Massa contra los vagos
En la Argentina ya es habitual que, para desacreditar a sus adversarios, los políticos los corran por izquierda, criticándolos por asumir posturas presuntamente conservadoras o liberales, pero Sergio Massa, en un esfuerzo por alcanzar a Mauricio Macri en la carrera hacia la presidencia, ha elegido correrlo por derecha. Mientras que el candidato de Cambiemos está procurando hacer pensar que en verdad no es un “neoliberal” como tantos dicen sino un socialdemócrata con algunos genes peronistas, Massa se ha puesto a hablar como un derechista tradicional. Además de querer que los militares luchen contra los narcotraficantes en los barrios más pobres y que los corruptos vayan a la cárcel luego de perder el dinero mal habido que lograron acumular, dice que una horda de “vagos” y “chorros” viven de los planes sociales. Puede que el candidato por UNA esté en lo cierto cuando trata de “vagos”, a quienes ni trabajan ni estudian, pero tanto en nuestro país como en otros escasean los dispuestos a hablar de tal modo por miedo a verse descalificados como enemigos de los pobres que, desde luego, siempre son víctimas inocentes de la maldad ajena. Según Massa, lo que ha hecho el gobierno kirchnerista, en el que una vez figuró como jefe de Gabinete, es generar con los planes “una fábrica de pobreza”, una “industria” que usa para “extorsionar” a los beneficiarios para “mantenerse en el poder”. Aludía así al temor difundido entre los acostumbrados a recibir un subsidio magro a que un eventual gobierno no kirchnerista los privara de lo que, al fin y al cabo, es su único ingreso, y que por lo tanto votan automáticamente a favor del oficialismo. Sucede que, por razones comprensibles, los marginados o excluidos que dependen de subsidios, los que no saben encontrar un lugar digno en la economía formal, suelen ser conservadores por instinto que tienden a aferrarse al statu quo, fuera derechista o izquierdista, caudillista o pluralista, por entender que cualquier alternativa podría serles peor. En los noventa, el que mejor aprovechó el fenómeno fue el presidente Carlos Menem. Desde 2003, han sido los presidentes Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner. Sea como fuere, el problema señalado por Massa dista de ser un invento de derechistas despiadados. A esta altura, no cabe duda de que, a la larga, programas de bienestar destinados a proteger a los más vulnerables pueden tener consecuencias no deseadas. Es por tal motivo que la “guerra contra la pobreza” que fue declarada por el presidente norteamericano Lyndon Johnson en los sesenta del siglo pasado ha brindado resultados tan decepcionantes a pesar de los muchos miles de millones de dólares invertidos: si bien las medidas adoptadas ayudaron a que algunos lograran dejar atrás la miseria, muchos otros quedaron atrapados en una cultura de la pobreza hereditaria. Asimismo, en los países más avanzados de Europa occidental abundan las familias en que ningún miembro ha tenido un empleo formal. Para ellas vivir del equivalente local de nuestros planes es una opción viable. En el fondo, hay dos formas de enfrentar el desafío planteado por la pobreza extrema. Una, la favorecida por clérigos, progresistas y muchos conservadores caritativos, se basa en la solidaridad; en una emergencia, como la de 2002, programas de tal tipo pueden resultar imprescindibles, pero si se mantienen contribuirán a perpetuar lo que todos dicen querer eliminar. Asimismo, asegurar a los pobres de que son “víctimas” es de por sí estigmatizante, como diría el ministro de Economía, Axel Kicillof. Otra forma consistiría en concentrarse en sacar el máximo provecho del talento humano que con toda seguridad posee la tercera parte de la población del país que, conforme a las estadísticas más confiables, está hundida en la pobreza. Mientras que el hecho innegable de que los planes sociales se prestan a abusos motiva indignación entre los que, a través de los impuestos, tienen que financiarlos – de ahí la militancia de Massa en contra de los “vagos” y “chorros”–, un sistema distinto que perjudicara a los reacios a esforzarse pero privilegiara a los demás contaría con la aprobación de la mayoría tanto de los relativamente acomodados como de los pobres mismos que, lejos de querer depender de la caridad disfrazada de política social, aspiran a vivir de su trabajo.
En la Argentina ya es habitual que, para desacreditar a sus adversarios, los políticos los corran por izquierda, criticándolos por asumir posturas presuntamente conservadoras o liberales, pero Sergio Massa, en un esfuerzo por alcanzar a Mauricio Macri en la carrera hacia la presidencia, ha elegido correrlo por derecha. Mientras que el candidato de Cambiemos está procurando hacer pensar que en verdad no es un “neoliberal” como tantos dicen sino un socialdemócrata con algunos genes peronistas, Massa se ha puesto a hablar como un derechista tradicional. Además de querer que los militares luchen contra los narcotraficantes en los barrios más pobres y que los corruptos vayan a la cárcel luego de perder el dinero mal habido que lograron acumular, dice que una horda de “vagos” y “chorros” viven de los planes sociales. Puede que el candidato por UNA esté en lo cierto cuando trata de “vagos”, a quienes ni trabajan ni estudian, pero tanto en nuestro país como en otros escasean los dispuestos a hablar de tal modo por miedo a verse descalificados como enemigos de los pobres que, desde luego, siempre son víctimas inocentes de la maldad ajena. Según Massa, lo que ha hecho el gobierno kirchnerista, en el que una vez figuró como jefe de Gabinete, es generar con los planes “una fábrica de pobreza”, una “industria” que usa para “extorsionar” a los beneficiarios para “mantenerse en el poder”. Aludía así al temor difundido entre los acostumbrados a recibir un subsidio magro a que un eventual gobierno no kirchnerista los privara de lo que, al fin y al cabo, es su único ingreso, y que por lo tanto votan automáticamente a favor del oficialismo. Sucede que, por razones comprensibles, los marginados o excluidos que dependen de subsidios, los que no saben encontrar un lugar digno en la economía formal, suelen ser conservadores por instinto que tienden a aferrarse al statu quo, fuera derechista o izquierdista, caudillista o pluralista, por entender que cualquier alternativa podría serles peor. En los noventa, el que mejor aprovechó el fenómeno fue el presidente Carlos Menem. Desde 2003, han sido los presidentes Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner. Sea como fuere, el problema señalado por Massa dista de ser un invento de derechistas despiadados. A esta altura, no cabe duda de que, a la larga, programas de bienestar destinados a proteger a los más vulnerables pueden tener consecuencias no deseadas. Es por tal motivo que la “guerra contra la pobreza” que fue declarada por el presidente norteamericano Lyndon Johnson en los sesenta del siglo pasado ha brindado resultados tan decepcionantes a pesar de los muchos miles de millones de dólares invertidos: si bien las medidas adoptadas ayudaron a que algunos lograran dejar atrás la miseria, muchos otros quedaron atrapados en una cultura de la pobreza hereditaria. Asimismo, en los países más avanzados de Europa occidental abundan las familias en que ningún miembro ha tenido un empleo formal. Para ellas vivir del equivalente local de nuestros planes es una opción viable. En el fondo, hay dos formas de enfrentar el desafío planteado por la pobreza extrema. Una, la favorecida por clérigos, progresistas y muchos conservadores caritativos, se basa en la solidaridad; en una emergencia, como la de 2002, programas de tal tipo pueden resultar imprescindibles, pero si se mantienen contribuirán a perpetuar lo que todos dicen querer eliminar. Asimismo, asegurar a los pobres de que son “víctimas” es de por sí estigmatizante, como diría el ministro de Economía, Axel Kicillof. Otra forma consistiría en concentrarse en sacar el máximo provecho del talento humano que con toda seguridad posee la tercera parte de la población del país que, conforme a las estadísticas más confiables, está hundida en la pobreza. Mientras que el hecho innegable de que los planes sociales se prestan a abusos motiva indignación entre los que, a través de los impuestos, tienen que financiarlos – de ahí la militancia de Massa en contra de los “vagos” y “chorros”–, un sistema distinto que perjudicara a los reacios a esforzarse pero privilegiara a los demás contaría con la aprobación de la mayoría tanto de los relativamente acomodados como de los pobres mismos que, lejos de querer depender de la caridad disfrazada de política social, aspiran a vivir de su trabajo.
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