Maldita incomprensión
Por Arnaldo Paganetti
No nos comprenden afuera. Ni nos comprendemos adentro. La desorientación es, en consecuencia, general. En un artículo periodístico publicado en España, el ex presidente uruguayo Julio María Sanguinetti, recordó una vieja clasificación de países: los desarrollados ricos; los subdesarrollados pobres; Japón, que llegó a segunda potencia capitalista, a pesar de ser una isla sin dones naturales; y Argentina, un magnífico territorio con recursos notables, que cada vez se hunde más en un pozo de decadencia, sin llegar a tocar fondo ni decidirse a pegar la «patada» que la saque a la superficie.
¿Por qué se ahogan las personas? La casi nivelación entre el peso específico del agua y del cuerpo humano, hace que éste pueda permanecer a flote quedándose quieto, sólo con la nariz y la boca al aire libre. Pero si el sumergido pierde la calma, al pedir ayuda eleva los brazos con movimientos bruscos y desesperantes. Eso lo lleva a hundirse. Algo parecido le pasó a la administración aliancista en diciembre, cuando trató de alcanzar el fabuloso blindaje financiero que aparecía como salvador. Sin embargo, los manotazos contribuyeron a apurar el descenso. La correntada arrastró a las profundidades a José Luis Machinea y a Ricardo López Murphy, quien en una zambullida fugaz que despertó el entusiasmo del establishment, se limitó a enunciar una reducción drástica del gasto público, pero levantó tantas olas de rechazo en el espectro político y social que se convirtió en un deudor más, en un mar plagado de acreedores implacables.
Adversario tenaz del gobierno, pero reconocido por sus antecedentes de nadador experimentado, que en la década del «90 superó el desafío hiperinflacionario, llegó el ministro Domingo Cavallo, para intentar acabar con una depresión que lleva casi tres años de duración.
«No entiendo. Todos se quieren subir al Titanic», comentó con ironía una de las dirigentes con mayor predicamento popular, Elisa Carrió, de gran capacidad intelectual e intransigente frente a los actos de corrupción, pero cruzada con un gran signo de interrogación a la hora de evaluar, en estas horas de justas rebeldías, su capacidad de construir un proyecto de síntesis y unidad nacional.
Cavallo ya volvió a rezongar contra los mercados, a los que acusó de «no entender» sus heterodoxas medidas que – jura -, son suficientes para reactivar el aparato productivo e incentivar el consumo y de ninguna manera conducen, en el mediano plazo, a una devaluación total de la moneda, como sospechan los «ignorantes» banqueros.
El amor y el odio circulan con intensidad por las fibras de «Mingo», que fue elogiado con reparos por académicos de la talla de Miguel Angel Broda, Roberto Alemann y Guillermo Calvo.
Con la nueva convertibilidad bajo el brazo, incluido el euro como moneda de referencia al lado del dólar, Cavallo busca alentar las exportaciones, atacar la evasión fiscal y blanquear las actividades agropecuarias y del transporte. Molesto contra los que siguen accionando contra el Estado, aconsejó a los argentinos a mirar su bolsillo y no el riesgo país, que sigue en los peligrosos mil puntos, un poste eficaz para «espantar inversores».
Obstinado, en medio de los piquetes mortales abiertos en una Salta comparada con las paupérrimas Bangladesh y Nepal, Cavallo reclamó a los empresarios que transmitan buenas ondas, algo complicado cuando hay confusión e incertidumbre por los permanentes cambios en las reglas de juego. ¿Serán estables? ¿Cuánto durarán?, se preguntan los financistas.
Un agudo especialista inglés comentó: «Si eres positivo frente a la Argentina, las medidas son audaces y podrían enviar a la economía de vuelta al crecimiento. Si eres pesimista, es un tiro a ciegas y ni siquiera Cavallo sabe dónde va a dar».
El desconcierto se complica por las internas (el viernes fue desplazado el alfonsinista Federico Polak, tras un llamado intempestivo del «bloopero» ministro de Salud Héctor Lombardo) y por el aislamiento que está sufriendo el presidente Fernando De la Rúa, cada vez recostado más en sus amigos y menos en el radicalismo, pese a los esfuerzos de Enrique «Coti» Nosiglia.
Se acercan las elecciones legislativas como otro espejismo que podría esmerilar un poco más la desgastada asociación entre radicales y frepasistas. De la Rúa pretende no ser tocado por la derrota y para eso se pondrá por encima de la contienda. Pero lo acosa el tema social y si bien volvió a acordar con el gobernador peronista Carlos Ruckauf (al que le dio dinero para pagar sueldos y aguinaldos), este espera el momento para apurar su zarpazo al poder.
Se comenta que el ex ministro Alberto Flamarique, elaboró un plan «A» para ayudar a De la Rúa antes de los comicios, pero también uno «B» que contempla un escenario anárquico en los próximos meses, y donde él se enrolaría en un bando que alentaría un gobierno de unidad, con la participación activa de Ruckauf.
En un futuro e hipotético pacto de gobernabilidad no quedarán al margen ni Raúl Alfonsín, ni Eduardo Duhalde, juntos desde ahora en un movimiento productivo, con cavallistas cercanos a gobernadores justicialistas.
Atrapado en el torbellino económico, el gobierno quiere escapar y no puede. Ya no sirve apelar a la ética o a la prisión del ex presidente Carlos Menem, que no supo capitalizar. La paz social está alterada y, como reconoció el vicegobernador de Buenos Aires, Felipe Solá, da vergüenza hablar de candidaturas individuales, en un contexto de fracaso colectivo que, por ejemplo, paraliza a la aerolínea de bandera nacional y determina a los jóvenes a alistarse en las fuerzas armadas españolas.
No nos comprenden afuera. Ni nos comprendemos adentro. La desorientación es, en consecuencia, general. En un artículo periodístico publicado en España, el ex presidente uruguayo Julio María Sanguinetti, recordó una vieja clasificación de países: los desarrollados ricos; los subdesarrollados pobres; Japón, que llegó a segunda potencia capitalista, a pesar de ser una isla sin dones naturales; y Argentina, un magnífico territorio con recursos notables, que cada vez se hunde más en un pozo de decadencia, sin llegar a tocar fondo ni decidirse a pegar la "patada" que la saque a la superficie.
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