Mano y teclado



“Cuenta Platón en ‘Fedro’ que cuando el presunto inventor de la escritura, presentó su invención al faraón Thamus, éste elogió la nueva técnica que permitía al género humano recordar lo que de otra forma hubiera olvidado. Pero el faraón no se sintió satisfecho. ‘Mi hábil Theut’, le dijo, ‘la memoria es un gran don que debe ser mantenido con continuo ejercicio. Con tu invención la gente ya no se sentirá obligada a ejercitar la memoria. No se recordarán las cosas gracias a su esfuerzo sino a la potencia de un dispositivo exterior’. Podemos entender la preocupación del faraón. La escritura, como cada nuevo dispositivo tecnológico, puede debilitar las capacidades humanas que sustituye, así como los automóviles nos hacen menos preparados para caminar”. Umberto Eco, “De internet a Gutemberg”. A continuación, Eco reivindica la escritura, él, escritor eximio. Mas nos dice que “el faraón estaba manifestando un miedo eterno: el miedo a que las adquisiciones tecnológicas puedan eliminar cosas que para nosotros representan valores en sí mismos, y con un profundo sentido espiritual”. El artículo es largo y riquísimo, y se lo recomiendo. Sólo he extractado algunas líneas, motorizada por un texto que me envió mi maestra, Nelly Ginnóbili, quien, es evidente, me sigue enseñando. El artículo es de Guillermo Jaim Etcheverry, educador y ensayista. Él, como muchos educadores y educadoras, manifiesta la percepción del faraón. En efecto, se preguntan si la preocupación por el ocaso de la escritura cursiva responde a la nostalgia o constituye una emergencia cultural. Cada vez más, se inclinan hacia esta última alternativa. La pérdida de la habilidad de la escritura cursiva –los niños escriben cada vez más con letra de imprenta– explicaría trastornos del aprendizaje, advierten. En la escritura cursiva, el hecho de que las letras estén unidas una a otra por un trazo, permite que el pensamiento fluya con armonía de la mente a la hoja de papel. Al ligar las letras con la línea, quien escribe vincula los pensamientos, traduciéndolos en palabras. Escribir en letra imprenta implica escindir lo que se piensa en letras, desguazarlo, achicar el tiempo de la frase, interrumpir su ritmo y su respiración. Uniendo este argumento con la computación, Etcheverry admite que se han convertido en un apéndice de nuestro ser, mas advirtiendo que favorecen un pensamiento binario. La escritura a mano es rica, diversa, individual: nos diferencia a unos de otros. Concluye que los diversos sistemas de escritura deberían convivir, precisamente por esa cualidad que tiene la grafía de ser un lenguaje único, personal, mientras el mensaje del teclado es frío, descarnado, despersonalizado. Eco, cita Etcheverry, es un activo participante de este debate, y propone “que así como en la era del avión se siguen tripulando barcos a vela, sería auspicioso que los niños aprendieran caligrafía, para educarse en lo bello y facilitar el desarrollo psicomotor”. Un artículo de la revista “Time”, “Duelo por la muerte de la escritura a mano”, señala que “éste es un arte perdido, ya que nuestro objetivo es expresar el pensamiento lo más rápido posible. Abandonamos la belleza por la velocidad, la artesanía por la eficiencia. ¿La escritura cursiva está condenada al destino del latín? Dentro de un tiempo, ya no la podremos leer”. Me complace que tantos razonemos en “Y”. Que hagamos el intento de la síntesis; de integración de los conocimientos y habilidades. Quizás las generaciones que supimos de la cursiva y tuvimos que aprehender computación y tantas otras cosas, no percibamos en nosotros las preocupaciones expresadas. Sin falsa soberbia, vale la pena refrescar saberes y atender cómo aprenden nuestros descendientes. Después de todo, ¿cuál es el problema? Sólo tenemos funcionando el 10% del cerebro.

EN CLAVE DE Y

MARÍA EMILIA SALTO bebasalto@hotmail.com


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