Marín, un superviviente en el monstruoso ‘mundo Boca’

El neuquino pasa su mejor momento de un equipo que no encaja. Se la creyó y casi lo paga caro.



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Sentado en la cafetería de un conocido shopping de la capital de la furia, Leandro Marín habla con calma, como el que está habituado a este tipo de menesteres. Es tímido y se le nota, lleva el pelo cortado a lo moderno, una barba incipiente y lo más llamativo de su atuendo es un reloj de buen tamaño, negro, interesante. Lo reconocen ya por la calle, aunque no es una figura masiva. Es más, durante la charla –una hora y pico– no hubo interrupciones, más allá de la pregunta de la moza –“¿toman algo?”–, que el jugador negó con amabilidad. Es sábado 8 de junio, el día después del 1-1 del seleccionado argentino ante Colombia y el previo al claro 2-0 que Racing le propinó a Boca. Marín estaba a punto de irse a la concentración xeneize y no se imaginaba que 24 horas más tarde tendría una pesadilla con corte ‘guachiturro’ y mirada desafiante llamada Ricardo Centurión. El diálogo nada tuvo de previa a ese clásico. En realidad fue un buceo por los pliegues de la carrera de un jugador que tiene 21 años (22/01/92), debutó en el Argentino B con apenas 14, llegó a Boca a los 16, unos meses después fue premiado con su pase a la reserva, con la convocatoria al seleccionado Sub 17 e incluso al sudamericano, donde jugó y fue titular enfrentando a muchachos con mucha más edad. Debutó en primera con Tito Pompei, quien lo llevó a Boca con un grupo gerenciador, tuvo algo de rodaje en el ciclo de Claudio Borghi y se dio el golpe de su vida cuando aterrizó Julio César Falcioni, quien lo redujo a la mínima expresión. Marín lo confiesa: se la creyó y eso le costó caro. Hoy es devoto de un concepto que supo hacer masivo Marcelo Bielsa: se aprende más de los fracasos que de los éxitos. Pero Leandro no hizo lo de muchos. Jura que está cansado de ver claudicar a jóvenes que, aún con más condiciones futbolísticas que las suyas, se dejan vencer por la adversidad. No es crack, ni ‘10’. Lo suyo es luchar y perseverar. Y hay una frase que repetirá en varias ocasiones. “Sé adaptarme”. Un superviviente del darwinismo futbolístico. Porque no es demasiado dúctil con la pelota, pasa poco al ataque, no es el mejor cabeceador, tampoco un jugador impasable. Pero es lo que necesita el técnico. –¿Por qué creés que Bianchi confió en vos para jugar de lateral derecho cuando probó a tantos en esa posición?, le preguntó “Río Negro”. –No sé por qué me eligió, creo que las veces que me tocó jugar lo hice bien y como el que jugaba de ‘4’ lo hacía mal, confió en mí. No le di chances de que me saque. Sincero y lógico, Marín es un jugador que entendió que en el fútbol “la cabeza es todo, es lo que te da y quita confianza”. Tanto lo cree que se psicoanaliza desde hace cinco años y generó las condiciones para saberse y creerse mejor. Un dato fundamental: en su peor momento, durante la época de Falcioni, entrenaba con la reserva y de noche salía a correr solo, bajo la noche y el invierno porteño. Además, buscó ayuda extra y la encontró en un centro de alto rendimiento llamado Acumen, que trabaja en lo visual, lo mental y físico. –¿Cómo es eso? –Se trabaja mucho en la concentración y el entrenamiento del ojo, en los movimientos rápidos, las vistas periféricas… También se hace hincapié en laburos de coordinación y movimiento, y en la tensión, en ejercicios de respiración para bajar las pulsaciones. A mí me ayudó mucho, por eso será que no sufro en los partidos importantes. Aclara que ha visto muchas veces el miedo en los ojos ajenos. De adversarios y compañeros. Boca es poco menos que una picadora de carne. “Es muy difícil el día a día en un club como éste, el más importante del país y uno de los más grandes del mundo. Jamás dejan de hablar, adentro y afuera. El periodismo no para. Un día sos Dios y el otro un desastre. Pero hay que adaptarse. Cada vez lo sufro menos”. Se relaja. Vive el mejor semestre de su carrera, porque logró continuidad y jugó partidos de suma relevancia, como el superclásico, ante Corinthians, los cuartos de final de la Libertadores. Está cómodo. Vive en Las Cañitas y anda en un lindo auto -que compró hace poco-. Está firme de la cabeza también. “Voy al psicólogo hace muchos años, me ayudó en lo deportivo y en la vida en general. Igual, siempre fue un tipo tranquilo y de mente fuerte”. –Pero hay momentos bravos. ¿Se acercan a apoyarte en un club como Boca cuando te bajan a reserva, por ejemplo? –En reserva no se acerca nadie (risas). Ahí estás solo. La historia cambia cuando empezás a jugar en primera, ahí sí llegan los consejos… –Y el Mundo Boca te come. –Es duro, están todo el día hablando. Hay que intentar abstraerse y no prestar tanta atención. Por eso, creo que el fútbol está casi todo en la cabeza. Si estás bien mentalmente, todo te sale bien. –Pero a Boca le fue tan mal por lo futbolístico, no por lo mental. –Hay de todo. Creo que a Carlos (Bianchi) le costó encontrar el equipo y sufrió mucho con los lesionados. Fue muy raro, sobre todo el rendimiento bajo de muchos jugadores. Porque los partidos salen como nos dice Carlos que saldrán… –¿Qué hubiese pasado si no era Bianchi el DT de Boca este semestre? –A otro DT lo echaban cuando quedamos afuera de la Copa. Pero Bianchi es el más ganador de la historia. Es más, arriesgo a decir que puede estar sin ganar los tres años de contrato y lo siguen bancando. –Pero si pasa eso, los echan a todos ustedes. –Sí, en Boca hay que ganar siempre. Tenemos que luchar el próximo torneo, si no va a ser un quilombo… Salir campeón sería un sueño. –Una presión terrible también. –Prefiero eso mil veces a no jugar. Rendir todos los días examen, es una linda presión. Estoy en el mejor club de Argentina. –Después de jugar un puñado de partidos ya valés un par de millones. –No pienso en la plata, te juro. Sólo quiero disfrutar jugando. Es más, no me iría a ningún otro club. Hoy valoro todo lo que hice, como no abandonar, ir al psicólogo, salir a correr de noche solo. –¿Cuando llegaste a Boca te la creíste? –Y sí, es muy difícil mantener el equilibrio. Cuando te va un poco bien te regalan ropa, te hacen descuentos, te invitan a comer. Y te la creés. Yo era chico y la pasé. Por suerte tuve a mi familia que me bajó a tierra. Pero hay muchos que no tienen esa suerte.

Leandro tiene contrato hasta el 2015, pero en los próximos días la dirigencia le extenderá por 12 meses más.

entrevista

sebastián busader sbusader@rionegro.com.ar


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