Murió Bresson, genio del fotoperiodismo

El francés, padre del reportaje gráfico y la teoría del instante decisivo, tenía 95 años





Maestro de la fotografía y padre del reportaje gráfico, Henri Cartier-Bresson falleció el lunes a los 95 años en su casa de Vaucluse (Francia).

La información fue difundida ayer por sus familiares, siguiendo los deseos del artista de no dar a conocer la noticia de su muerte hasta que sus restos estuvieran sepultados.

Con su vieja Leica, Cartier Bresson recorrió los países del mundo tanto en la paz como en la guerra y en 1947 fue uno de los fundadores -con Robert Capa- de la más innovadora agencia fotográfica del mundo, la Magnum, escuela y modelo, para todos los foto-reporteros de la segunda mitad del siglo XX.

En la historia de la fotografía periodística, su método de trabajo y su estilo sirvieron de inspiración a muchos de sus colegas. Sus reportajes sobre Oriente, de 1948 a 1950, se convirtieron en clásicos.

Cartier-Bresson fue testigo de los últimos seis meses del Kuomintang y de los primeros seis de la República Popular China. En 1954 fue el primer fotógrafo occidental cuyo ingreso a la Unión Soviética fue aceptado tras el restablecimiento de las relaciones internacionales. Luego vinieron series sobre Cuba, México, Canadá, India y Japón.

«Me enseñaron la rebelión», algo que «más que nunca» está de actualidad en vista de la «creciente diferencia entre norte y sur y la forma desvergon

zada en la que el sur es explotado», señaló en una entrevista reciente.

Uno se hace fotógrafo «mirando», dijo el fotógrafo al que el museo del Louvre sirvió de «escuela de la mirada»: «Iba allí para mirar y copiar. Es muy importante el reinterpretar».

«¿Cuál es la diferencia entre una cámara de fotos y el diván del psicoanalista?», interrogó una vez Cartier-Bresson. El mismo se contestó: «Al hacer un retrato se espera registrar el si

lencio interior de una víctima que lo consiente».

El artista siempre concibió a su cámara como un «cuaderno de dibujo», algo que se revela en los negativos ampliados a cuerpo entero, en la utilización de objetivos accesibles -apenas un gran angular, el normal y un teleobjetivo corto-, en una cámara simple como la Leica y en su desprecio por las técnicas especiales de laboratorio.

En 1932, cuando expuso por primera vez en la Julien Levy Gallery de Nueva York, un crítico de arte opinó que sus fotografías eran «equívocas, ambientales, antiplásticas y accidentales». Veinte años después, no necesitó cambiar de estilo para ser considerado uno de los máximos creadores de la fotografía: sus imágenes reflejan con sensibilidad los momentos aparentemente ordinarios de la vida.

Durante la Segunda Guerra Mundial fue tomado prisionero por los alemanes, pero logró escapar e integrarse a la Resistencia.

Con su «teoría de los instantes decisivos», logró la famosa imagen del matrimonio Irene y Frederic Joliot-Curie (1944), tomada de manera repentina apenas le abrieron la puerta, porque tenía el temor de que se arrepintieran.

En oposición a su pasión por captar retratos subrepticios, Cartier-Bresson siempre se negó a ser fotografiado. Necesitaba ser anónimo, para vagabundear por las calles con su pequeña y silenciosa cámara.

En los últimos años, hacía retratos de manera excepcional, pero todavía deambulaba con su Leica en una mochila, junto a un pequeño frasco de pimentón que le añadía al té, una costumbre que adquirió en durante su estadía en México. (Télam)


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