Memorias del amor y las letras



Mi recuerdo de Olga Orozco tiene que ver con lo personal, con lo familiar. Valerio, el marido de Olga, fue un hermano de mi padre muy querido. Era arquitecto, un tipo progre, de izquierda y un solterón irreductible, hasta que apareció Olga. También un lector lúcido y apasionado que siempre se aparecía por casa con un libro o un disco interesante.

A Olga la vi por primera vez a mediados de los 60, en la casa de mi abuela, en la esquina de Santa Fe y Montevideo, donde todavía vivía Valerio. Era una mujer muy atractiva, morocha, de ojos verdes y un aire a Sofía Loren. Al principio, tanto su porte como su voz, me intimidaron un poco. Sin embargo coincidía con la imagen que me había hecho de ella a través de sus poemas de versos envolventes, con ritmo de oleaje. Porque ella transmitía la imagen de una suerte de profetisa o hechicera. Su voz profunda y el hecho real de que tiraba las cartas del tarot, concordaba a la perfección con los poemas de su libro “Los Juegos Peligrosos”, como en “Para hacer un talismán”, en el que advierte:

Se necesita sólo tu corazón/ hecho a la viva imagen de tu demonio o de tu dios./ Un corazón apenas, como un crisol de brasas para la idolatría./ Nada más que un indefenso corazón enamorado?.

Pero detrás de esa imagen, de esa máscara, había un ser de enorme ternura en Olga, que se refleja sobre todo en algunos poemas escritos después de la muerte de Valerio:

…-¡Ya se fue! ¡Ya se fue! -se queja la torcaza./ Y el lamento se expande de hoja en hoja,/ de temblor en temblor, de transparencia en transparencia,/ hasta envolver en negra desolación el plumaje del mundo./ -¡Ya se fue! ¡Ya se fue! -como si yo no viera?

Ella recordaba que había conocido a mi tío en la embajada argentina en París, por intermedio de Miguel Ocampo (en esa época el agregado cultural) que cuando se enteró que se alojaban en el mismo hotel y no se conocían, los presentó. Creo que era el Hotel D´Harcourt, en el Boulevard Saint Michel. Pero después no se volvieron a ver en París aquella vez, y cada uno regresó a la Argentina por su lado.

Ya en Buenos Aires, se reencontraron en casa de otros amigos comunes, a quienes mi tío les pidió que lo invitaran con ella. En esa reunión Olga estaba tirando el tarot y él se manifestó interés en que le tirara las cartas. Lo gracioso de esto es que Valerio no era para nada esotérico y debe haber recurrido al tarot para acercarse a ella. También era bastante especial, yo recuerdo que por ahí caía de visita en casa, se instalaba en el living, armaba su pipa y si no tenía nada que decir no hablaba. Y no parecía incómodo en absoluto, pero a mí eso me ponía un poco nerviosa y me esforzaba en hablar para llenar el silencio. Hasta que me di cuenta que lo mejor era hacer como él.

Bueno, el asunto es que al tirarle las cartas, Olga le dijo que estaba a punto de atravesar el umbral de una etapa notable, muy intensa, sin duda la mejor y la más rica de su vida. También que esa etapa tenía que ver con una mujer, una mujer… “¿Cómo la voy a describir? Muy extraordinaria”, le siguió diciendo sin sospechar que se estaba describiendo a sí misma (o sí). “No puedo precisar si usted ya está relacionado con ella, el hecho es que esta persona revoluciona su vida. Ya nada va a ser igual. Van a vivir juntos algo realmente muy hermoso. En realidad, usted no tiene ni idea de lo que le va a tocar vivir. No se lo puede ni imaginar…”. Años después, él se divertía tomándole el pelo: “Mirá cómo te describiste”, le decía.

Con el recuerdo de ellos a mí me vuelven imágenes de los 60, una época de efervescencia cultural y muchos cambios sociales y políticos. Había toda una zona en Buenos Aires, liderada por el Instituto Di Tella, que se extendía desde la Plaza San Martín hasta la calle Viamonte, donde entonces todavía funcionaba la facultad de Filosofía y Letras, era una zona llena de librerías y galerías de arte, donde a veces se lo veía a Borges (que vivía en Maipú y Charcas) cruzando la calle del brazo de algún comedido, (ahora medio Buenos Aires asegura haberlo ayudado a cruzar).

En aquella época, Olga era redactora de la revista “Claudia”, de Editorial Abril. Yo había empezado a trabajar en el mismo edificio, en el semanario “Panorama” y al enterarse ella por Valerio que a mí se me daba por escribir poemas, me pidió que se los alcanzara a la redacción de “Claudia”. Con muchísima timidez se los llevé. Al poco tiempo me volvió a citar. Yo fui con una tremenda expectativa. No recuerdo sus palabras, pero sí que me alentó a seguir escribiendo y que me preguntó qué autores leía y me recomendó lecturas. También creo que en aquel momento no fui totalmente consciente del privilegio de que una poeta como ella, que en ese momento ya era muy importante, me leyera y me comentara esos primeros intentos.

También la recuerdo recitando maravillosamente, poemas propios y ajenos, o contando anécdotas de Oliverio Girondo, de Cortázar y de Octavio Paz. También de Alejandra Pizarnik, a quien conocí por ella y de quien tengo un recuerdo entrañable, que comenté en otra nota para este diario.

Olga, cuyo nombre real era Olga Noemí Gugliotta, sintió en algún momento que el nombre paterno no la representaba. Experta en seudónimos (como redactora en la revista “Claudia” llegó a tener ocho), adoptó como nombre literario el apellido de su madre, el resultado fue una combinación perfecta de sonora redondez, digna de la poeta que fue. También le debe haber gustado la asociación evocadora del gran muralista mexicano y, dados sus conocimientos astrológicos, el casi homónimo “horóscopo”.

En 1976, mi marido y yo decidimos radicarnos definitivamente en San Carlos de Bariloche, con nuestro hijo mayor que entonces tenía tres años. En diciembre de ese año, Olga y Valerio nos invitaron a cenar a su casa, en la calle Arenales, para despedirnos.

Olga se había puesto un kaftán africano muy lindo y había preparado un pastel de carne delicioso, que era su especialidad. Recuerdo que me sorprendió que no fumara.

“He sido una fumadora fervorosa desde los 16 años, pero me diagnosticaron una úlcera y tuve que dejar”, me dijo.

Habían llegado hacía poco de Europa, adónde habían viajado en un barco de carga, que llevaba un grupo reducido de pasajeros. “Había que curar esa úlcera y lo mejor era hacer un viaje en barco”, comentó Valerio.

Recuerdo también los comentarios de los presentes sobre nuestro éxodo al sur, en plena dictadura.

Estaban las poetas Amelia Biagonne y María Julia de Ruschi y un islandés que investigaba la obra de Borges. Nos deseaban suerte en la nueva vida que emprenderíamos en una rústica cabaña en medio del bosque, sobre el lago Gutiérrez, y daban sus razones para no hacer lo mismo. Olga no decía nada, pero en un momento dado se le escapó:

“Hay que ver si se adaptan a vivir tan lejos de todo estímulo cultural…”.

A mí se me quedó grabado el tono dubitativo y caí en la cuenta de que ella había hecho una opción inversa a la nuestra: del sur a Buenos Aires…

A partir de nuestra radicación en Bariloche, nos vimos más al azar de mis venidas a Buenos Aires. En 1989, cuando publiqué mi primera novela, que tuvo el Premio Emecé, ellos no pudieron venir a la presentación y yo fui a su casa a llevarles el libro. Valerio ya estaba muy enfermo, de hecho, al año siguiente murió.

“Tu libro fue el último que leyó”, me dijo Olga. “Lo tenía en su mesa de luz y lo leía y releía”.

También me contó, que después de que Valerio murió, durante mucho tiempo (y aunque no era la época de floración) la despertaba por las mañanas el intenso perfume del jazmín del cabo plantado por él en la terraza.

La desolación por su muerte le dictó “En la brisa, un momento” uno de sus más conmovedores poemas, dedicados a su marido:

?¿Cómo acertar contigo, si aún en medio del día instalabas a veces tu silencio nocturno, inabordable como un dios, ensimismado como un árbol, y tu delgado cuerpo ya te sustraía?… escribe, como único medio de paliar su desconsuelo.

También revela la señal que Valerio le dio: ?he aspirado también, señor de las plantaciones y las flores, / el aroma narcótico con que me abrazas desde un rincón vacío de la casa ?

Finalmente le pide: ?yo te reclamo ahora en nombre de tu sol y de tu muerte una sola señal, precisa, inconfundible, fulminante, como el golpe de gracia que parte en dos el muro y descubre un jardín donde somos posibles todavía?

Guardo de Olga algo muy querido, las generosas líneas que me escribió el año antes de su fallecimiento, al regalarme su última antología. Comienzan diciendo: “Para Luisa, con inmenso cariño y cercanía luminosa?”.


Comentarios


Memorias del amor y las letras