Los clarines rotos
El instrumento más antiguo que suena es un clarín que sonó en la batalla de Waterloo, en 1815. Según informa el folleto, lo encontraron al lado del cuerpo de un chico de catorce años, un tambor cuyo cadáver apareció al día siguiente de la batalla. Le sigue otro, que llamó a la carga el día fatal en el que la Brigada Ligera inició su cabalgata en Balaklava, durante la guerra de Crimea. Se mezcla con una tuba alemana perforada por los proyectiles, capturada en una trinchera en 1915. Varios instrumentos más provienen de las ruinas de un búnker, el Alte Münz, parte de las defensas antiaéreas de Berlín, destruido en 1945. Una trompeta de caballería regresó desde el fondo del mar, cubierta de crustáceos y microorganismos, para llamar al combate una vez más. Estaba entre los restos del SS Pomeranian, un barco torpedeado por los alemanes en 1918. Hay otros instrumentos, todos de viento, todos utilizados para la guerra: llamaban a la batalla, animaban desfiles, se mezclaban con los aplausos rumbo al frente, tocaban alguna melodía menos marcial en los momentos de descanso. Tienen en común, además, que todos están heridos por la guerra: perforados por las balas, desgarrados por la metralla, aplastados por las explosiones. Son prácticamente inútiles. Cualquier sonido que produzcan estará marcado por el daño que sufrieron. Forman parte de una obra que tuve la suerte de conocer hace poco, creada por Susan Philipsz, y que está instalada en el museo Tate Britain, en Londres, en conmemoración a los cien años del comienzo de la Primera Guerra Mundial. Confieso que soy una persona limitada para el arte: si no entiendo lo que veo o lo que escucho, huyo. Fui con una actitud de “a ver qué me encuentro”, con la suspicacia propia del prejuicioso que no sabe mucho. La idea de la autora es sencilla: aprovechar la arquitectura monumental de los espacios vacíos de la Tate –altas columnas jónicas que sostienen un techo elevadísimo– para instalar megáfonos. Desde allí, en una secuencia programada, suenan los clarines rotos, que ella grabó con la ayuda de especialistas, músicos y curadores. Philipsz explica que “no me interesa tanto crear música como ver qué sonidos son capaces de emitir estos instrumentos, aun si ese sonido solo es el aliento del ejecutante”. Tocan –intentan tocar– el Last Post, el toque destinado a los muertos. El efecto de la obra de Philipsz es devastador. Porque la melodía, de por sí triste, nunca está completa; es más, es irreconocible. Pero es imposible permanecer indiferente a la llamada. Al ingresar al vasto espacio vacío, resuenan tonos plañideros y lúgubres. Los sonidos viajan por el espacio grisáceo, clareado por la luz que viene de los amplios techos vidriados. Suenan los clarines. Parecen animales agonizantes, espíritus que llaman desde el más allá. No piden ayuda. Dicen: “Aquí estamos”. Advierten: “No nos olviden”. Vi como muchos visitantes, apurados para cruzar la sala “vacía”, aminoraban el paso, se detenían, alzaban la cabeza y giraban en su lugar buscando el origen de esas voces. Las llamadas de los clarines rotos no son quejas, los instrumentos inservibles muestran la dignidad de sus heridas. Recuerdan que están ahí, de alguna manera, por nosotros. Recordé esa visita hace poco, en la sala Caídos del Museo Malvinas e Islas del Atlántico Sur, en Buenos Aires. El visitante ingresa a través de un cortinado negro y pesado a una sala oscura y fría. No debe estar a menor temperatura que el resto del museo, pero así se siente. Allí, proyectado contra la pared, imposible no verlo, está el cementerio de guerra argentino, construido en Darwin por la Comisión de Familiares de Caídos con una laboriosidad encomiable. El sonido de fondo reproduce el viento salvaje de las islas. Entre las ráfagas, vemos los tallos del pasto bailar enloquecidos. Unos pasos adelante, con las cruces blancas de fondo y enmarcadas por los claroscuros de la sala, unas tablets reproducen los rostros y los nombres de los muertos en la guerra de 1982. No tenemos las fotos de todos, a veces un negro absoluto y un nombre son todo lo que hay allí de ellos. Estoy seguro de que en ese viento anidan voces. No piden ayuda. Dicen: “Aquí estamos”. Advierten: “No nos olviden”. Recuerdan que están allí por nosotros. Sentí exactamente lo mismo las dos veces que pude visitar el cementerio en las Islas Malvinas. En la sala solo falta –tampoco es necesario– el viento bravo que arranca lágrimas de los ojos. Voces heridas y dignas, que nunca estarán completas por más esfuerzos que hagamos por reparar el daño. Sea el nombre que sea que le pongamos a la guerra de 1982, están allí. Son el límite a nuestras especulaciones. Viven, pero no son los mismos, como las voces de los instrumentos. Habrá alguien, igual de prejuicioso que yo hacia el arte moderno, que piense que es una herejía relacionar una muestra “inglesa” con los muertos “argentinos”. No me importa. Como ya escribió el genial Ítalo Calvino, esas son discusiones de los vivos. Los muertos no sacan partido de ellas. Solo reclamen nuestro recuerdo. (*) Escritor. Director del museo Malvinas
Mirando al sur
Federico Lorenz (*) @FedeLorenzyClio