Mauricio Prelooker. ¿Hay vida sin el FMI?

Por Roberto Bobrow





Indudablemente, el 2001-2002 será recordado como el verano en el que la Argentina sorprendió al mundo. En sólo diez días, la movilización espontánea de ahorristas, desocupados, jóvenes y amas de casa forzó la renuncia de dos presidentes con sus cacerolas en ristre y sus niños al hombro.

Semejante demostración de energías, que parecían extinguidas tras años de ajustes, pudo ser provisoriamente contenida por Duhalde apelando a un viejo recurso: proclamar apasionadamente la injusticia del pasado, la fe en el futuro y la resignación en el presente. No tenemos dinero -nos dice- y sin la ayuda del Fondo no podremos salir adelante. Hay que agachar la cabeza y hacer buena letra; o sea: otro agujero en el cinturón. ¿Será indefectiblemente así?

Pero la puesta en marcha del pueblo argentino que empezó con los cacerolazos no se detuvo ahí. Su continuidad en las asambleas barriales está dando lugar a una ebullición de ideas donde cabe de todo: lo original y lo consignista, lo ingenuo y lo brillante.

Entre otras, una idea que ha empezado a ser recuperada es la de crear una segunda moneda inconvertible y transitoria que apareció brevemente durante los siete días de Rodríguez Saá -y fue barrida junto con la hojarasca de «prontuariados»- sin que el público haya tenido oportunidad de conocer y debatir los alcances de la propuesta.

No hablamos de una excentricidad nacida de un huevo, sino de un instrumento de política económica autónoma que ha sido probado exitosamente por varios países ante situaciones extremas como la nuestra; entre ellos Alemania (por dos veces) y Francia al término de la Segunda Guerra Mundial. Y no se trataba de gobiernos revolucionarios o «socializantes» sino, justamente, de conservadores, representantes de sus intereses nacionales. Con este instrumento, junto a una serie de medidas concomitantes de raigambre keynesiana, estos países pudieron rápidamente poner en marcha su aparato productivo y dar ocupación a los trabajadores que retornaban a sus hogares desde el frente, sin quedar sujetos eternamente al endeudamiento externo.

Quien mejor ha estudiado esta cuestión entre nosotros fue Mauricio Prelooker, un economista independiente del «establishment» de gurúes profesionales con ambición de «lobbistas» que dominan el espacio en los medios por haber hecho en Harvard o Chicago un cursillo para economistas del «patio trasero».

La vida de este estudioso bonachón y reservado que dominaba fluidamente cinco idiomas se extinguió a los 80 años, un par de meses antes de que la convertibilidad llegara al catastrófico final que él había anunciado en 1986 en su libro «La economía del desastre». Esta obra fundamental para imaginar un país diferente, productivo y solidario es hoy inhallable en su primera edición; pero una versión, resumida y adaptada a la difusión, posiblemente vuelva a circular ahora.

La obra de Prelooker no se limitaba a una serie de cuadros estadísticos y amaneramientos técnicos. Su concepción amplia de la economía política como ciencia social tenía alcances filosóficos y epistemológicos. Su visión abarcaba el conjunto de la historia del capitalismo y sus grandes ciclos sucesivos de ascenso y crisis. Estos ciclos largos llamados «de Kondriateff» (por el nombre del economista ruso que los teorizó antes de desaparecer en los campos siberianos de Stalin) fueron estudiados en detalle por el austríaco Josef Schumpeter en su monumental «Bussines Cycles». Valga como muestra del estado teórico de nuestros sabios que el ejemplar que Mauricio halló en la biblioteca del Banco Central no había sido solicitado por nadie más que él y otro lector en cuarenta años.

Era esta formación profunda e inhabitual lo que le permitió a Prelooker anticipar los terremotos financieros de Sudeste asiático, Rusia, Brasil y -claro- la Argentina. No se trataba simplemente de una apuesta pesimista «afortunada», sino de mucho más.

Es que desde mediados de los «70, en todo el mundo, la combinación de la bomba de succión financiera con la destrucción de puestos laborales que produjo la revolución informática, viene reduciendo la proporción de consumidores al tiempo que reduce la disponibilidad de dinero para inversión. La crisis que comenzó en las economías industriales periféricas y tiene al Japón paralizado desde hace años ha sido eludida -hasta ahora- por los Estados Unidos apelando al viejo truco de emprender, una tras otra, sucesivas guerras de alcance limitado. Estas mantienen reanimada por un tiempo su producción industrial con bajo costo político. Pero éste es un recurso limitado y -en la visión de Prelooker- una debacle semejante a la de 1929 está contenida en la naturaleza autodestructiva del capitalismo globalizado.

Por eso el futuro cercano es el de un «capitalismo desglobalizado» circunscripto a unos pocos bloques económicos defensivos. La Unión Europea y el Nafta están avanzados, pero al Mercosur le falta una clara definición argentina frente a la ofensiva del Norte. ¿Cómo podría nuestro país tener una política definida en el estado de extrema dependencia en el que se encuentra?

El programa de Prelooker postulaba evitar a toda costa una devaluación como la aplicada por Duhalde que, con el pretexto de mejorar nuestras exportaciones, beneficia a unos pocos y perjudica al conjunto. Pero para superar la asfixiante escasez de dinero a la que nos condujo la convertibilidad existía otra salida. Una que no necesitaría los gravosos préstamos del FMI y permitiría consolidar al Mercosur como una fuerza autónoma y pujante.

El primer paso en esta dirección era la creación de una moneda inconvertible (a la que provisionalmente llamó «bancor» o «gaúcho») con ciertas características:

a) Sería un billete de banco que, a diferencia de los «bonos» nacionales o provinciales, tendría curso legal de aceptación obligatoria tanto para el sector público como para el privado.

b) No se podría comprar con ellos pesos ni divisas u otros valores convertibles (joyas, oro, etc.) ni títulos, acciones, cheques o cualquier otro instrumento bancario sujeto a interés. Sólo se podría comprar y vender en el mercado interno y pagar los impuestos.

c) A medida que el Estado fuera recibiéndolos destruiría esos billetes, reemplazándolos por pesos y el remanente sería rescatado al cabo de cinco años.

d) El respaldo de esta moneda sería un aval inmobiliario constituido por el impuesto a la renta potencial de la tierra (ley nacional reglamentada pero nunca aplicada), a cobrar cuando la reactivación lo facilitase.

Los detalles del programa son muchos, entre ellos el control del comercio exterior, lo que requiere una fuerte decisión política. Pero baste decir que, con la inyección de liquidez no inflacionaria que implicaría este «autopréstamo», rápidamente podría ponerse en marcha el aparato productivo ahora inactivo y encarar obras públicas de proyección. Prelooker -que conocía bien el país por haber asesorado largamente a cooperativas de producción- tenía en mente el plan integral del Bermejo-Paraná que posibilitaría incorporar a la producción tantas hectáreas de regadío como las actualmente existentes (además de ahorrar los daños cíclicos de las inundaciones) creando inmensas fuentes de trabajo. Una vez iniciado el círculo virtuoso de trabajo y consumo sería innecesario mantener los planes «trabajar» y otros subsidios a los que se achaca el permanente déficit fiscal del Estado y el oprobioso «riesgo-país». Los únicos que no se verían beneficiados por medidas como éstas serían los bancos tenedores de la deuda y su cohorte de voceros profesionales que medran con las eternas refinanciaciones.

¿Será casual que, cuando un remedo parcial y confuso de las ideas de este sabio asomó con el anuncio de «el argentino», el primer grito en el cielo que se escuchó fue el de Eduardo Duhalde?


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