Los recuerdos de niño

"Los chicos jugamos con las trampas de ratones entre los bolsones de avena”



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INVESTIGACIÓN

“Nos escondemos en los fardos de pasto. Espiamos y vemos el cajón azul, que siempre está con candado y larga un olor fuerte, penetrante, a remedio. También está el frasco de Átomo. Traen a la “Chamarrita” (una yegua que va a correr), viene toda tapada, con una linda capa y una máscara azul. Uno de los changos rompe una ampolla y va a la inyección al pecho. Directo. Frotan a la “Chamarrita”. Llega el jockey, un fustazo y a la gatera. Aplausos de los apostadores. Después la expectativa, la adrenalina de saber si esta vez nos tocará en suerte”.

Héctor escribió estas líneas con ese supremo placer que le aplica a las cosas la nostalgia. Hoy es un ingeniero hecho y derecho, con miles de obligaciones y un presente exitoso. Se casó y vive en Fernández Oro. Espera a su primogénito y le encantó volver a transitar por los parajes de la memoria. Héctor, como tantos en la región, se crió en el campo, entre caballos, vacas, paisanos, asados con cuero, carreras y apuestas. Su padre tuvo algunos pura sangre y supo apostar más de lo que podía. También les daba “vitaminas” a sus caballos.

“Recuerdo todo lo que gira alrededor de un caballo: la vida familiar, los viajes, el tipo que lo inyecta, el que lo varea, quienes lo queríamos. Recuerdo que mi viejo me contaba que cuando él era joven, en el campo se armaban las cuadreras, pero hace ya muchos años que nadie da ventajas. Los inyectan en el pecho, por vena, al hígado, para los riñones, por los dolores. También hay mucho verso y comercio de los médicos. Imaginate que a los caballos les hacen radiografías y estudios como a los seres humanos, y que cuestan tanto o más si no tenés obra social. Por eso es que yo dejé de ir, porque no lo disfruto con aquella inocencia del chico que esperaba que su padre gane la apuesta para tener el discman de moda”.


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