Macri, frente al maremágnum peronista
según lo veo
Pronto sabremos la respuesta a una pregunta clave: ¿será capaz una clase política que está permeada por el populismo peronista de sacar al país del pozo que ella misma cavó? Mauricio Macri y sus acompañantes saben que el destino del proyecto que tienen en mente dependerá de la evolución del movimiento que desde la década de los cuarenta del siglo pasado domina no sólo el escenario político nacional sino también el pensamiento de amplios sectores ciudadanos que, de un modo u otro, han pactado con él. Saben que, de proponérselo, los peronistas, con la ayuda de sus aliados coyunturales de la izquierda, podrían frustrar los esfuerzos del gobierno por hacer que la Argentina se reconcilie por completo con el capitalismo más o menos liberal que, de todas las modalidades existentes, es la menos mala, pero que tanto aquí como en el resto del mundo se ve resistida por quienes quisieran reemplazarla por otra superior, una que, nos aseguran, intelectuales afines diseminados por el mundo están elaborando. Tales ilusiones han contribuido mucho a la depauperación de la Argentina; como advertía Voltaire, “lo perfecto es enemigo de lo bueno”.
Felizmente para los macristas, el peronismo dista de ser dogmático. Antes bien, al hacer de “la lealtad” hacia el caudillo de turno su principio rector, puede ser resueltamente estatista un año y febrilmente “liberal” el siguiente. Con todo, aunque a pesar de la plasticidad superficial que es su característica más llamativa el peronismo raramente se aleja de actitudes para muchos normales –dicen los compañeros que encarna “el sentido común de los argentinos”–, a juzgar por la experiencia, lo que la mayoría toma por natural es reñido con el progreso económico.
No cabe duda de que el conservadurismo así manifestado ha frenado el desarrollo del país. Nunca fue escrito que la Argentina, luego de figurar entre los países más ricos y promisorios del mundo entero, se vería superada económicamente no sólo por Italia, España y Corea del Sur sino también por vecinos como Chile y Uruguay.
Se empobreció porque una serie de gobiernos, con la aprobación entusiasta de buena parte de la población, optaron por privilegiar el corto plazo por encima del mediano, para no hablar del largo, y so pretexto de subordinar todo al bienestar de la gente gastaron alegremente todo el dinero disponible, para entonces culpar al resto del mundo –a los yanquis, el FMI, inversores extranjeros y especuladores, además de los acusados de ser sus cómplices locales– por las consecuencias de tanta miopía principista. Es lo que hicieron los radicales de Raúl Alfonsín al afirmarse víctimas de un “golpe de mercado” agravado por la tiranía numérica fondomonetarista y, huelga decirlo, los kirchneristas.
Desde el punto de vista de quienes viven de la política, la estrategia así supuesta ha funcionado muy bien. A pesar de todos los desastres que han provocado, sus miembros aún pueden permitirse lujos que motivarían la envidia de sus homólogos de países que son mucho más prósperos. Hay intendentes municipales que perciben casi tanto como los primeros ministros de Suecia o Noruega. En cambio, desde el punto de vista de la mayoría de sus compatriotas, los resultados de la voluntad patriótica de atribuir las crisis ya rutinarias a la maldad foránea han sido calamitosos.
Como suele suceder al iniciarse una nueva etapa, el grueso de los integrantes del elenco político estable dice que le gustaría colaborar con un gobierno cuyo jefe triunfó en las elecciones presidenciales más recientes, pero tales aseveraciones no servirían para mucho a menos que los dirigentes más respetados del maremágnum peronista modifiquen su forma de pensar. Los macristas apuestan a que un tsunami de inversiones les brinde motivos concretos para permitirles continuar gobernando, pero si, como parece más que probable, la plata tarda en llegar, muchos se sentirían tentados a aprovechar una oportunidad para restaurar lo que para ellos es la normalidad.
Aunque todos los políticos se afirman a favor de “la autocrítica”, escasean los dispuestos a incluirse entre los responsables de un desastre colectivo tan espectacular como el producido por el gobierno anterior, uno que los peronistas más lúcidos pudieron habernos ahorrado aunque sólo fuera por interesarse en su propio futuro. Los macristas parecen entender que no les convendría ensañarse con quienes se dejaron intimidar por una jefa mandona. Para decepción de algunos simpatizantes, han sido reacios a arriesgarse librando batallas ideológicas contra los comprometidos con el populismo corporativista que, desde hace más de setenta años, es la doctrina nacional por antonomasia. Los macristas esperan que los hechos resulten ser más elocuentes que las palabras y que la gente termine aceptando que, por fin, el país ha comenzado a avanzar por el único camino que podría llevarlo a un destino tolerable.
Si bien el populismo corporativista es de raíces derechistas y clericales, andando el tiempo sus partidarios lograrían convencerse de que es una variante sui géneris, más humana y menos dogmática que otras, del socialismo tradicional. Gracias a los malabarismos conceptuales que les encantan, muchos progresistas que de haber sido otras las circunstancias militarían en el gorilaje lograron saltar por encima de la dificultad planteada por la adhesión al peronismo de la mayor parte de la clase obrera.
Para la izquierda marxista que sigue incidiendo en el pensamiento de muchos intelectuales, el que “el proletariado” propenda a ser derechista siempre ha sido un problema mayúsculo. Lo atribuye a la “falsa conciencia” de pobres explotados que no entienden que deberían apoyar a sus auténticos representantes, los comunistas, al dejarse engatusar por reaccionarios astutos como Juan Domingo Perón y sus epígonos. En la Unión Soviética, los bolcheviques solucionaron el asunto reprimiendo con violencia extrema a los sindicalistas. Aquí sus camaradas vacilaron entre oponerse frontalmente al peronismo, acercándose a grupos claramente burgueses, y tratar de infiltrarlo. En la actualidad, la izquierda despechada está actuando en alianza con los kirchneristas que, claro está, tienen motivos de sobra para querer que al gobierno de Macri le vaya muy pero muy mal.
Aunque los políticos se afirman a favor de “la autocrítica”, escasean los dispuestos a incluirse entre los responsables del desastre producido por el gobierno anterior.
Los macristas esperan que los hechos resulten ser más elocuentes que las palabras y que la gente termine aceptando que, por fin, el país ha comenzado a avanzar.
Datos
- Aunque los políticos se afirman a favor de “la autocrítica”, escasean los dispuestos a incluirse entre los responsables del desastre producido por el gobierno anterior.
- Los macristas esperan que los hechos resulten ser más elocuentes que las palabras y que la gente termine aceptando que, por fin, el país ha comenzado a avanzar.