Miedo

Por Tomás Buch

Redacción

Por Redacción





Una de las características de nuestra época, en la Argentina, es la presencia omnímoda del miedo. Pero no se trata de un solo miedo. Hay varios miedos, que en su conjunto nos paralizan y contribuyen a esa sensación aplastante de final de juego que embarga a la Argentina de hoy, mientras emblemas de un pasado mejor si no glorioso se van hundiendo alrededor nuestro. La crisis terminal de Aerolíneas Argentinas no es la menos significativa de estos símbolos. Como lo fue, en el año pasado, el cierre anticipado (que por suerte resultó transitorio) de la temporada del Teatro Colón, otro de los símbolos de un pasado de tal vez demasiado esplendor.

Al parecer, lo único que nos faltaría para que todo se resolviera es dinero. La deuda externa, aplastante cual una losa funeraria, nos chupa el hálito vital. Vivimos, cual un enfermo terminal, en función de los que, desde afuera, miden nuestros signos vitales, como esa temperatura recientemente descubierta, el «riesgo país». He aquí uno de nuestros miedos más nuevos: ese «riesgo país» que sube y baja, dando alguna indicación que nadie entiende bien sobre el estado de la enfermedad de nuestra economía.

Hablar de nación, de independencia o de soberanía, como se solía hacer unas décadas atrás, ya carece de sentido y suena como un discurso anticuado.

Nuestro presente se decide en sitios difusos cuya situación en el mapa ni siquiera conocemos, ni nos importa. Wall Street mismo ya es sólo un símbolo, y ¿quién sabe dónde quedan las islas Cayman?

Los gobernantes son los primeros que tienen miedo. Miedo a no encontrar las soluciones necesarias, miedo a los estallidos sociales, miedo a las próximas elecciones, miedo a poner una firma en una resolución por la que alguna vez alguien les podría pedir cuentas.

Para los más, el miedo más cercano es el de perder el empleo. Sabe que la empresa en la que trabaja está en riesgo, porque todas lo están. Y sabe que si pierde éste, será casi imposible encontrar otro, y por eso está dispuesto a casi todo por conservar su puesto. Trabaja en negro, se humilla, acepta el sueldo que quieran pagarle, cumple horarios excesivos, trabaja en condiciones inaceptables de riesgo, pero no protesta y ni se acerca al sindicato. También tiene miedo a enfermarse, ya que eso aumenta el peligro de que sea despedido y, además, es probable que su obra social esté fundida y el hospital público no tenga algodón y esté invadido por las ratas.

El desempleado es aquel a quien ya le pasó lo peor que podía pasarle, tal vez con excepción de la pérdida de un hijo. Ya no solamente no tiene ingresos para cubrir sus necesidades vitales. No tiene nada qué hacer, se arrastra por las calles procurando que pasen las horas que solía pasar en su trabajo. Su vida se desestructura, si tiene unas monedas para una copa tal vez las gaste para hacer de cuenta que está de juerga. Pero también él tiene todavía miedo. El banco rematará su casa. Sus hijos le perderán el respeto. Caerá sin remedio por la escalera de la ignominia, llegará el momento en que deberá robar o suicidarse porque ya no tendrá otra forma de manifestar que aún existe.

Otros son los miedos del ciudadano de posición un poco mejor. El aún tiene algo que perder. Pueden asaltarlo por la calle o robar en su casa. Se llena de rejas y de alarmas, de seguros de vida y contra robo, y a pesar de eso tiene miedo. Miedo físico a la agresión callejera, miedo a que quiebre el banco donde tiene sus ahorros, miedo a que el gobierno o la AFJP le desfalque sus aportes jubilatorios, miedo a que su hijo adolescente caiga en la droga, miedo a que su hijo universitario no encuentre trabajo, miedo de no volver a verlo si se va del país, mientras él mismo lo impulsa a que se vaya.

El empresario pyme, que algunos pocos quedan, tiene miedo a perder sus clientes o los mercados en los que coloca su producción; a que quiebre su empresa, a que no pueda pagar los sueldos a fin de mes, a que deba despedir a sus empleados, a que no pueda pagar la deuda al banco y que sea culpable de la destrucción de lo que construyó su abuelo y conservó su padre.

El empleado público, que en otros tiempos construía su mediocre futuro sobre la estabilidad laboral, ahora también tiene miedo a ser «tercerizado», o a que su repartición se privatice y que, aunque no pierda su puesto, cambien todas sus condiciones de trabajo, por supuesto para peor, mucho peor. La docente tiene miedo de que un alumno la abofetee o la acuchille; el agente de policía se juega el pellejo por un sueldo miserable y prefiere matar con miedo a morir bajo las balas; el médico de hospital es obligado a operar a un patotero herido con la punta de la sevillana de su compañero en sus costillas; el adolescente villero sabe que no tiene futuro y participa de las fechorías de sus compañeros por miedo a perder ese último grupo de pertenencia social que aún le queda. O se «da» con pegamento y pierde la conciencia de sus actos, en un bienvenido momento de olvido de las circunstancias de su vida sin futuro ni esperanza.

Y al margen de todos esos miedos está el miedo histórico, el del testigo consciente de que estamos viviendo el final de una época, después de la cual está lo desconocido. Miedo ante una estructura productiva en la que parece que la mitad de la población no tiene cabida. Miedo a que no encontremos pronto una nueva fuente de riqueza más accesible para los más, en lugar de la actual explotación de recursos primarios sin valor agregado. Miedo ante la disgregación de la sociedad en una medida que algunos viejos comparan con la crisis del treinta, donde también había muchedumbres grises y silenciosas que escarbaban en los tachos de basura.

En aquellos días también habíamos llegado a un final de una época, la de la Argentina agroexportadora, la de la oligarquía vacuna. Era un final, pero fue a la vez un principio, a través de los tremendos sufrimientos populares de la «Década infame». Había una puerta que se abría, la de aquella industrialización deforme que nos impulsó durante otros cincuenta años e incorporó a millones al mercado de consumo interno. Hasta que esa industria de mala calidad y altos costos se derrumbó y fue enterrada por la dictadura militar justo en el momento en que comenzaba a enfocarse hacia el mundo.

Todo esto ¿para qué?, ¿a quién le aprovecha? ¿Un sistema perverso que se ha confabulado contra la Argentina? ¿Las consecuencias del saqueo desenfrenado de la década menemista, que ha completado la destrucción de todas las fuentes de producción de este país iniciada por la dictadura militar, en un país que vivió toda su historia en las nubes del mito de su inagotable riqueza? ¿Las consecuencias de nuestra propia incapacidad de hacer tareas constructivas? ¿La incapacidad de ir más allá de la lucha de facciones para crear un proyecto común?

Esta vez también el país encontrará una salida a la crisis, porque los países no mueren, a diferencia de los individuos y las empresas. Pero para ello hace falta coraje y liderazgo, dos cualidades que por desgracia no se vislumbran aún en el horizonte político argentino. La decadencia puede así continuar casi indefinidamente, aunque con cada vez más dolor y más turbulencias. Bolivia, Haití, Uganda están aún lejos. Son los optimistas los que opinan que el país «ha tocado fondo». Tal vez no haya fondo en que apoyarse para resurgir. El «destino de grandeza» no existe.

Lo que por ahora todavía hay son materia gris, energías y voluntades, aunque carecen de poder y se los escucha poco en el ruido de los espectáculos mediáticos reales y virtuales. Los políticos todavía están más preocupados por sus propias carreras, reelecciones y bolsillos que por lo que pasa en el país. Ojalá podamos echar a casi todos ellos por la borda y encontrar en nosotros mismos los recursos intelectuales o sobre todo morales para recuperar la creatividad de otros tiempos. Tal vez la imagen de indefensión que nos damos ante nuestros propios ojos nos sirva de revulsivo para reconocer hasta qué límites nos han despojado. Tal vez entonces hagamos un verdadero examen de conciencia, nos dejemos de llorar de miedo en la oscuridad y de esperar regalos que nadie nos hará.


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