Lluvia de millones



El presidente del BBVA, Francisco González, ha sido el banquero español mejor pagado en el 2006. Ha recibido un salario de 9,7 millones de euros y una dotación al fondo de pensiones de 10 millones. Si tenemos en cuenta que el salario medio en España es de 19.200 euros, el Sr. González ha recibido un ingreso que equivale a más de 1.000 veces el salario medio de los españoles.

Algunos pensarán que la diferencia está justificada porque la inteligencia del Sr. González es 1.000 veces superior a la media de los españoles. Gracias a su habilidad, el BBVA obtuvo 4.736 millones de euros en el 2006, un 24,4% más que en el 2005. Sin embargo, otros pensarán que la naturaleza no es tan generosa con algunas personas y que las diferencias remunerativas tienen que buscar su causa en otras razones explicativas.

Una pista la ha dado el propio Francisco González al responder, en la reciente Junta de Accionistas del BBVA, a la crítica de algunos accionistas que denunciaron la “aberración” del salario del presidente. González respondió que su remuneración “puede parecer alta y éticamente discutible”, pero que estaba en línea con las de otras grandes empresas y se calcula “en función de los resultados, el trabajo y la creación de valor que pueden aportar”.

Sin embargo, añadió otra sugestiva consideración al unir el tema de la remuneración con “el compromiso de integridad exigible a todas las personas del grupo”, una referencia indudable al “caso de las cuentas secretas del BBV” en el que están comprometidos el ex presidente del BBV (Banco Bilbao Vizcaya) Emilio Ybarra y otros consejeros de aquella entidad antes de su fusión con la Argentaria que dirigía González.

Ese caso surgió en el 2002 cuando se conoció que los directivos del BBV habían desviado 225 millones de euros de fondos del banco a cuentas secretas en diversos paraísos fiscales. El fiscal había pedido dos años de prisión para Ybarra y tres para el resto de los directivos, por un delito continuado de falseamiento de balances, considerando que no existía apropiación porque los fondos fueron luego restituidos.

Un juez central de lo penal de la Audiencia Nacional, sorprendentemente, acaba de disponer el archivo del procedimiento por “omisión del requisito de denuncia previa de persona agraviada”. El juez sostiene que, salvo la denuncia del ministerio fiscal, ninguna persona agraviada se presentó a sostener la acusación.

El fiscal se ha opuesto a ese archivo que puede ser apelado ante la Sala de lo Penal porque el Código Penal español establece la legitimación del fiscal para actuar cuando el delito afecte los intereses generales o a una pluralidad de personas. El juez sostiene, en contra del sentido común, que no existe perjuicio para los accionistas. La restitución posterior no permite obviar que cuantiosos fondos sociales fueron desviados por los directivos a sus cuentas secretas en paraísos fiscales.

Estamos ya respirando la esencia más pura del actual capitalismo financiero. Remuneraciones astronómicas para los grandes directivos de los bancos y extrema magnanimidad de los jueces a la hora de aplicar la ley penal. Ahora podemos entender el sentido último de las palabras de Francisco González cuando vinculaba su elevada remuneración con la integridad moral de los directivos. Traducidas a un lenguaje más crudo, los sueldos altos serían necesarios para que los altos directivos no se apropien del dinero de los accionistas.

Una de las tantas contradicciones que arrastra el sistema capitalista es que es un régimen de acumulación privada de riqueza. Los capitalistas se apropian del excedente generado socialmente para destinarlo parte a la inversión y parte, al reparto de beneficios. Se supone que el beneficio es la recompensa que obtienen los empresarios, como organizadores de la producción, por los riesgos que asumen.

En la gran empresa capitalista, los empresarios se dividen entre accionistas y directivos. Los primeros pueden llegar a ser millones de personas, dispersas, que muchas veces quedan sujetas a la discrecionalidad de los segundos. En ocasiones es la eficaz labor de éstos, pero en la mayoría de los casos es la situación de control sobre una parte del mercado, lo que hace que los beneficios de las empresas aumenten. En cualquier caso, por las manos de los gestores pasa un enorme flujo de dinero.

Para evitar la tentación de apropiarse irregularmente de una masa tan enorme de riquezas que, por otra parte, los directivos siempre atribuyen a su singular talento, los ejecutivos tienen que percibir remuneraciones proporcionales a esos flujos. Esta es una de las causas que explican las elevadas remuneraciones actuales de los directivos de las grandes corporaciones. Probablemente no sea toda la verdad, pero es parte de ella. Un sistema basado en la codicia tiene también que protegerse de la codicia individual de sus insaciables protagonistas.

 

 

ALEARDO F. LARIA (*)

Especial para “Río Negro”

(*) Abogado y periodista. Madrid.


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