Lucha dentro del cuerpo



Cuando el bacilo ingresa al organismo, se distribuye por todo el árbol bronquial y llega a su extremo distal conformado por los alvéolos donde se oxigena la sangre. Allí lo “esperan” los macrófagos, variedad de glóbulos blancos cuya misión es controlar ese tipo de amenaza. Si los macrófagos logran destruir a los bacilos, no pasa nada. Si los guardianes pierden la partida, el organismo reconoce que ha entrado algo extraño y genera anticuerpos que reconocen y bloquean a los bacilos: en este caso se dice que el individuo está infectado. Pero aún en este caso, si los anticuerpos son suficientes, el paciente no desarrolla la enfermedad ni la transmite. Ahora bien, si la persona padece una inmunodeficiencia de cualquier origen (no solamente sida), su organismo puede reconocer al bacilo pero no bloquearlo. En este caso sí, la enfermedad se desarrolla y el enfermo puede contagiar a quienes lo rodean.

La recurrida prueba de Mantoux consiste en inyectar al paciente un poco de tuberculina, que es proteína purificada del bacilo, totalmente inocua. Una pequeña inflamación local indica que el organismo ha reconocido a la bacteria y está infectado aunque no haya desarrollado la enfermedad.


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