Los camioneros sufren la falta de paradores con baños y sombra en el Alto Valle

Deben dejar los camiones al rayo del sol.



Plena tarde de un día de verano. El sol parece derretir el asfalto y el termómetro marca más de 35 grados. Víctor Gonella llega por primera vez al Alto Valle desde su Santa Fe natal para aprovechar la temporada de la fruta. Lleva cerca de diez horas al volante de su camión y su objetivo inmediato es un lugar con sombra para descansar y refrescarse.

La marcha es más lenta de la habitual y a pesar de encontrarse en una zona fértil como pocas, deberá conformarse con dejar su pesado camión al rayo del sol. Le parece increíble y pregunta por el lugar, que cree estar seguro que existe, pero que no puede encontrar.

Sus propios colegas lo sacan de la duda y finalmente se resigna a dejar su camión en una gran explanada de cemento y sin sombra.

Con sólo hacer una recorrida por la zona aledaña a la ruta 22 en Roca, se descubrirá un panorama desolador. Son varios los camiones que aguardan salir rumbo al puerto de San Antonio Este, pero la espera se transforma en algo tan calcinante como el viaje en plena siesta.

La situación de Roca es similar en Cipolletti, Huergo o Regina. No existe un solo lugar que esté destinado a los camioneros, donde se les brinde sombra, duchas o una pequeña parrilla para poder cocinar.

En Allen está el Sindicato de Camioneros, que tiene el predio donde se realiza la Fiesta Nacional de la Pera. Sin embargo, está reservado para los asociados. Es decir que el camionero que venga de otra provincia o país -como en el caso de los brasileños- tampoco tendrá suerte en Allen.

Y así se van juntando los camiones. Uno al lado de otr para tratar de darse sombra con los acoplados.

Las quejas son generalizadas. “En Roca no hay ni siquiera un camping municipal donde poder cocinar y estar mucho más fresco. Esta carencia te obliga a estar parado al rayo del sol y a comer en algún bodegón. Y por más económico que lo hagas, te gastás entre 25 y 30 pesos por día”, dice Francisco Robert, también camionero santafesino y con una toalla sobre los hombros que no alivian los treinta y pico de grados.

El tema del baño o las du

chas son otra de las “privaciones” que sufren los transportistas.

En Roca, el baño de la estación de servicio de la ruta está abierto de 8 a 22. Después de esa hora, a arreglarse como uno pueda.

Pero hay casos peores como el que contó Hugo Fontana. Había salido de Misiones y llegó a Río Colorado. Llenó los tanques de gasoil y pensó que podría darse una refrescante ducha. En la misma estación de servicios le dijeron que tenía que pagar 2,50 pesos.

“Acababa de llenar los tanques. No les pude hacer entender que no era un turista. De todos modos, en mi caso no es tanto, pero lo mismo le pasó a mi compañero que viajaba con su señora y tres chicos. ¡Le salía casi 15 pesos bañarse!”, recordó.

“Si uno viene solo, te la rebuscás en alguna acequia. Pero no podés meter a tu familia en un canal para que se bañe”, dijo Fontana.

“En varias oportunidades me tocó viajar a Brasil. Allá es todo gratis para el camionero. A nadie se le ocurriría cobrarte por usar una ducha”, asegura.

Las sombras que ofrecen algunos sectores de las banquinas de la ruta 22, no son muchas. Y generalmente están ocupadas desde temprano.

Intentar estacionar dentro de la ciudad se puede transformar en un problema hasta con los vecinos.

Es que los camiones son tan altos, que seguramente se romperá algún gajo de las plantas que están en la vereda. Por eso, para evitar problemas, se debe juntar coraje y estacionar al sol.

“Estas cosas, como tantas otras, son las que hacen que el trabajo del camionero no sea fácil… no es para cualquiera. Tenés que querer mucho este oficio, porque sino sólo aguantás un viaje”, aseguró Víctor Gonella.

De todos modos, reconocen que el “amor por la ruta y el camión” también les deja satisfacciones.

“Por ahí es muy lindo llegar a un lugar y encontrarse con el camión de un amigo al que hace mucho que no ves. O poder ayudar a un conocido, aunque ya uno no se detiene como antes para dar una mano”, aseguró (ver aparte).

El estado de las rutas y la inseguridad es otro de los temas que prácticamente salen solos en la charla.

“El Valle todavía parece ser tranquilo. Vos podés estar al costado de la ruta y no pasa nada. En la provincia de Buenos Aires o en el norte llegás a hacer eso y no encontrás ni las tuercas de las ruedas”, comentó Hugo Fontana, quien pasó casi dos noches con su imponente Volvo en los pinos que están alrededor de la rotonda de Roca (ver aparte).

Mientras, la tarde va cayendo y las playas de las estaciones de servicio se van poblando de camiones.

Los choferes esperan ese viaje que los lleve a un puerto o a otro punto del país, y también, que alguien destine un lugar arbolado y con duchas, como para hacer más llevadera la espera y poder descansar de los agotadores viajes.

Los temores cuando se cruza la frontera

Las diversas modalidades delictivas se han modernizado. En más de una oportunidad, un camionero quedó “salpicado” en alguna causa federal sin tener nada que ver, y hasta que se aclaró su situación, vivió algo más que un mal trago.

En las provincias del norte del país, no sólo está el temor al robo cuando se levanta a alguien, sino también la del contrabando.

“Uno no puede revisar el bolso de la persona que decide subir. O se la lleva o no, pero no podés ponerte en policía”, aseguran.

En una de esas charlas al lado de los camiones, salió la anécdota de un camionero que estaba por cruzar a Chile y subió a un muchacho.

El viaje había transcurrido con total normalidad y hasta se esos kilómetros se hicieron amenos.

Al llegar a la frontera, los controles de rutina. Inspección de carga y papeles del camión, documentación de los ocupantes, etc.

El camionero vio que el trámite se demoraba y que había algún problema. Pero aparentemente era con algún papel de su acompañante que había conocido kilómetros atrás.

Luego vino la orden de un juez federal y revisaron el bolso que tenía el muchacho. Empezaron a aparecer paquetes con droga ante la atónita mirada del camionero, quien perdió sus buenas horas declarando en un juzgado.

Hugo Albizúa

halbizua@rionegro.com.ar

Nota asociada: La inseguridad cambió costumbres “No quería que ensuciaran los vidrios con sus deditos…” La angosta 22 y los pozos en el Gualicho

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