Los intelectuales vascos, entre la rebeldía, el temor y el exilio

Opinar puede costar la vida en el País Vasco.

Desde que el grupo separatista ETA rompió la tregua, en la madrugada del 28 de noviembre de 1999, 23 personas perdieron la vida a manos de los pistoleros o de las bombas del grupo armado. Si bien no se ha llegado a extremos como en los ochenta, cuando hubo casi cien víctimas mortales en un año, la actual escalada del terror es particularmente grave porque está dirigida a cada vez más sectores de la sociedad. En una estrategia que algunos comparan a la del nazismo, ETA asesinó tanto a militares y policías como a políticos, periodistas, empresarios y jueces, extendiendo el dolor a los más diversos puntos de la geografía nacional.

Y, en los últimos meses, la mira terrorista se mostró particularmente enfocada hacia un nuevo objetivo: los intelectuales.

“Estamos viviendo el año en el que con más claridad ETA y el llamado Movimiento de Liberación Nacional Vasco (MLNV) han revelado su profunda raíz totalitaria», opinó recientemente el filósofo vasco Fernando Savater, co-fundador de la plataforma cívica contra ETA «Basta Ya». (ver aparte)

El hito que marcó la nueva tendencia fue la bomba que el pasado 18 de diciembre fue desactivada en la facultad de periodismo de la Universidad del País Vasco (UPV) en las cercanías de Bilbao y que podría haber ocasionado una masacre. Pero desde hace mucho que los intelectuales vascos que no pertenecen al “mundo” del nacionalismo más radical viven bajo el temor a una represalia que puede alcanzar a ellos, sus familiares o amigos.

Hace poco, el diario “El País” de Madrid consultó a profesores y alumnos de la universidad y no encontró interlocutores dispuestos a dar sus nombres. La razón es sencilla. “todo lo que digas puede ser utilizado en tu contra, y no precisamente en un juicio”, le dijeron al diario. Criticar la violencia, oponerse a la agitación política radicalizada o simplemente no respaldar con fuerza al independentismo puede ser causales de recibir una bala en la cabeza o una bomba bajo el auto. Es que la “nueva sangre” de ETA tras la tregua parece tener menos pruritos a la hora de eliminar a la disidencia. La “nueva ETA” renacida tras la tregua se nutre de la savia joven de los jóvenes radicales de los “jarrai” (cachorros) surgidos de la lucha callejera, que han reemplazado de a poco a los cuadros “profesionales”, muchos de ellos en el exilio o encarcelados por el Estado español. Y, aseguran los expertos, la nueva dirigencia es ejercida directamente desde los cuadros más “políticos” de la base política de la “izquierda abertzale”, Euskal Herritarroc/Herri Batasuna (EH/HB). Para los analistas, el accionar armado de los últimos meses tiene dos objetivos:

-Eliminar los puntos de contacto entre los sectores moderados del nacionalismo vasco y otras fuerzas políticas. (En ese esquema habría entrado el asesinato el 21 de noviembre del socialista Ernest Lluch y, antes, de otros políticos socialistas dispuestos al diálogo)

-Asumir el papel de “dirigente y vigía” del nacionalismo vasco, lo que implicaría eliminar la cualquier disidencia interna, sometiendo al temor a toda la población no nacionalista mediante asesinatos y violencia callejera.

Los profesionales de la información sufren a diario la violencia. Y presentar un punto de vista independiente o crítico hacia ETA es motivo de un ataque. Ya lo sufrieron el columnista de El Mundo, José Luis López Lacalle, asesinado en octubre y la pareja de periodistas Aurorra Inxausti, redactora de “El País” y Juan Palomo, de la cadena televisiva Antena 3, que sobrevivieron a un ataque con bomba. “Es como un juego de lotería”, explica uno de ellos a “El País”. “Cada vez que escribes algo desagradable para ese mundo, la cantidad de bolitas que lleva tu nombre se multiplica. Si además eres señalado con frecuencia por esos queridos colegas nuestraos tan dispuestos a denunciar a los ‘enemigos del pueblo vasco’, entonces, amigo mío, tienes verdaderas posibilidades de que llegue a tocarte la lotería en forma de amenazas, visita de la ‘kale borroca’(lucha callejera) o pero aún, el tiro en la nuca”. Así muchos deben salir a reportear la conflictiva realidad del País Vasco sin saber si no serán ellos mismo quienes aparezcan en el próximo noticiero como la próxima víctima. Una de las estrategias de amedrentamiento preferidas por los independentistas se produce durante las manifestaciones. Fotógrafos aparecidos espontáneamente toman instantáneas de los periodistas presentes

Para los profesores en las universidades y recintos educativos vascos, la realidad también es muy difícil. Las autoridades de la universidad vasca ya perdieron la cuenta de cuántos profesores y alumnos tienen que acudir con escolta a las clases. Y todo lo que se diga debe tener en cuenta lo que opinará algún grupo de estudiantes del entono etarra, que podría organizar inmediatas represalias, desde las académicas a las “otras”. “No puede imaginarla humillación que supone agacharse a diario para indagar en los bajos del coche ( donde se suelen poner las bombas-lapa). Mirar de soslayo al cruzar las puertas, ver o creer ver a algún sospechoso frente al portal”. “Los profesores estamos expuestos como nadie. Nuestra labor es pública, como tu agenda. Todos saben cuándo y cómo dar contigo”, asegura un asustado académico al diario.

El miedo a llevado a algunos de los más destacados profesores e intelectuales vascos abandonar Euskadi, su tierra vasca, por temor. Quizás la historia más dramática sea la del ex ministro de Justicia y Educación del País Vasco durante el gobierno de Felipe González, José Ramón Recalde. Desde el pasado 14 de septiembre, la librería de Recalde «Lagun» de San Sebastián permanece cerrada. Ese día, el ex funcionario sobrevivió milagrosamente tras haber recibido un disparo en la boca de un comando etarra.

Desde entonces, nada ha sido igual. Ni Recalde ni su esposa, María Teresa Castells, que llevaba la tienda, pudieron regresar a su casa en las afueras de San Sebastián. Cuando ella tiene que salir a la calle a comprar medicinas para su esposo, sólo puede hacerlo con guardaespaldas. ¿Cuándo vuelve a abrir la librería? «No lo sabemos», responde con semblante serio un empleado desde la penumbra del local, vigilado por dos policías en civil. En los alrededores de la librería, ubicada en la hermosa Plaza de la Constitución, las paredes exhiben pintadas con lemas como «Gora ETA» (Viva ETA) o «Gora kale borroka» (Viva la lucha callejera).

Recalde y su esposa se quedaron. Pero otros, cuyos nombres aparecieron pintados en las paredes en medio de un blanco o cuyos automóviles fueron quemados, no esperaron a correr igual suerte y abandonaron el País Vasco, como en los mejores tiempos del régimen franquista. La coacción, las amenazas y, en último término, los atentados, están provocando un fenómeno que ha sido denominado «el nuevo exilio vasco»: Políticos, periodistas, intelectuales o empresarios se van porque temen por sus vidas o porque ya no resisten vivir con la incesante tensión del que se sabe señalado.

Uno de los primeros casos de autoexilio que causaron consternación fue el del profesor universitario vasco y militante de ETA en la década de los setenta Mikel Azurmendi, de hoy 57 años, quien emigró a Estados Unidos. «El clima es irrespirable para los que no somos nacionalistas», explica, al tiempo que compara la situación con la persecución de los judíos por los nazis. «Me siento como si llevara una estrella de David», dice. Su colega universitario José María Portillo, miembro además del movimiento pacifista «Foro de Ermua», siguió el ejemplo y también se fue a Estados Unidos. «Estoy harto de que, antes de subir a mi coche, tenga que inspeccionarlo por si hay una bomba, o de tener que estar permanentemente con el cuello torcido, mirando para atrás», señala.

Uno de los casos más recientes es el del cantautor vasco Imanol Larzabal, de 53 años. Miembro de ETA entre 1967 y 1971 y defensor del derecho de autodeterminación del País Vasco, se convirtió en blanco, por «traidor», al participar en actos contra la violencia organizados por «Basta Ya». «Al parecer, he cometido pecado mortal por cantar en castellano», dice este artista, que durante décadas sólo interpretó sus canciones en vasco. «Esto es una inquisición», afirma.

Leonardo Herreros


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