Ministro masón en tren de bautismo

Joaquín V. González, eminente de las logias nativas, intelectual brillante, partió el sábado 10 de setiembre de 1904 a inaugurar la nueva capital.



El programa de festejos para el 12 de setiembre de 1904 no sólo lo publicó el diario de Bahía Blanca (LNP). El porteño La Prensa lo hizo el mismo día que a 1240 km arrancaban los festejos. El telegrama de su corresponsal en Neuquén del domingo 11 decía: “La población está de gala y a la espera de la llegada del tren ministerial. Mañana se visitarán los hornos de ladrillos y algunas construcciones, pasándose a la costa del río Neuquén debajo del gran puente del ferrocarril, donde se efectuará un pic-nic y un simulacro de combate con bombas y morteros entre una batería en la costa y otra en el medio del río. De allí se volverá -continuaba- para celebrar el acto de inauguración frente al chalet de la gobernación donde se distribuirán con este motivo medallas conmemorativas. Después habrá carreras, juegos populares y despedida de la comitiva que debe regresar mañana a la tarde. Por la noche se quemarán fuegos artificiales”.

 

Programa, horno y fuegos

 

Dos días antes -sábado 10- el vespertino El Tiempo informó que para inaugurar la nueva capital del Neuquén partía esa noche “con destino a aquella localidad el ministro del Interior Dr. González acompañado de algunos altos empleados de su ministerio”. Describía el entusiasmo lugareño y el de los vecinos que llegaban de las costas del Neuquén y el Limay. Aseguraba que se hacían gestiones por conseguir “la banda de música del batallón 2 de infantería”. El Tiempo calculaba un desborde de gente distinguida y apuntaba el programa con detalle: “1°) A la llegada del tren ministerial, disparo de 21 bombas de gran estruendo, arrojada por un cañón cuya boca es de 6 pulgadas. Salutación a la comitiva y ofrecimiento de la fiesta a nombre del pueblo. 2°) A las 10:30 a.m. gran pic-nic en la costa del Neuquén, paraje inmediato al gran puente del ferrocarril Sud. Carne con cuero, empanadas y otras gollerías (sic) tradicionales…” (y describía el juego de baterías, regatas y otras diversiones). Continuaba con el punto 3° que anunciaba: “A las 2 p.m. visita a los hornos de ladrillos instalados por el señor Pascual Claro. 4°) A las 3 p.m. grandes carreras a caballo, corrida de sortija, etc., con valiosos premios”. Aclaraba que la gobernación preparaba demostraciones de cortesía y agasajo a los visitantes y prometía “grandes fuegos artificiales de sorprendente efecto colocados personalmente por el pirotécnico don Angel Ladotanda, llegado ayer de Buenos Aires con ese motivo”.

La visita a los hornos de ladrillo era clave para que, partir de ver el trazado de la nueva ciudad sin edificios, salvo el chalet gris y los preexistentes junto a la estación del ferrocarril, se pudiera imaginar una ciudad portentosa. Era cierto que en el oeste precordillerano anidaba la mayoría de las poblaciones neuquinas, pero en ellas abundaban las casas de adobe (también de piedra).

Los hornos estaban ubicados a dos kilómetros de la estación y la razón social era Domingo Mazoni y Cía (LNP del 17/09/1904) aunque el socio era Pascual Claro, el aragonés juez de paz del lugar desde 1900 (Mazzoni moriría poco tiempo después). La primera noticia sobre ese emprendimiento industrial pionero de la nueva capital la publicó el mismo diario ya el 8 de julio, aunque invertía la razón social como “Pascual Claro y Cía. para la fabricación de unos tres millones de ladrillos…”, labor que “comenzará muy en breve porque el nuevo pueblo se viene encima y no quieren estar desprevenidos de materiales”.

Pisadero del millón

La Nación se ocupó de la fábrica de ladrillos recién en su edición del sábado 20 de agosto pero aportó el dato de que “la sociedad ha firmado un contrato con dos cuadrillas de cortadores por el que se obligan a cortar 1.000.000 de ladrillos. Ya se ha dado principio a los trabajos y sólo se espera que el tiempo se despeje para elaborar el primer pisadero. Los hornos funcionarán continuamente”.

Según las indagaciones de Germán Vega enviado de La Nueva Provincia, la fábrica de ladrillos al tiempo en que la visitó Joaquín V. González había elaborado 220.000 ladrillos, o sea el producto de 11 jornadas de elaboración a pleno (sus horneadas. 20.000 unidades diarias).

Con aquellos lingotes de tierra cocida, la nueva ciudad estaba destinada a surgir como por encanto ya que el establecimiento de Mazzoni y Claro tenía compromiso de elaboración hasta abril de 1905 por cuatro millones de ladrillos. La lista de pedidos la encabezaba el gobernador con un volumen suficiente como para una escuela. Figuraba en espera la firma Varela y Linares, el juez letrado Patricio J. Pardo, Rodolfo Giaccone y Cía y el secretario de la gobernación Eduardo Talero, quien precedía a algunos estancieros de la región.

Pascual Claro le confesó a Vega que “se ha comprometido, tan pronto como los empleados de la gobernación adquieran terrenos, a levantarles la casa pagando el importe por cuotas”. El socio Mazzoni optó por arriesgar vaticinios: “de aquí a un año estarán levantados los principales edificios y habrá un crecido número de vecinos”.

Pero las formas que tomaría ese crecimiento urbano resultaba -en tiempos de la inauguración- una incógnita. Las conclusiones del enviado Vega se incluyeron en LNP del 17 de setiembre. Allí bullían las “encontradas opiniones acerca de la fundación del pueblo. El gobernador opina que debe ser por la parte norte, es decir por donde se encuentra el agua a quince metros…” lugar de la sede de la gobernación; en tanto “el resto del vecindario da su parecer de que debe levantarse por la parte sur, donde el agua se halla a tres metros”. El propio indagador entendía que “se edificará por las dos partes”. Refiriéndose al área sur “se dice…que hay frecuentes inundaciones, pero son, según los partidarios de edificar el pueblo aquí, inundaciones tranquilas que pueden atajarse levantando terraplenes”.

Trazado y contradicciones

Pero ¿cómo era el trazado de la nueva ciudad que tras la enfermedad del ingeniero Pigretti terminó por diseñar el agrimensor Carlos Sourigues? La Prensa del mismo día de la inauguración, pero basado en un telegrama del domingo 11, señaló que el “nuevo pueblo está delineado con una planta basada en el trazado de La Plata en su relación con la superficie general que ocupa. Tiene 12 manzanas de una hectárea que dan frente a la estación, con fondo de otras tantas y más quintas, dejando las suertes de chacras que se proyecta regar con las agua que, de tres leguas arriba, se traerán del Limay, y que cubrirán todo el valle en aquella extensión”. Detallaba que las “calles tienen un ancho de veinte metros ocupando cincuenta el boulevard central. Distante cuatro cuadras de la estación se levanta el chalet de la gobernación de dos pisos, edificio de madera…”

Cuando la fiesta de la inauguración inició la cuenta regresiva, la comitiva oficial que presidiría el homenaje llenó de enchalecadas elegancias un andén de Constitución. Encabezaba el grupo el ministro del interior rodeado de un puñado de diputados y funcionarios que más tarde treparon al tren especial. Desde ese momento las crónicas periodísticas difieren.

Concluía la segunda presidencia Roca y sus ministros viajaban sin respiro. En la partida Joaquín V. González se encontró con el ministro de Guerra coronel Richeri, también de viaje. Al día siguiente -domingo 11- La Nación publicó la “Ausencia de tres ministros”. En tono editorial aludía la marcha al sur del ministro del Interior y el de Guerra. Richeri se apeó en Azul para presenciar allí un concurso de tiro -como había prometido- y llevaba premios para los ganadores con fusil y Máuser. El ministro González prometió hacer escala a la vuelta en Azul (y también cumplió), porque necesitaba vencer la renuencia del militar a prestar ayuda al traslado de presos de Chos Malal a Neuquén.

Cronistas de apuro

La nota de LN sobre la simultánea ausencia de ministros en la sede del gobierno central aludía irónicamente al viaje del día siguiente del ministro de Marina hacia el apostadero de Santiago para revistar la flamante 2da. división de maniobras. Pero respecto a la excursión sureña de Joaquín V. González, señalaba que el “viaje se hará cómodamente en ferrocarril, costeando además el Estado, banquetes, fiestas y medallas conmemorativas”.

El matutino El País del domingo 11 de setiembre dijo que fue a las 8:30 de la noche anterior que había partido la comitiva oficial. Pero esa crónica incurrió en graves errores de información. Sostuvo que “el ministro del interior Dr. González en compañía de una reducida comitiva” estaba acompañado por los diputados Guillermo Correa, Julio Astrada, el gobernador del Neuquén doctor Tello (que lo era de Río Negro), los vecinos donantes de terrenos para la capital, señor Casimiro Gómez, Román (por Ramón) López Lecube (estos dos últimos arribaron a la inauguración un día antes: La Nueva Provincia registró la partida desde Bahía Blanca y el corresponsal de La Prensa los vio llegar el domingo 11 a la estación Neuquén), el secretario del ministro…doctor Novillo Linares, los doctores Benito E. Pérez, Manuel Zorrilla, Ezequiel Castillo, Gregorio Uriarte y capitán de fragata Massot”. Agregaba que “el ministro de la Guerra ha cedido una banda militar que partió anoche con la comitiva” (otras crónicas aseguran que la banda salió de Bahía Blanca).

El ministro González era entonces un encumbrado masón, Maestre y Gran Secretario de la Logia Libertad N° 48 y entre quienes lo acompañaban estaban algunos cofrades. ¿Había otros masones entre los lugareños que los recibirían? ¿Quedaron registros de pioneros cordilleranos iniciados? ¿Hubo alguna logia local en los primeros tiempos de la nueva capital?

(Continuará)

 

fnjuarez@sion.com


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