Malvinas: Como una piedra lanzada sobre el agua
Mirando al sur
Cuando era chico cada tanto me hacían burla por mi apellido. Me decían “Lorenz de Arabia”, en asociación con Lawrence de Arabia (1888-1935), el arqueólogo, espía e insurgente británico que lideró la revuelta árabe durante la Primera Guerra Mundial. Eran los tiempos en los que se pasaba a repetición la película de Peter O’ Toole (como el británico) y Omar Sharif como el emir Faisal en “Sábados de Súper Acción”. Un poco me molestaba, pero a la vez esas referencias tempranas bajo la forma de remoquete hicieron que me interesara en la vida de un personaje fascinante y contradictorio, ese héroe a pesar suyo (otros dirían que fue un soberbio) a quien llamaron “el rey sin corona de Arabia”, y que murió en el anonimato en un accidente de moto. Ya más grande, llegué a su libro formidable, “Los siete pilares de la sabiduría”, que desde entonces es una de esas lecturas a las que regreso de manera fragmentaria pero constante.
El libro, traducido por primera vez al castellano por la editorial Sur, es una obra que combina historia, filosofía, geopolítica y, claro, los vibrantes capítulos dedicados a la revuelta árabe, la misma en la que Ul-Urenz, como lo llamaban los árabes, puso el cuerpo, y que sus mandantes imperiales traicionaron después. Los análisis de Lawrence acerca de la táctica y estrategia de la guerra de guerrillas no tienen desperdicio. Escribe al comienzo de la obra: “Estoy orgulloso de aquellos mis treinta combates en los que no se derramó jamás la sangre de mis hombres”. Más adelante tiene una frase de una sencillez conmovedora por lo que implica: “Una muerte individual puede producir un agujero momentáneo, como una piedra lanzada sobre el agua. Pero desde allí se extienden ondas de dolor”.
Vuelvo a ella con frecuencia desde que estudio sobre la experiencia de guerra y la violencia política. Y la imagen de los círculos concéntricos de dolor se vuelve más recurrente en estos días, los mismos en los que ya hace más de tres décadas nuestros compatriotas ya vivían bajo fuego en Malvinas.
Muchas de las discusiones acerca de la guerra de 1982 son amargas porque partimos desde abstracciones: la patria, el enemigo, la dictadura, el imperialismo. Impiden ver los matices, opacan con el brillo refulgente de las letras doradas con las que están escritas otras palabras, más humildes, pero que remiten a la vida de hombres y mujeres concretos: solidaridad, valor, lealtad, generosidad; es cierto que cada una de ellas también con su opuesto.
Yo no puedo estudiar la guerra de otra manera que poniéndole nombre y apellido. Es mi limitación. Porque, claramente, me lleva a preferir los grises a los absolutos. Hace que privilegie las vidas diminutas por sobre las grandes escenas. Y eso a muchos no los complace. Pero mi compromiso personal es con los sobrevivientes y con los derrotados. Lo es ya hace mucho tiempo.
Tim O’Brien, veterano de la guerra de Vietnam, escribió un cuento que se llama “Las cosas que llevaban”. Cuenta la vida de los infantes estadounidenses mediante el recurso de “revisar” literariamente sus mochilas y sus bolsillos. ¿Cuánto pesan sus cartas? ¿Qué llevan encima? Al sumar sus pertenencias, podía apenas acercarse a saber cuánto les pesaba la guerra: “Llevaban todo el equipaje emocional de hombres que podían morir. Pena, terror, amor, añoranza: eran cosas intangibles, pero las intangibles tenían su propia masa y gravedad específica, tenían peso tangible”.
Yo no sé cuántas veces, desde 1982, les preguntamos a nuestras mujeres y hombres de Malvinas cuánto les pesa su guerra. Cuánto les pesan las cosas que ellos llevan. Y creo que sería mucho más fácil hacerlo si le pusiéramos nombre y apellido a la historia. Aunque eso, aparentemente, la empequeñeciera y le sacara brillo. La frase de Lawrence, entonces, adquiere enorme profundidad: desandar las ondas del dolor nos llevará al origen, a recordar a los que murieron. Sabremos qué sentido tenían entonces las palabras por las que perdieron la vida. Pero ese mismo movimiento nos llevaría a preguntarnos qué significan ahora para nosotros.
Por eso es tan importante conocerlos. Gustavo Caso Rosendi, que combatió en Malvinas, escribió este poema acerca de un compañero que murió en las islas: “Cuando cayó el soldado Vojkovic/ dejó de vivir el papá de Vojkovic/ y la mamá de Vojkovic y la hermana/ También la novia que tejía/ y destejía desolaciones de lana/ y los hijos que nunca/llegaron a tener/ Los tíos los abuelos los primos/ los primos segundos/ y el cuñado y los sobrinos/ a los que Vojkovic regalaba chocolates/ y algunos vecinos y unos pocos/ amigos de Vojkovic y Colita el perro/ y un compañero de la primaria/ que Vojkovic tenía medio olvidado/ y hasta el almacenero/ a quien Vojkovic/ le compraba la yerba/ cuando estaba de guardia/ Cuando cayó el soldado Vojkovic/ cayeron todas las hojas de la cuadra/ todos los gorriones todas las persianas”.
Los afectos, desprendidos, de Pedro Vojkovic como se deshoja un árbol muerto.
Como las ondas en el agua.
*Director del Museo Malvinas
Yo no puedo estudiar la guerra de otra manera que poniéndole nombre y apellido. Es mi limitación. Porque claramente, me lleva a preferir los grises a los absolutos.
Tim O’Brien, veterano de la guerra de Vietnam cuenta la vida de los infantes de EE. UU. mediante el recurso de revisar literariamente sus mochilas y sus bolsillos.
Datos
- Yo no puedo estudiar la guerra de otra manera que poniéndole nombre y apellido. Es mi limitación. Porque claramente, me lleva a preferir los grises a los absolutos.
- Tim O’Brien, veterano de la guerra de Vietnam cuenta la vida de los infantes de EE. UU. mediante el recurso de revisar literariamente sus mochilas y sus bolsillos.