páginas doradas del fútbol regional.
Allí formó recordadas líneas medias junto al «Pelado Zubillaga», el «Chueco» Bustos y el «Turco» Jadur, entre otros. Y más adelante, la famosa defensa con Rubén Georgeti y 'Coco' Costanzo, entre otros.
Con la Liga Mayor, los clásicos dejaron de ser sólo con Argentinos del Norte e Italia Unida para darle lugar a Independiente de Neuquén, Cinco Saltos, Huergo, Regina, etc…
Como corolario de su carrera, llegó la selección del Alto Valle, donde también fue «amo y señor» y se dio el gusto de ganar el título en el campeonato de Río Negro, en octubre del '62. Aquel plantel estaba compuesto por: Belleggia; Cetera, Costanzo, Cornides, Damborearena, Flores, Morales, Molina, Nicola, Pesoa, Vicente Romero, Carlos Romero, Saluzoglia, Rodríguez, Seijo y Salazar.
La estrella de «Tronquito» dejó de iluminar el 1 de diciembre de 1994, pero su estirpe futbolera y, por sobre todas las cosas, su condición de «gran tipo» permanecerán en el corazón de todos. Inclusive en aquellos que no pudimos conocerlo.
Fernando Merino
fmerino@rionegro.com.ar
Dicen que jugador de fútbol se nace y que, por lo general, está directamente relacionado con los genes. De ahí se desprende la aparición de Pablo Batalla, el nieto de «Tronquito».
Pablo es uno de los tantos que no tuvo la suerte de ver jugar a su abuelo, pero tiene varias cosas de él, con una gran influencia de su padre, Miguel Batalla, estrella del Deportivo Roca de fines del '70 y comienzos del '80.
Quienes vieron jugar a ambos, aseguran que si bien no juega en el puesto de su abuelo, Pablo tiene su misma visión de juego. Una vez que tiene la pelota busca a un compañero. «Si 'Tronquito' hubiera podido llegar a Buenos Aires, hubiese sido un crack, no tengo dudas. Seguro que lo está disfrutando a Pablito desde el cielo», recuerdan.
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