Martín



Quiero que conozcas a Martín.

A la menor oportunidad te lo presento. De todos modos, si lo ves por ahí, no podrás confundirte. Incluso, si lo prefieres, presentate a ti mismo y dile que vas de mi parte. Que te mando yo.

Martín Suertegaray es un tipo grande. Es decir, fornido. En lo que respecta a la edad, hace unos años que dejó de envejecer. Su desarrollo se detuvo en el mejor momento. Justo cuando su energía llegaba a su cenit. Y así se quedó Martín, atrapado en una llamarada de fuego.

Tenerlo cerca es una metáfora de lo que implica empinarse un tequila. No hay pasos introductorios. No hay falsas promesas. Su efecto se define rápido. Su destino se impone por derecho propio.

Cuando Martín llega y se instala a pocos centímetros de tu humanidad, su voz sale disparada, como si en medio de la garganta tuviera instalado un amplificador de 600 watts.

Al mismo tiempo, esa voz de trueno, posee un significativo balanceo. Una cadencia tropical. Sin guerrear, de puro sorprendido, te entregas a su infinito discurso dionisiaco. Deja que te ilustre con una muestra de su verbo.

Primer Acto. 3 AM. En un bar repleto de gente. Entra Martín. Llega solo. Perfumado. Camisa de jeans. Y dice:

“¡Cla-u-di-to que-ri-do!. Estaba en mi casa, me acosté temprano y ¡me desperté!, me despertéééé a las 2.30 de la mañana y aquííí estooooyyyyy, por qué así es la vida ¿sabés?, la vida pasa, esto es lo que me gusta de vivir acá, todo se puede hacer, si te sale para la mierda bueeenoooo, no importa, vos lo hacés igual, tirás para arriba y lo hacés igual, yo con Fernandito tengo una banda de rock punk, y sonamos geniiiaaalll, no tengo la menor idea de cómo tocar el bajo, pero no importaaaa, y me pinta irnos de viaje y nos vamos, a comer, y comemos ¿A correr en un rally?, lo corremos ¿Llegamos últimos? no impoooortaaaaa pero corremos, damos la pelea, damos la vueltita, llenos de polvo, masticando tierra, esta tarde estuve con unos amigos en un asado, nos comimos un corderito, nos tomamos 6 botellas de tinto, tres de champagne, y ahora me voy a tomar cortadito, es la viiidaaaaa, mirá, yo vivo hoy, para que mierdas vas a vivir mañana si no sabes, y con alegría, todavía me siento feliz, todavía me estoy divirtiendo”. Cierra la escena. Cae el telón.

Luego lo verás a Martín viajar de mesa en mesa con el cortadito en la mano. Pleno. Voluptuoso pero, a la vez, esquivo. Martín no deja de moverse jamás.

Me cuentan sus amigos que su casa ha sido un punto de encuentro obligado. Una esquina. Y que hubo épocas en que sirvió de auténtico centro cultural. Su hogar ha sido testigo de obras de teatro improvisadas en el líving, de recitales, de apasionadas y jugosas tertulias. También fue la patria de numerosos artistas. “Todavía lo es, por mi casa pasa gente todo el día”, me dice en una de sus noches tan típicas.

Martín no es un hombre mezquino. Su alegría te alegrará una noche triste, sus palabras te divertirán en una jornada aburrida. Su vitalidad te hará saltar de la butaca en la que estás sentado.

Resta decirte que detrás de su jovialidad sin límites, por debajo de su lozanía indiscutible, hay una disciplina de hierro. Especulo: Martín ha vivido despojado. El viento va donde quiere porque no lleva mochila. Porque aunque hace ruido anda en solitario. Podrías argumentarme que Martín está bien acompañado, si. No conozco quien lo ignore. Pero creo que en la intimidad juega al ajedrez con su sombra. De aquellos dolores nadie sabe.

Su viaje feliz conlleva la certeza de la extinción. Si Martín bebe la vida a sorbos y abraza sus formas femeninas, es porque sabe que ante lo indiscutible de nuestro destino la levedad es el último refugio.

Quiero que conozcas a Martín, no puedes darte el lujo de no quemarte en su fuego.

CLAUDIO ANDRADE


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