Mariscales de la derrota

Redacción

Por Redacción

Como siempre ocurre cuando un partido que se ha acostumbrado a ganar sufre un revés, los despechados por lo que sucedió en las elecciones del domingo pasado ya quieren ver castigados a quienes llaman “los mariscales de la derrota”. En el caso de la provincia de Buenos Aires, les ha sido fácil identificar al presunto culpable: dicen que Aníbal Fernández es Herminio Iglesias redivivo. En el de la contienda presidencial, en cambio, las cosas no son tan claras, ya que si bien Daniel Scioli obtuvo muchos votos menos de los que habían previsto los estrategas del Frente para la Victoria, podría redimirse el 22 de noviembre, de suerte que sería prematuro ensañarse con quien, al fin y al cabo, sigue siendo el candidato oficial. Mientras tanto, los adversarios más decididos del kirchnerismo insisten en que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner debería encabezar la lista de responsables de lo que sucedió, puesto que, además de obligar a Scioli a dejarse acompañar por Carlos Zannini, un operador de imagen antipática que no le aportaría más que un puñado de votos, respaldó la candidatura de Aníbal Fernández a pesar de todas las denuncias en su contra. Dadas las circunstancias, sería razonable atribuir el revés que ha experimentado el oficialismo a la persistencia de una recesión económica exasperante, la alta inflación, el temor a que el país pronto se vea en graves dificultades al agotarse por completo las reservas, la corrupción endémica, el narcotráfico, la inseguridad ciudadana y el hecho de que millones de compatriotas vivan en la pobreza extrema, pero parecería que en la Argentina tales factores pesan menos que en otros países en los que uno solo sería más que suficiente para motivar un vuelco electoral. Aquí lo que más influye en las elecciones es la imagen personal de los protagonistas. Lo entiende muy bien la presidenta que, desde la muerte de su marido, privilegia “el relato” por encima de todo lo demás, una propensión que ha tenido consecuencias concretas sumamente negativas pero que, de tomarse en serio las encuestas de opinión difundidas por consultoras privadas que, sería de suponer, no se sienten tentadas a halagarla, apenas ha incidido en su propia popularidad. De todos modos, si estuvieran en lo cierto quienes repiten la notoria consigna acuñada por el jefe de campaña del entonces candidato presidencial norteamericano Bill Clinton según la cual “es la economía, estúpido”, Scioli tendría motivos de sobra para felicitarse por haber cosechado más votos que su contrincante principal, Mauricio Macri. Pensándolo bien, fue una hazaña muy notable. Es que aquí las reglas son diferentes. En muchos países una tasa de inflación levemente superior a la considerada aceptable hundiría a un aspirante presidencial oficialista, pero en la Argentina ocasiona más preocupación la posibilidad de que al jefe de un gobierno futuro se le ocurriera procurar frenar una que es la segunda o tercera más alta del planeta. Fue por tal razón que todos los candidatos en campaña intentaron obligar a sus rivales a informarnos lo que se proponían hacer para corregir las muchas distorsiones económicas que se han producido en el transcurso de la gestión de Cristina, pero ninguno cayó en la trampa. ¿Se animarán a ser más explícitos, es decir, más honestos, Scioli y Macri en las semanas que nos separan del balotaje? Sería de esperar que sí, pero en vista de la afición de ambos por las vaguedades alentadoras, sorprendería que uno se arriesgara aludiendo a la necesidad de tomar algunas medidas feas. A juzgar por su forma de afrontar las fases iniciales de la campaña electoral, cada uno se limitará a procurar brindar la impresión de ser una buena persona comprometida con la solidaridad y la justicia social, mientras mantiene cruzados los dedos y reza para que ningún colaborador cometa un error que pueda asegurarle un lugar entre los eventuales mariscales de la derrota. Aunque Macri sea más vulnerable que Scioli cuando de pagar por los errores ajenos se trata, ya que se supone que los partidarios de Cambiemos son menos proclives a mofarse de la ley de lo que son los militantes del Frente para la Victoria, el gobernador bonaerense no puede sino temer que Cristina se las arregle para hacerlo tropezar antes de que haya llegado a su fin la prolongada carrera electoral.


Como siempre ocurre cuando un partido que se ha acostumbrado a ganar sufre un revés, los despechados por lo que sucedió en las elecciones del domingo pasado ya quieren ver castigados a quienes llaman “los mariscales de la derrota”. En el caso de la provincia de Buenos Aires, les ha sido fácil identificar al presunto culpable: dicen que Aníbal Fernández es Herminio Iglesias redivivo. En el de la contienda presidencial, en cambio, las cosas no son tan claras, ya que si bien Daniel Scioli obtuvo muchos votos menos de los que habían previsto los estrategas del Frente para la Victoria, podría redimirse el 22 de noviembre, de suerte que sería prematuro ensañarse con quien, al fin y al cabo, sigue siendo el candidato oficial. Mientras tanto, los adversarios más decididos del kirchnerismo insisten en que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner debería encabezar la lista de responsables de lo que sucedió, puesto que, además de obligar a Scioli a dejarse acompañar por Carlos Zannini, un operador de imagen antipática que no le aportaría más que un puñado de votos, respaldó la candidatura de Aníbal Fernández a pesar de todas las denuncias en su contra. Dadas las circunstancias, sería razonable atribuir el revés que ha experimentado el oficialismo a la persistencia de una recesión económica exasperante, la alta inflación, el temor a que el país pronto se vea en graves dificultades al agotarse por completo las reservas, la corrupción endémica, el narcotráfico, la inseguridad ciudadana y el hecho de que millones de compatriotas vivan en la pobreza extrema, pero parecería que en la Argentina tales factores pesan menos que en otros países en los que uno solo sería más que suficiente para motivar un vuelco electoral. Aquí lo que más influye en las elecciones es la imagen personal de los protagonistas. Lo entiende muy bien la presidenta que, desde la muerte de su marido, privilegia “el relato” por encima de todo lo demás, una propensión que ha tenido consecuencias concretas sumamente negativas pero que, de tomarse en serio las encuestas de opinión difundidas por consultoras privadas que, sería de suponer, no se sienten tentadas a halagarla, apenas ha incidido en su propia popularidad. De todos modos, si estuvieran en lo cierto quienes repiten la notoria consigna acuñada por el jefe de campaña del entonces candidato presidencial norteamericano Bill Clinton según la cual “es la economía, estúpido”, Scioli tendría motivos de sobra para felicitarse por haber cosechado más votos que su contrincante principal, Mauricio Macri. Pensándolo bien, fue una hazaña muy notable. Es que aquí las reglas son diferentes. En muchos países una tasa de inflación levemente superior a la considerada aceptable hundiría a un aspirante presidencial oficialista, pero en la Argentina ocasiona más preocupación la posibilidad de que al jefe de un gobierno futuro se le ocurriera procurar frenar una que es la segunda o tercera más alta del planeta. Fue por tal razón que todos los candidatos en campaña intentaron obligar a sus rivales a informarnos lo que se proponían hacer para corregir las muchas distorsiones económicas que se han producido en el transcurso de la gestión de Cristina, pero ninguno cayó en la trampa. ¿Se animarán a ser más explícitos, es decir, más honestos, Scioli y Macri en las semanas que nos separan del balotaje? Sería de esperar que sí, pero en vista de la afición de ambos por las vaguedades alentadoras, sorprendería que uno se arriesgara aludiendo a la necesidad de tomar algunas medidas feas. A juzgar por su forma de afrontar las fases iniciales de la campaña electoral, cada uno se limitará a procurar brindar la impresión de ser una buena persona comprometida con la solidaridad y la justicia social, mientras mantiene cruzados los dedos y reza para que ningún colaborador cometa un error que pueda asegurarle un lugar entre los eventuales mariscales de la derrota. Aunque Macri sea más vulnerable que Scioli cuando de pagar por los errores ajenos se trata, ya que se supone que los partidarios de Cambiemos son menos proclives a mofarse de la ley de lo que son los militantes del Frente para la Victoria, el gobernador bonaerense no puede sino temer que Cristina se las arregle para hacerlo tropezar antes de que haya llegado a su fin la prolongada carrera electoral.

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