Los tunecinos, entre logros y duros desafíos
Contexto
La Revolución de los Jazmines y el derrocamiento de Zine el Abdidine Ben Ali en Túnez a finales de 2010 y comienzos de 2011 supuso el pistoletazo de salida de las Primaveras Árabes, un movimiento que llevó al derrocamiento de varios regímenes, pero que no pudo cumplir las grandes esperanzas de libertad y democracia. El único país árabe que consiguió una transición democrática fue Túnez.
A ello contribuyó la disposición del partido islámico En Nahda, que ganó las primeras elecciones, a renunciar al poder. Se vio presionado a hacerlo tras el asesinato de dos políticos opositores por salafistas.
Corría 2013 y el país estaba sumido en una grave crisis política, con manifestaciones masivas contra el gobierno de mayoría islámica.
El mayor sindicato del país, el UGTT, impulsó entonces un “diálogo nacional” para solucionar la crisis, cuyo objetivo era formar un nuevo gobierno de transición integrado sólo por expertos independientes que no integraran ningún partido. El cuarteto, integrado además por la central de empresarios Utica, la Liga Tunecina de Derechos Humanos (LTD) y el foro de abogados, obligó a los islamistas y a sus opositores a sentarse en la mesa de negociaciones. Gracias al pragmatismo de los participantes, el país logró avanzar hacia la democratización.
A comienzos de 2014 entró en vigor una nueva Constitución y a finales de año el secular Béji Caïd Essebsi fue elegido presidente del país. El independiente Habib Essid es jefe de gobierno desde enero.
Pese al progreso, los ingentes problemas económicos y sociales del país no están solucionados: más del 15 % de los 11 millones de tunecinos están desempleados. Otro gran reto es el terrorismo en el interior del país, con dos grandes atentados en marzo y junio que dejaron más de 50 muertos, y la amenaza de milicias islamistas desde Libia y Argelia. (DPA)
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