Nada cambia

Carlos Torrengo ctorrengo@rionegro.com.ar

Por Redacción

Está en la naturaleza de su cosmovisión del ejercicio del poder.

Esta es la razón por la cual emerge como estéril toda expectativa forjada en la posibilidad de que cambie.

Sucede que el carácter omnipotente y arbitrario forman parte de la esencia más íntima de sus conductas. Esas conductas que no reconocen la existencia de un tercero.

Así persiste en funcionar el gobierno radical que lidera el gobernador Pablo Verani.

Lo demuestra acabadamente la arbitrariedad con la que maneja la determinación de la fecha de las elecciones generales. Lo hace con el desdén propio de quien se siente dueño del destino del resto.

O al menos manipularlo.

Para el gobierno y su viga -el radicalismo-, el resto del sistema político rionegrino es un paria. Heterogéneo. Fragmentado. Segmentado. Se vincula entre sí por realidades e intereses diferentes.

A ojos del gobierno -en estos enjuagues casi un régimen-, parece lógico entonces que se pueda hacer con ese sistema lo que se quiera.

Y no es aventurado decir que en función de las complicidades que a lo largo de la transición tuvo gran parte de ese sistema con las distintas etapas del largo gobierno radical, puede sonar natural el desprecio con el que es tratado.

No lo es menos que si el gobierno tuviera una loable intención de invertir en la mejora de la imagen de ese sistema, daría a conocer cuanto antes la fecha de elecciones.

Evitaría así que la demora sea sinónimo de especulación en favor de los propios intereses del bloque en el poder. Un acomodar tantos en función de conducir un proceso del que emerja como único y terminante beneficiario.

Y evitaría además que la oposición consuma tiempo y recursos en aprestos para una batalla que no sabe cuándo se dará.

Además, de frente a la sociedad, todo ese ir y venir, sin punto fijo de llegada, suma desgaste al sistema político.

Así, con su demora en dar la fecha de elecciones, el gobierno abona a la decadencia de la ya deteriorada salud de la política.

Es más, ante esa degradación, el gobierno podría operar en sentido positivo.

Porque si se precisara de estar visceralmente comprometido con la democracia y quisiera prestar un servicio útil al sistema, hasta podría consensuar la fecha con la oposición.

Pero no, tamaña disposición es ajena a los dictados de poder de un gobierno que va deviniendo en régimen.

La demora es un «agravio al sistema republicano», chilló el jueves el diputado nacional por el PJ rionegrino y líder pétreo del menemismo provincial Carlos Larreguy.

Tan agraviante como lo es para el sentido común que ayer Larreguy afirmara que Menem es hoy blanco de una campaña «infame» destinada a evitar que vuelva a ser presidente.

Pero en tren de ponerse a tono con exigencias que devienen de la sociedad, el gobierno se maquilla y promete reforma política. Y como cuando llegue el momento difícilmente la consensuará, la pondrá directamente en vigencia.

Esta semana volvió a insistir en reducir el número de diputados de 43 a 36. Objetivo loable. El tema ha sido tocado en esta página, pero vale volver a él.

La reforma no toca el sistema de diputados por circuito y apunta a recortar la polémica lista sábana.

Entonces, como viene planteada, esta reforma apunta a beneficiar a los dos partidos tradicionales en la medida en que tienen una representación territorial distribuida en toda la provincia y mayor peso de aparato electoral.

A lo que se suma lo que se puede denominar voto cautivo o dependiente de mecanismos asistencialistas.

Los perjudicados por esta reforma serían tanto un posible ganador distinto de los dos partidos tradicionales. El Frente Grande y los partidos chicos que perderían posibilidad de tener representación.

Porque en un hipotético caso que el candidato del Frente, Julio Arriaga, triunfara en la próximas elecciones, es de prever que su apoyo surja fundamentalmente de los conglomerados con mayor cantidad de electores, pero no tenga peso en todos los circuitos.

La distribución en cada distrito es de dos para la mayoría y uno para la minoría. Esto es así, salvo que una tercera fuerza saque más del 22% de los votos. O sea que una fuerza que tenga el 20% en un circuito no obtiene representante.

Otra característica de la distribución circuital es que tienen la misma representación regiones de muy distinto peso poblacional. Tiene tres diputados el circuito de la Línea Sur, que representa al electorado de Jacobacci, Maquinchao, Los Menucos y Ramos Mexía. Y la misma cantidad de Legisladores el circuito Alto Valle Oeste, que junta los votos de Cipolletti, Cinco Saltos, Fernández Oro, Cordero, Campo Grande y Catriel.

Por otra parte la distribución de diputados en la sábana se hace por el sistema D»hont sobre el total de votos de toda la provincia. Así, los partidos chicos perderían posibilidad de tener representación en la medida en que se achica su torta de diputados a distribuir por este sistema.

Y se podría dar el caso de un partido con una preferencia que trepe a más del 10% de los votos y no tener ningún legislador.

Como conclusión, sucede que para una hipótesis de radicalismo o peronismo ganador, terminan teniendo más legisladores que el porcentaje real de votos obtenidos.

Esto sucede hoy.

Y es así porque están presentes en todos los circuitos y pesan más en los denominados chicos, fácilmente influenciables por el aparato y el clientelismo.

Para una hipótesis de un tercer ganador, éste tendría menos legisladores que el porcentaje electoral obtenido, por la razón inversa. Así, las fuerzas tradicionales se asegurarían que opositores pequeños, pero molestos, no tengan representación.

En fin, todo un juego para que parezca que algo cambia, pero no cambia nada.

Al que se vayan todos, el régimen responde con el «nos quedamos de cualquier manera»


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