Los disgustados



Con regular frecuencia y justificada razón, se pide a los gobernantes que ejerzan el manejo de la cosa pública desde el equilibrio y la mesura, con las puertas abiertas a la participación democrática. Pero ese camino es de ida y vuelta… Los ciudadanos, aun cuando delegan el poder por medio del voto, también tienen sus responsabilidades fundadas en las mismas virtudes que pretenden de los políticos. En el asunto que ocupa a esta columna, los políticos han actuado razonablemente bien -para variar-, en contraste con los modos extemporáneos de aquellos que les exigen respuestas. Un grupo de comerciantes y vecinos de la avenida Koessler hizo sentir su bronca por entender que las obras de remodelación en marcha se apartan del objetivo declarado: “optimizar la circulación y organización vehicular”. La Koessler es el principal acceso al casco histórico de San Martín de los Andes, y a la vez una avenida de fuerte impronta comercial, que concentra el flujo y reflujo de automotores y peatones en las horas pico. Los disconformes con la obra dicen que las nuevas dársenas ya reducen la capacidad de estacionamiento, y que la modificación de la doble mano (se reconvertirá en dos carriles para salida del casco histórico y uno para ingreso) junto con la construcción de un cordón de separación y rotondas para giro, serán un verdadero trastorno, en especial en situaciones de emergencia. Ese escenario, añaden, no solo entorpecerá la circulación sino que implicará un “perjuicio para comerciantes y no comerciantes (asumo que se refieren a los clientes)”. Más allá de la justeza de tales objeciones, contenidas en una nota enviada al Concejo Deliberante y expresadas en una entrevista con autoridades del Ejecutivo, conviene echar una mirada a la génesis de la obra. El proyecto fue confeccionado por un experto en ingeniería vial y tránsito de la Universidad de Córdoba que, desde luego, pudo haber metido la pata como el mejor, pero ese no es el caso. Lo que importa a este análisis es que el proyecto nació de una necesidad admitida por propios y extraños, como es reorganizar el tránsito en ese sector de la ciudad, donde se han producido varias fatalidades y recurrentes atascos. Luego, el proyecto de reordenamiento integral del tránsito, que incluía los cambios en la Koessler, pasó varios tamices a lo largo de dos años: presentación ante el Concejo Deliberante; estudio de factibilidad ambiental (aprobado por unanimidad); consultas y entrevistas con los frentistas; asamblea en el Centro Cívico, con explicaciones del autor del proyecto ante numerosos vecinos interesados (de allí surgieron algunos cambios a la idea inicial); audiencia pública; exposición de un resumen durante una semana en el hall del palacio municipal, con láminas y gráficas; profusa difusión en medios digitales y escritos locales y regionales… Después de semejante periplo y cuando se acababa de ingresar en la etapa final (al próximo gobierno le tocará concluir e inaugurar la obra), un grupo de disgustados decidió reclamar la paralización y revisión del proyecto. Si hubiere aquí evidencia de que se está haciendo una macana grave, desde luego debería abrirse la revisión, dispuestos incluso a desandar camino. Pero la denuncia de algunos frentistas parece fundarse más bien en matices de criterio, influenciados por un legítimo pero selectivo interés comercial (escaso espacio para estacionamiento frente a los negocios, nueva paradas de colectivos que -dicen- entorpecen la visual de los locales, etc…). Contradecir ahora lo hecho sería ignorar a todos los que se mostraron de acuerdo, a los que concurrieron a las audiencias, a los que fueron a las presentaciones. Hubo un tiempo democráticamente participativo para expresar reparos. Y ese tiempo pasó.

semana en san martín

fernando bravo rionegro@smandes.com.ar


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