Martín Bresler, preso en San Martín de los Andes
Hijo del coronel Boer y colonizador junto al
Cuando se investiga el origen de la rebeldía que transforma a un trabajador rural o a un granjero en bandido, se detecta un primer episodio policial injusto y hasta brutal por un delito menor. Este rol de justicieros, vengadores y hasta bandidos a quienes los pobladores rurales no denuncian, a veces protegen y siempre admiran y hasta erigen en seres míticos, sustentó las teorías involucradas en los imperdibles ensayos de Eric J. Hobsbawm («Rebeldes Primitivos», 1958 y otros ensayos). Del Robin Hood de los bosques de Inglaterra al Salvatore Giulano de la Sicilia de la «omertá» protectora del campesinado peninsular.
Surgidos del aislamiento donde las ideas de solidaridad y justicia -tan vulnerada en las fronteras-, los protagonistas de una fechoría menor penalizada con abuso de «autoridad» gestó perfiles como el de Bairoletto y otros aludidos en «Los bandidos rurales» (fascículo del autor de esta nota, N° 2 de la serie «La vida de nuestro pueblo» del Centro Editor de América Latina, 1981).
En un primer análisis el caso del joven inmigrante boer Daniel M. Bresler, quien terminaría por liderar el 23 de mayo de 1916 la fuga masiva de reclusos de la cárcel de Neuquén, podría incluirse como ejemplo de las teorías del insoslayable historiador británico (Hobsbawm).
El acusado de incendiario era hijo del colonizador del Lácar en 1904 e introductor de la primera embarcación en ese lago, el coronel boer Daniel Martin Bresler, asistente del mítico general Dewett en la guerra anglo-boer sudafricana. Dewett fue el que puso en apuros al no menos célebre general inglés Roberts, aquél único vencedor de Kandahar.
La muy curiosa colonización boer en la Argentina a partir de la terminación de aquella guerra africana en 1903 y que en realidad encabezó otro militar boer (C. Ricchiardi), comenzó con adjudicaciones de tierras supuestamente de labranza y mayoritariamente ubicadas en Camarones, Chubut.
El futuro líder de la fuga del año 16 era apenas un muchacho de 14 años cuando llegó a Neuquén con sus padres, hermanos y otros colonos, pocas semanas después de la fundación de la nueva capital. Del pobre caserío se destacaban las dos plantas del suntuoso chalet de madera que habitaba el gobernador Carlos Bouquet Roldán y englobaba las oficinas del gobierno y del secretario Eduardo Talero.
El muchacho Bresler, no pudo seguramente imaginar que por esos arenales, tan sólo 12 años después, sería el principal protagonista del más dramático y sangriento suceso en la corta historia del lugar. Hasta el hijo de Talero fue alcanzado por los disparos (su padre, el Dr. Talero, Jefe de Policía, renunciará dos semanas después, embargado por la inconducta de las policías que «deben ser civilizadoras», como comentó el RIO NEGRO del 15 de junio de 1916)
Al muchachito Bresler lo habrá sobrecogido el paisaje casi desértico. Todo parecía un milagro a la vista de la tropa de carros para transportar a aquellas familias sudafricanas, sus equipajes, enseres y herramientas propias de los pioneros.
Parecía un milagro porque el propio Julio A. Roca había firmado el decreto (uno de los últimos como presidente) de adjudicación de las tierras para instalar a los colonos, exactamente el 1° de setiembre. La adjudicación incluía los gastos de traslado, todo a cargo del Ministerio de Agricultura. Por eso Pascual Claro, armador de la tropa de carros, confió en el futuro pago por parte del Estado. Pero no. Ni la tierra prometida sería una posesión automática, ni los funcionarios cumplirían con lo suyo, y hasta los propios colonos y compatriotas -en realidad de origen inicial holandés- litigarían con el emprendedor guerrero Bresler.
Tampoco Pascual Claro cobraría del Ministerio de Agricultura los pasajes en la tropa de carros de los pioneros boer. La cuenta incluía la conducción de sus bagajes y la manutención de todos desde Neuquén hasta San Martín de los Andes. Bresler, cabeza de colonos, fue quien pagó la cuenta a Pas
cual Claro. Este extendió el recibo de fecha del 23 de octubre de 1906 por «la suma de mil quinientos pesos».
El documento transcribe los apellidos de algunos colonos: Van Dorsen, Van Wistin, Klinfurt y Van Stremundillo.
El destino final de los Bresler fue el paradisíaco paraje lacustre donde el arroyo Quechuchina se echa al lago Lácar. Allí pronto se erigió el casco entre un muy tupido bosque de las 2500 hectáreas que abarcaban también los arroyos Quinalahue y Quinilhue. Habían llegado como agricultores y en cambio de praderas encontraron un bosque que debían abatir, aguardar un tiempo para que el suelo estuviera para las pasturas y el sembrado. Lo habitual eran los «roces» o incendios acotados que se practicaban para ganar tierras rurales.
Si se da un gran salto en la historia familiar de los Bresler y se llega a los albores de año 1913, hay que imaginar la mañana del 10 de marzo de ese año cuando Daniel Martín Bresler hijo, fue indagado por la policía en San Martín de los Andes acusad de incendiar bosques. La indagatoria se agregó a la causa penal N° 132 – Libro de Entradas, folio 701, legajo 292 N° 4, hoy en el archivo del Gehiso de la UNC. El muchacho había sido obligado a presentarse a declarar. Dijo llamarse Daniel Martín Bresler, ser boer, tener 25 años, estar casado, y ser ganadero y agricultor. Sabía que se lo acusaba de incendiar el bosque y tenía delante un informe de tres carillas que detallaba la devastación comprobada. Quizás lo más importante para enrolar a Bresler en la teoría de las causales generadoras de la rebeldía que torcerá su vida, es que este parece ser su primer apresamiento, antesala de penurias mayores ya que puede presumirse que seguramente fue maltratado.
La indagatoria hace constar que le preguntan si antes se le había entablado proceso, a lo que contestó que «nunca fue procesado anteriormente». Eso fue lo último que se le escuchó decir al quedar ese día encarcelado.
Lo curioso es que las tierras se adjudicaban para ponerlas bajo explotación agrícola ganadera, algo que merecería inspecciones y hasta el Estado anulaba la concesión en caso de incumplimiento. Es decir, se necesitaba un desmonte que en la época se hacía con incendios acotados y para los cuales se solicitaba un permiso de autoridad próxima.
La desgracia de Bresler empezó cuando decidió hacer un roce para cumplir con la labranza que imponía la adjudicación a su padre. Pero al parecer se fue de control. Según el vecino Cristino Silva -testimonio del 21 de febrero de 1913-, para el 10 de enero de ese año quiso contratar dos peones y se negaron por estar comprometidos a preparar un roce para Martin Bresler. Según Silva, 15 o 20 días después vio humo «detrás de la cordillera de Lluco y que se propagó hasta hoy (el 21) en Quinchahuala». Dos días después de la confesión de Silva llegó el italiano inspector de bosques Humberto Giovanelli, quien tenía sede en Bariloche. Sacó varias fotos y agregó una al informe.
El comisario inspector dijo que se había comprobado la denuncia por «quemazón de bosque de la costa Norte del Lácar» lugar próximo al paraje Cupido, «teniéndose entendido que el vecino Bresler de Lluco, punto cercano a Cupido, ha quemado una fracción de bosques con el propósito de preparar el terreno para siembra». El comisario se constituyó en casa de Bresler hijo «y como a 15 metros existe un roce después de haber volteado a hachazos una hectárea y media de bosque que ha sido punto inicial del incendio desde allí hasta Cupido» donde seguía el incendio.
El comisario inspector había telegrafiado a la Jefatura de la capital neuquina el día que dejó detenido al joven granjero y la jefatura lo comunicó al juez letrado de Neuquén Enrique N. Zinny
Bresler confesó que para hacer el roce había pedido permiso al Comisario Inspector Agustín Cejas Mariño por carta (fue comisario desde 1910 a 1914). Este no le contestó, pero «a los 20 días el comisario inspector pasó por la casa de mi padre y verbalmente me autorizó el roce». El joven preso era rubio, de «ojos azules», robusto y de baja estatura (1,69). Ignoraba que a partir de su desgraciado asunto con el comisario, todo sería peor y sin regreso.
Curiosidades
•Von Puttkamer preso. La Prensa del domingo 18 de diciembre de 1904 anunció: «Neuquén – Extraño proceder policial – Reclamación ante cónsul de Alemania». El día anterior desde Junín de los Andes se denunciaba «…un desorden promovido por José Solís en el campo del señor Andrés Puelkamer» (sic). Este hacendado establecido al sur del río Chimehuín cuyo apellido era Von Puttkamer, «intervino a fin de restablecer el orden y se produjo entonces otro incidente», del que resultó Solís con contusiones leves. «La policía en conocimiento de lo ocurrido por haberse presentado a ella el señor Puelkamer, ordenó la conducción de éste a la cárcel, no obstante haber sido agredido a cuchillo por José Solís. Lo ocurrido causó pésimo efecto y también una seria reclamación ante la legación alemana y el juzgado letrado contra la policía».
•Diez Máuser al Tello. El gobernador rionegrino Eugenio Tello se cansó de esperar la provisión de armas para custodiar la superpoblada cárcel de Viedma. Según el expediente 0004 del año 1905- M° del Interior del A.G.N., el informe del gobernador equivalía a confesar una incautación y a transgredir jurisdicciones: el 23 de diciembre de 1904 retiró del Tiro Federal de Patagones 10 fusiles Máuser y 1375 balas. Rogó que el «ministro de la Guerra» afecte el armamento «a la custodia de 147 presos…».
(Continuará)
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