Mundos
MARÍA EMILIA SALTO bebasalto@hotmail.com
“El escenario de ‘Blade Runner’ es de decadencia urbana, edificios abandonados que fueron majestuosos en el pasado, calles abarrotadas y cosmopolitas, interminables mercados callejeros, basura sin recoger y una llovizna gris constante… Sin dudas, el progreso está en ruinas”. (David Lyon, sociólogo, a propósito del escenario urbano de la película “Blade Runner”) ¿Y por qué de pronto el estresante telón de fondo de esta magnífica película me invade? ¿Será por el vendaval que todas las primaveras matiza los festejos de la juventud? No, no es el viento. Me gusta el viento, me gusta mucho. Remite a un escenario de álamos cimbreantes, de olores de árboles frutales… mi infancia. Este viento, el de ahora, aúlla portando, arrastrando, depositando y volviendo a portar, bolsas de plástico, pañales, cartones. Se embolsa en esquinas donde transeúntes y automovilistas pugnan por ganar la calle, con la obvia ventaja de los últimos –que siempre son primeros–, y cataratas de agua sucia lapidan gentes y cosas. Se enreda en edificios cada vez más altos, y juega con trabajadores precariamente sustentados en el vacío. Mantas y manteros y manteras protegen, como pueden, sus productos apenas mirados por quienes sólo quieren llegar a donde vayan. El aire está helado y enrarecido, y el cielo ha tomado un tono amarronado, ceniciento. Todo esto me trajo a “Blade Runner”. Quizás usted no ha visto esta maravilla de la ciencia ficción, y es ficción porque falta, de nuestro diario escenario, la cacería de los androides por entrenados mercenarios. Todo llegará, como ha demostrado la profética visión de escritores de la talla de Philip Dick, en cuyo libro “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?” se inspiró el director británico Ridley Scott. Dick lo escribió en 1968, Scott lo llevó al cine en 1982, y el escenario que describe es un ahora no tan lejano 2019. Seguramente ya vivían, las superpobladas urbes que vio Dick, esa casi nauseabunda realidad que aún ahora, mucha gente llama “progreso”. Y que en esta antes desolada Patagonia, el mentado progreso recicla en sus versiones más extremas. Quizás estoy exagerando. Quizás no. Barrios enteros, de casas con jardines y enormes árboles, sucumben a la tentación de vivir cada vez más alto, cada vez más lejos. Lejos de esas calles abarrotadas, de ese aire contaminado, de esa barahúnda de ruidos chirriantes, de agudos bocinazos, y hoy, con este viento desaforado, de alarmas estallando solas, cientos de alarmas de cientos de automóviles uno detrás de otro, pegados, encimados. Bienvenida, posmodernidad. Entonces me arropo bien, y me voy caminando en búsqueda de los pequeños barrios de dimensiones humanas que aún quedan. Me solazo en sus árboles inclinados al viento, en sus flores primaverales resistiendo, insistiendo, porque es primavera. Me quedo mirando los pibes aprovechando cualquier baldío para jugar al fútbol, me siento en un banco de plaza a verlos tocar el cielo con las hamacas. Alguna vez, no hace tanto, toda mi ciudad era así. Y prefiero creer, ¡también hoy!, que tardará mucho –y a lo mejor, nunca llegue– la hora en que las torres que amenazan estas islas de fresca humanidad, tomen lo que ya tomaron.
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MARÍA EMILIA SALTO bebasalto@hotmail.com
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