Los que se fueron



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Cuando se trata el tema de los argentinos que en el último medio siglo se han marchado en procura de mejores condiciones de vida y trabajo especialmente a Estados Unidos, el grupo social de referencia acostumbrado es el de los profesionales, científicos y técnicos. Sobre este fenómeno, que se inició a fines de la década del 1940, existen buenos especialistas académicos y una abundante literatura mediática centrada en lo estadístico pero con cifras muy a menudo exageradas. Eso queda claro a través de un reciente estudio de tesis universitaria titulado “Movilidad y migración de científicos e ingenieros”, en el que se ordena históricamente el problema distinguiendo tres etapas: una primera, la de la llamada “Fuga de cerebros”, que se caracterizó como tal a partir del famoso reportaje a Jorge A. Sabato que publicó “La Prensa” en 1981; una segunda, la de los “Exilios” por causas propias de la dictadura militar, y una tercera, de características novedosas y particularmente signada por los progresos de la informática, la de “Movilidad en los años de la globalización”. En cuanto a los datos numéricos, en el estudio se plantea una corrección de la versión estereotipada que difunden los medios sobre la gravedad del problema. El trabajo corrige la convención existente señalando que Argentina no debe ser catalogada como “un país de expulsión” y que existe una retórica alarmista sobre ello. (Como ejemplo: una nota del 12/8/09 publicada en “La Nación” hablaba de 800.000 argentinos emigrados con la crisis del 2001, “la mayor ola emigratoria de los últimos cien años”). La población residente en el extranjero en el 2001, se aclara, representaba sólo el 1,6% de los residentes en el país, un promedio inferior al mundial; otras naciones latinoamericanas (Uruguay, de lejos México, Paraguay, etcétera, la sobrepasaban. Por otra parte, los datos de la OECD y Celade muestran que hacia el 2003 el número de científicos e ingenieros argentinos emigrados representaba menos del 10% de los de igual calificación residentes en el país). En relación a las motivaciones privadas de esta especial emigración, disponemos de un rico volumen publicado por tres investigadores argentinos residentes en el exterior (Baron, del Carril, Gómez) que contiene amplios testimonios personales de 37 emigrados prestigiosos (desde Bunge a Pelli, desde O’Donnell a Lavelli), que respondieron en entrevistas específicas a la pregunta de “Por qué se fueron” (que es el título del libro publicado por Emecé), brindando una cualificación valiosa a lo que sabemos sobre el “brain drain”. Las respuestas incluyen variadas causas, pero el factor dominante entre los que impulsaron la emigración (“push”) de profesionales, intelectuales, artistas, científicos y técnicos resulta ser la inseguridad política y económica. Del otro lado (“pull”), la atracción de un mejor nivel de vida, más altos niveles científicos y técnicos y la calidad de la enseñanza. Pero hay otra categoría de compatriotas emigrados de cuyo número y satisfacciones de vida poco se sabe. Nos referimos a la gente no universitaria y de condición laboral relativamente modesta que, en busca de superar un nivel económico insatisfactorio y asegurar el futuro de su familia, se ha incorporado, casi siempre con mediocre pero concreta mejora material, a la oceánica sociedad norteamericana. Lo que menos conocemos es la intimidad espiritual y los sentimientos que experimentan los que pertenecen a este tipo de personas en una sociedad difícil y distinta. No obstante, imaginándolo, aflora la tentación de evocar aquel verso clásico sobre las penurias del destierro que está en el “Paraíso” de Dante y que dice : “Tu proverai sì come sa di sale / lo pane altrui, e come è duro calle / lo scendere e ´l salir per l’ altrui scale” (Tú probarás como a salado sabe / el pan ajeno y cuán duro camino / es bajar y subir las gradas de otro). Mario Vargas Llosa, comentando un libro sobre cierto personaje expatriado, nos brindó recientemente su percepción general sobre las ilusiones, éxitos y derrotas de los latinoamericanos que fugan a los Estados Unidos en pos del sueño americano. Aludió a las vidas de tantos millones de seres a quienes las violencias políticas o las necesidades económicas expulsan de sus países y los llevan a peregrinar en sociedades a las que jamás se integran, aunque trabajen en ellas y vivan o malvivan allí el resto de sus vidas como seres exóticos, excluidos o autoexcluidos de la suerte del común. Una de las dificultades mayores que padecen es la lucha con un idioma ajeno. Escribe que en ella expresan la inseguridad que los habita, el inconcluso mestizaje cultural y lingüístico que constituyen, los dos mundos que hay en ellos coexistiendo con aspereza y sin llegar a fundirse. El personaje paradigmático de la novela que analiza vive en la periferia de todo, de las familias bien establecidas, de los empleos seguros, sin raíces ni referencias, en una especie de limbo al que sólo llegan restos mínimos de la prosperidad y las oportunidades de que gozan los otros, “descubriendo a cada día, a cada paso que da sobre esas arenas movedizas que es para él la vida, lo esquivo y fugaz que puede ser también para tantos el sueño americano”. (*) Doctor en Filosofía

HÉCTOR CIAPUSCIO (*)


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