“Llevé manzanas rionegrinas a Gaddafi durante Malvinas”

“Conocemos la historia de una guerra, pero tardamos en conocer sus mil historias”, escribió el inglés Lidell Hart. Aquí un retirado piloto de Aerolíneas cuenta misiones clandestinas cumplidas durante Malvinas.



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entrevista: A Gezio Bresciani, piloto retirado de Aerolíneas Argentinas

CARLOS TORRENGO

carlostorrengo@hotmail.com

–Durante la Guerra de Malvinas, Libia –bajo Gaddafi– regaló armas a Argentina que fue a buscar Aerolíneas Argentinas. En reciprocidad, Leopoldo Galtieri, le envió manzanas rionegrinas. ¿Sabe si le gustaron?

–No, no. En realidad no sé si le llegaron a su mesa, porque él –así nos dijeron– estaba en el desierto. “Rezando”, nos dijeron. Y los días que pasamos en Trípoli, siempre estuvo “rezando”. A la tripulación nos generaba conjeturas…

–¿Cuáles?

–Y, que entre rezo y rezo, bueno… se daría su tiempo para estar con el harem que tenía. En la Libia de Gaddafi al menos, cuando uno preguntaba por esto o aquello, siempre estaba en el desierto.

–¿Qué quiere decir?

–Por ejemplo, los vuelos que durante la guerra hizo la flota de 707 destinada a carga, eran muy puntuales. Se llegaba. Se cargaba. Se volvía. Por eso iban dos tripulaciones. Toda esta operación podía implicar que se hiciera noche en el lugar. En total se hicieron seis vuelos: dos a Tel Aviv, cuatro a Trípoli y uno a Ciudad del Cabo, que comandé, pero se abortó cruzando el Atlántico. El vuelo a Trípoli se inició el 3 de junio, con la guerra ya decidiéndose en favor de Gran Bretaña. Pero recién partimos de vuelta el 6. ¿Por qué? Porque el material bélico que debíamos traer “está en el desierto”. Sí, sí… Libia es todo desierto. Pero uno también podía deducir que ese “desierto” parecía justificar otras causas.

–¿Con qué volvieron de Libia?

–Con 18 toneladas, o sea no carga completa. El grueso eran misiles soviéticos SAM.

–Con larga historia desde finales de Eisenhower.

–Cuando la URSS derribó al famoso avión espía U2 que piloteaba Gary Powers. Luego Vietnam… un arma eficiente.

–¿Recuerda la marca de las manzanas?

–No. Sí que eran 26 toneladas. Las vi ya estibadas en cajones en el 707 cuando partimos de Ezeiza. Luego, una noche de las que pasamos en Libia, me pierdo en el complejo de edificios al que nos habían destinado y bajo una escalera encontré dos o tres cajones de las manzanas abiertas.

–¿Qué deduce?

–Que ésas, al menos, no habían llegado a Gaddafi. Porque en realidad, desde Ezeiza, los vuelos durante la guerra iban vacíos. Pero el vuelo en cuestión llevó manzanas porque, según nos informó a la tripulación el jefe de la base Ezeiza, Libia tenía problemas para conseguir fruta. Era una gentileza por la colaboración que prestaba Libia por Malvinas. Y horas antes de partir –como lo cuenta Gonzalo Sánchez en su excelente libro “Malvinas, los vuelos secretos”–, un oficial del Ejército me entregó una hermosa caja de madera cerrada. “Es del general Galtieri para Gaddafi. Entrégueselo”. Me dijo. Y se suscita un entredicho. Yo le dije que tenía que ver qué contenía dado que, en tanto jefe del vuelo, debía conocer qué llevaba. Me dijo que no se podía abrir. Le dije que no la llevaba. Habló con alguien. Se abrió. Era un rebenque de cuero y plata toda trabajada… Una pieza deslumbrante. Pero no se lo pude entregar a Gaddafi…

–¿Por?

–Estaba en el desierto.

–¿A qué altura se volaba en estas operaciones?

–La altura siempre está sujeta a distintas variables. Por ejemplo, al consumir combustible se puede trepar siempre teniendo en cuenta el techo que tiene el avión. Yo regresé de Libia en rangos de 9.000 a 13.000 metros promedio.

–¿Por qué me especifica ese vuelo en particular?

–Hay mucho para hablar de todas estas operaciones. Por ejemplo, eran vuelos en silencio total de comunicaciones. Un caso: teníamos que evitar que las bases británicas de Gibraltar y Malta se interesaran en nosotros. Tomábamos medidas. Para ese vuelo de regreso declaramos una ruta que no cumplimos. Nos abrimos sobre el Atlántico en dirección a la costa venezolana y de ahí bajamos a Recife. Luego Buenos Aires. Cada uno de los vuelos se plasmaba mediante muchos dibujos en relación con por dónde ir y volver. Nosotros éramos una aerolínea, no aviones militares. En consecuencia, por caso, no podíamos transportar material bélico, explosivos. No olvide que trajimos minas terrestres…

–Del libro de Gonzalo Sánchez se desprende que Recife fue, al menos para las operaciones a Israel y a Libia, clave para el reabastecimiento. ¿Sabía Brasil qué implicaban estas operaciones en materia de cargas?

–Y… Brasil es Brasil. Tiene personalidad muy propia en materia de política internacional. ¿Desconocer..? en fin, ¡no! Recife fue arreglado en algún nivel político bilateral, seguramente. Pero lo corrijo: algunos vuelos, los dos a Tel Aviv y uno a Libia, hicieron escala en Las Palmas hasta que España, miembro de la Comunidad, dijo no va más.

–La isla Ascensión –americana– fue un escalón fundamental en apoyo logístico para la flota inglesa que fue a Malvinas. ¿Computaban que los podían detectar a ustedes?

–Por supuesto. Pero en realidad nosotros cortábamos por el norte de la isla. Y si bien es cierto que al momento del vuelo de las manzanas, el grueso de la flota británica ya llevaba más de 50 días combatiendo en el Atlántico Sur, todavía había un convoy de abastecimiento entre Gran Bretaña y Gibraltar rumbo a Ascensión y de ahí a Malvinas. Es decir, para los ingleses, mucha actividad que cuidar.

–¿Cree que supieron de ustedes?

–Bueno, con nosotros en silencio pero los británicos con mucho tráfico de comunicaciones, se escuchó: “argi, argi”, o sea argentinos.

–El almirante Wooddward desliza en sus memorias que, ya con la flota a más de mil millas al sur de Ascensión, se iba cansando de los 707 que la espiaban. Les mandaba un Harrier y los “intrusos” volvían a casa. También cuenta que estuvo a segundos de ordenar el derribo de un avión brasileño.

–Un Varig que iba de Durban a Río de Janeiro.

–¿Ustedes sabían de esos hechos?

–Sí, incluso se habían publicado las fotos de un Harrier volando –digamos ala a ala– junto a un 707 de la FF. AA. Sabíamos. Incluso las FF. AA. nos habían dotado de un largavistas poderoso para pispiar el mar.

–¿Fueron vuelos bajo tensión?

–Fueron vuelos muy profesionales. No lo asuma en términos de vanidad, pero éramos tripulaciones con experiencia en el manejo de situaciones críticas. No en guerra, pero bueno…

–Ajenos al miedo…

–Ajenos. Además, con independencia de si Malvinas sí, Malvinas no, cumplíamos un deber. Era nuestro país, al que yo quiero profundamente y el que me dio mucho… Hubo, sí, situaciones extrañas. El caso de los dos oficiales que en el regreso iban sentados detrás de los misiles. Un tripulante me informó que estaban algo inquietos. Uno de ellos leía y leía un breviario de religión católica. Fui y les pregunté si había algo que yo no conocía… es decir si tenían alguna información de problemas o eventuales problemas. Me dijeron que no, que eran rumores pero no me dijeron de qué. Y bueno, salimos. Uno de esos militares llegó a comandar el Ejército en tiempos de Alfonsín: el general Caridi.

–¿Volvió a ver a ese “doctor Alberto” que está en todas las operaciones con Libia, amigo de la dos dictaduras?

–Un tucumano. Mucho después de la guerra lo invitamos a cenar. Pero recién supe quién era con los años vía el canciller Dante Caputo…

–…que le tiene terror a los vuelos…

–Algo de eso. En los vuelos, siempre venía a la cabina. Un día, ya volando en Jumbo, le hablé de “Alberto”. Me dijo que averiguaría de quién se trataba. En otro vuelo, vino a la cabina y me dijo: “contrabandista de armas”. ¡Y nosotros le pagamos la cena!

–¿Manoteó alguna manzana rionegrina durante el vuelo?

–¡No, menos con el escándalo que nos armó el coronel libio que, al llegar, abordó el avión para darnos la bienvenida. No bien vio la carga, preguntó qué era. Le dije que un regalo del gobierno argentino a Libia por la ayuda que estaban brindando. ¡Para qué!. Se irritó, Empezó a gritar, a dispararnos en árabe lo que, sin duda, eran insultos. Furioso. Amenazante. Se bajó, subió a un jeep siempre gritando. Nos dejó un guardia armado en la puerta del avión. Yo tenía 40.000 dólares para gastos de logística y pensé: “Bueno, nos vamos a Roma, descargamos y nos volvemos a Argentina”. Pero no… nos alojaron y luego el doctor Alberto nos explicó que el Corán dice que cuando un árabe ayuda a alguien, no debe recibir nada a cambio…

Martín Heer


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