Monumentos históricos



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Qué pasaría si un día los habitantes de la ciudad de Neuquén despertaran y el monumento al General José
de San Martín hubiese desaparecido? ¿Seguiría la ciudad con su ritmo cotidiano? ¿Sería la misma sin él? Si Argentina consiguiera la anhelada copa mundial de fútbol, ¿dónde exhibirían los capitalinos su euforia? ¿Y sus disidencias?

El 12 y 13 de mayo se celebra en el país el Día Nacional de los Monumentos, ocasión para reflexionar sobre el significado que los bienes culturales tienen hoy para los ciudadanos. Organizado en Neuquén por la Dirección Provincial de Patrimonio Cultural, dependiente de la Subsecretaría de Cultura, algunos edificios históricos, del rico acervo patrimonial neuquino, abrirán sus puertas ofreciendo diversas actividades culturales.

Con la idea de que “no se cuida lo que no se quiere y no se quiere lo que no se conoce” se promueve la toma de conciencia acerca de la diversidad del patrimonio cultural, su vulnerabilidad y los esfuerzos que se requieren para su protección y conservación.

En Argentina, desde fines del siglo XIX los monumentos históricos estuvieron asociados al bronce de la historia oficial, destinados a cimentar los pilares de una nacionalidad en construcción. En las últimas décadas del siglo XX se produjo la paulatina ampliación de la noción de monumento, incluyendo un espectro sumamente diverso de los componentes materiales e inmateriales del patrimonio cultural. Independientemente de su interés utilitario, mientras adopte un carácter socialmente representativo para una comunidad, siguiendo al urbanista catalán Oriol Bohigas, “cualquier otro espacio puede asumir la función de monumento”.

El listado del patrimonio histórico provincial es vasto y diverso: desde la convocante escultura dedicada al Padre de la Patria, la Torre Talero, la actual Casa de Gobierno y el complejo ferroviario –puente, estación cabecera, tanque Monier, galpón de máquinas-, en la ciudad de Neuquén, pasando por la arquitectura pintoresquista de Bustillo en Villa La Angostura, hasta el Pozo de Petróleo N° 1 en Plaza Huincul, el monumental Regimiento de Infantería de Montaña N° 10 de Covunco y el Bar Minero en Andacollo.

Una rápida mirada a la situación del patrimonio histórico nos alerta, salvo contadas excepciones, sobre su deficiente estado de conservación y la necesidad de fortalecer los esfuerzos de preservación. Se ha avanzado en los procesos de registro y en diversas declaratorias (municipales, provinciales y nacionales) que crean un marco normativo de protección necesario, aunque son insuficientes. Grosso modo, algunas de las causas invocadas para explicar la desatención al patrimonio, repetidas como letanía, son el avance de la piqueta inmobiliaria, la debilidad y/o insuficiencia en las medidas de protección, reflejadas en los estragos del vandalismo (grafitis, destrucciones y robos), la apatía gubernamental y ciudadana y el mito de Neuquén como provincia demasiado joven para poseer un patrimonio digno de interés.

Pero ello es sólo el anverso de la moneda… existen interesantes experiencias ciudadanas de preservación que permiten matizar estas afirmaciones. Si trazáramos una genealogía sobre la construcción de una conciencia colectiva patrimonial en Neuquén, probablemente la más importante, y también la más olvidada, sea el proceso de recuperación del patrimonio ferroviario iniciado a mediados de la década de 1980, que desembocaría en el Parque Central. Otro hito clave lo constituyó el “doble desentierro” del anfiteatro del parque, bautizado Gato Negro en honor al tristemente célebre felino sepultado por las topadoras capitalinas. Por último, las disputas en curso en torno al destino de la prisión regional del sur, U9, donde dos proyectos antitéticos se tensan: como espacio para obtener suculentas plusvalías urbanas versus la creación de un gran espacio de uso público.

En las sociedades contemporáneas, donde se pretende imponer la homogeneización cultural, quizás sea oportuno resaltar el significado etimológico del vocablo monumento: recordar. Como sugiere la especialista en patrimonio Laurajane Smith, recuperar “no sólo lo que ha sido recordado, sino también lo que ha sido olvidado, y por qué ha sido olvidado”.

Si volviéramos a las preguntas del párrafo inicial, las consecuencias de la desaparición del patrimonio no serían anodinas. Efectivamente las sociedades que no cuidan su pasado pierden historia y puntos de referencia donde anclar la memoria y su identidad. Los monumentos históricos son espejos de una sociedad, de sus virtudes y defectos, nos interpelan.

*Director general de Patrimonio Cultural Inmaterial, Subsecretaría de Cultura de Neuquén


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