Los costos del imperio

Por Héctor Ciapuscio



Harold Perkin -considerado el más prestigioso de los historiadores sociales ingleses- comenta dos libros recientes sobre el “imperio americano”. El primero, de Chalmers Johnson, se titula “Blowback. The costs and consequences of American Empire”. El segundo, de Michael Rowbotham, “Goodbye America. Globalization, debt and the dollar empire”. Ambos constituyen una mirada crítica sobre el expansionismo de Estados Unidos y su peso en el estado actual del mundo. Los dos enjuician las consecuencias de esa política para ese país y para los países en desarrollo. En estos días nuestros de tanto análisis superficial es saludable que conozcamos visiones diferentes de las que recibimos a través de las mil voces del “pensamiento único”, porque ofrecen una clave para entender (más allá de nuestras propias e intransferibles culpas) mucho de lo que nos pasa. Veamos un resumen de su artículo.

Chalmers Johnson, economista y cientista político que enseñó en Berkeley treinta años hasta 1992, se ocupa del precio que el mundo paga por el imperialismo económico y militar de Estados Unidos, un sistema que emana de su decisión de no desmovilizarse en 1945 e invertir masivamente, a partir de entonces, en una máquina militar abrumadora. Así ha caído en una “sobreexpansión imperial” (ya diagnosticada por Paul Kennedy en “The Rise and Fall of the Great Powers”), practicando un sistema de extracción de la riqueza del mundo, al costo interno de reducir su base industrial y socavar los ingresos de su población trabajadora. La sobreexpansión es disparada por gastos militares que ridiculizan a los de los mayores imperios de la historia. El dominio económico se perfecciona a través de agencias internacionales supuestamente independientes como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y la Organización Mundial de Comercio. Esto es apuntalado por una red financiera que ata el comercio y la inversión al dólar. Remesas e intereses son pagados en dólares valorizados, no en moneda local corriente, de modo que se abre una tijera de precios entre lo que el país en desarrollo tiene que pagar y el precio que puede cobrar por sus exportaciones. De ahí la creciente e insostenible deuda del Tercer Mundo. El bache comercial resultante y los préstamos engavillados que nunca pueden devolverse se basan en la teoría neoclásica del comercio libre convertida, dice Johnson, en un instrumento de perpetuación de deudas y flujo de bienes y servicios reales desde países pobres al rico. Es una forma de succión no distinta de las tasas, rentas y tributos de los anteriores imperios (el de Roma, que estudió Gibbon, y el inglés).

Ahora está experimentando la reacción, un culatazo (“Blowback”, título del libro) en forma de resentimiento generalizado, protestas, huelgas, atentados y terrorismo en muchos países. Seattle, Praga, Génova, la repulsa que se está estructurando entre los países de Asia, son algunas de sus expresiones. El rechazo no termina en las fronteras; alcanza al propio país, no sólo en ataques físicos tal como el del World Trade Center de New York, sino también, más seriamente, en el socavamiento de la economía real. La importación de bienes mano de obra baratos, a menudo manufacturados por subcontratistas o subsidiarias americanas en el exterior, ha beneficiado al consumidor doméstico pero a expensas de la descalificación laboral y encojimiento económico de millones de trabajadores “blue-collar”.

Todo esto, aclara el autor, no es una acusación al pueblo estadounidense, que no es en sí mismo imperialista. La mayor parte de los beneficios provenientes de un intercambio global inequitativo fluye hacia un porcentaje minúsculo de gatos gordos a la cabeza de corporaciones y gobiernos. Están protegidos y sustentados por economistas neoclásicos (con sus contrapartes profesionales en los países dependientes) que han convertido al libre mercado en una religión. Su teoría, sin embargo, es profundamente defectuosa. No es el libre mercado de Adam Smith, Ricardo y los economistas clásicos originales, que requerían que el comercio internacional sea un sistema autobalanceado, que cada excedente de exportación se emparejara con un incremento correspondiente de las importaciones.

Veamos, antes de dejarlo, un párrafo expresivo del libro de Johnson:

“Nosotros, los americanos, creemos profundamente que nuestro rol en el mundo es virtuoso, que nuestras acciones son casi invariablemente para el bien de otros tanto como para el de nosotros mismos. (…) Pero es evidente que en la década posterior al fin de la Guerra Fría, los Estados Unidos han abandonado largamente su confianza en la diplomacia, la ayuda económica, la ley internacional y las instituciones multilaterales, para llevar a cabo una política exterior que recurre muchas veces a la jactancia, la fuerza militar y la manipulación financiera”.

El segundo libro, de Rowbotham, “es aún más explosivo”. Argumenta que la deuda del Tercer Mundo es un invento del sistema financiero mundial creado por los vencedores de la Segunda Guerra, contra el consejo de Keynes, en la Conferencia de Bretton Woods de 1944. Sostiene que esa deuda es artificial y que su razón de ser es la extracción de recursos de las naciones pobres hacia las ricas. En última instancia, conduce a la transferencia de la propiedad de la tierra, de la producción minera y agrícola, de industrias enteras a las corporaciones multinacionales. Hay una paradoja en esto: las naciones avanzadas, también ellas, están todas endeudadas. Estados Unidos, la más endeudada de todas. Sólo la deuda nacional es de $ 5,5 trillones (12 ceros), más de dos veces el total -$2,3 trillones- de la deuda del Tercer Mundo. Si agregamos la deuda interna, $ 4,5 trillones, y el déficit comercial americano, $4 trillones, Estados Unidos resulta ser el país más endeudado de toda la historia del mundo. ¿Cómo es que funciona inmune a la teoría clásica del libre mercado que le requeriría incrementar las exportaciones para balancear su comercio, o ir a la bancarrota? La respuesta es que eso ocurre porque literalmente es dueño del banco e impone todos sus términos al sistema financiero.

Ambos libros -advierte el profesor Perkin- serán desdeñosamente rechazados por los altos prelados de la religión neoclásica, que interpretan el criticismo racional y la herejía económica respecto de ellos como indiscriminadamente antiamericanos. Tanto Johnson como Rowbotham sin embargo, pueden, a su juicio, tomar confortación de la respuesta de Alexis de Tocqueville, el autor de “La democracia en América”, a la sensitividad americana ante su libro en 1830: “Si estas palabras llegan alguna vez a ser leídas en América, estoy seguro de dos cosas: primero, que todos los lectores alzarán la voz para condenarme; segundo, que, en lo profundo de sus conciencias, muchos me considerarán inocente”.


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