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En un esfuerzo previsiblemente inútil por adecentar el INDEC, el martes el ministro de Economía, Amado Boudou, anunció que para “fortalecer el organismo” se crearía un “Consejo de Evaluación y Seguimiento” integrado por académicos, además de tomar otras medidas de escasa importancia que a su entender servirían para mejorar su imagen, pero puesto que el manejo de las estadísticas nacionales seguirá en manos de personas estrechamente vinculadas con el secretario de Comercio, Guillermo Moreno, los cambios no impresionaron a nadie. Que esto haya sucedido no debería de haber sorprendido demasiado a Boudou, ya que a buen seguro sabe que a esta altura la manera más eficaz, acaso la única, de solucionar el problema gravísimo que fue provocado por la decisión irresponsable del en aquel entonces presidente Néstor Kirchner de falsificar las estadísticas económicas consistiría en reemplazar el INDEC por una entidad totalmente nueva. Por motivos evidentes, el gobierno actual no podría ir tan lejos, ya que sería una forma de confesar que desde hace varios años está tratando de engañar a la ciudadanía y en especial a los tenedores de bonos, cuyo rendimiento depende de la tasa de inflación oficial, tanto de nuestro país como del exterior, pero a menos que reconozca que ha destruido una institución que antes de ser intervenida estaba entre las más prestigiosas de su tipo en América Latina sólo podrá continuar tratando de tapar la mentira original con otras.

Sería difícil exagerar las dimensiones del embrollo que ha ocasionado la destrucción del INDEC. Dijo hace poco un experto en estadísticas internacionalmente respetado, el canadiense Jacob Ryten: “La Argentina es el único país civilizado que conozco donde el gobierno ha hecho un intento deliberado, financiado con recursos públicos, para desinformar al público sobre una realidad importante”. Su desconcierto es compartido por las autoridades de todos los países avanzados y también, es innecesario decirlo, por los funcionarios del Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo. Un motivo por el que no podemos llegar a un acuerdo con el Club de París consiste precisamente en la negativa del gobierno a permitir que el FMI monitoree la economía; la alarma que le provoca tal eventualidad puede entenderse, ya que le sería imposible obligar a los técnicos del Fondo a limitarse a inspeccionar la versión ficticia inventada por la gente de Moreno.

En dictaduras totalitarias es común que el régimen crea una especie de realidad paralela decididamente superior a la que efectivamente existe, pero no lo es en absoluto que un gobierno de origen democrático se permita caer en la tentación de hacerlo. Si bien en todos los países es normal que los oficialistas de turno traten de dar una apariencia positiva a las estadísticas, en aquellos en que funcionan las instituciones se abstienen de reemplazarlas por otras porque comprenden que les sería contraproducente. Huelga decir que en nuestro país las pautas son distintas. Hace dos años y medio Kirchner ordenó a los técnicos del INDEC mejorar las estadísticas relacionadas con la inflación porque se creía impune, ya que además de un índice de popularidad elevado contaba con el apoyo incondicional de una mayoría legislativa obsecuente. Y, como sucede a muchos políticos de su tipo, confiaba en que las circunstancias no se modificarían por muchos años más.

Aunque Boudou habla como si a su juicio fueran menores las dificultades planteadas por la falta de credibilidad de las estadísticas oficiales, es probable que sea plenamente consciente de su gravedad, de ahí el intento poco serio de “reformar” el INDEC. Constreñido como estaba a elegir entre permanecer en su cargo, lo que supondría asumir como propios los errores garrafales perpetrados por los Kirchner, por un lado, y por el otro tomar la clase de medidas que serían necesarias para que el país contara nuevamente con estadísticas creíbles, de este modo acusando a sus antecesores de haber mentido sistemáticamente, Boudou optó por seguir siendo ministro de Economía. Fue quijotesca la manifestación de lealtad así supuesta, ya que si persiste en tal actitud su gestión como ministro sólo servirá para descalificarlo para desempeñar en el futuro funciones de importancia equiparable.


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