Lo positivo y lo negativode una prueba única

Malestar por el comportamiento del público



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Esta vez, el peligro tuvo que ver con la impruden-cia de los espectadores

Casi siempre la misma historia. Terminó la 36 edición de la Vuelta de la Manzana y en la AVGR ya están pensando tanto en la próxima, como en el desafío que será el 1 de octubre la presentación del TC 2000, si es que se termina la ampliación del autódromo roquense.

Es cierto que no hay una Manzana igual o siquiera parecida a otra. Mucho más en esta oportunidad, que este clásico del rally coincidió por el argentino, patagónico y sudamericano.

No había dudas de la capacidad organizativa de la AVGR. Tampoco de la elección de los tramos que obligaba a un despliegue descomunal de equipos de contralor deportivo, algo sólo comparable con lo que puede ser el Rally de la Argentina. Después, los formatos de las pruebas son más acotados, con menos movimiento y todo concentrado en poca distancia.

En definitiva, son los lujos o las prerrogativas que tiene la Vuelta de la Manzana, la misma que se desviven por ganar los pilotos, no importa sin son los locales o los que llegan del certamen argentino.

Lo deportivo fue positivo. Hubo cuatro pilotos que participan del Mundial; se pudo ver a un Luis Pérez Companc enchufado como pocas veces, motivadísimo y manejando al límite; un Federico Villagra que ratificó mal que le pese a algunos integrantes de equipos rivales, que está un escalón arriba del resto, y también una gran actuación de los pilotos regionales, encabezado por Pablo Cacopardo, dueño de la triple corona de la “Manzana”; Raúl Martínez, o Alejandro Cancio.

Y acá viene lo negativo. Todo se puede planificar en el automovilismo, menos los imponderables, por caso los vuelcos que obliguen a mover las unidades de rescate y tener que parar la prueba.

Pero lo más preocupante y que fue el lado negro de esta “Manzana” tuvo que ver con el público.

Por un lado, la tremenda respuesta, casi como nunca antes en esta prueba. Por el otro, la irresponsabilidad, que a poco estuvo de arruinar todo.

¿Qué culpa le cabe a los organizadores? Sólo no haber puesto más énfasis en demarcar los sectores en los que se podían ubicar los espectadores.

Después, todo pasa por la responsabilidad del aficionado, que arriesga de manera inconsciente la vida propia y la ajena.


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