Nadie tutela a las adolescentes que estudian solas en El Cuy



El albergue estudiantil secundario no tiene un responsable a cargo.

Cinco ilusiones de mujer duermen bajo un mismo techo en un modesto módulo habitacional, casi en el límite de las edificaciones de El Cuy. Marisol, Magalí, Soledad, Janeth y Laura son las jovencitas que actualmente viven casi como adultas -de hecho dos de ellas están embarazadas- en el albergue de estudiantes secundarios. El alojamiento fue creado para aquellos adolescentes provenientes de hogares rurales o poblados muy alejados de la localidad .

Ninguna de las chicas, con edades de entre 13 y 15 años –una sola tiene 19– alumnas de primero y segundo año, parecen estar al tanto del cúmulo de preocupaciones y versiones que sus vidas han generado en la pequeña comunidad de la Línea Sur rionegrina.

Es que la residencia no tiene ningún responsable a cargo. Esta circunstancia ya ha dado pie para que rumores de cierto descontrol en las conductas y hábitos de las adolescentes que se albergan en la vivienda ganen la inquietud del vecindario y de las autoridades locales.

Lejos de esos resquemores, las cinco muchachas enfrentan lo cotidiano a su manera. Es decir solas. Entre todas deben cocinar sus comidas, limpiar la casa, lavar su ropa, encender y mantener la estufa a leña, asearse. No tienen para eso ayuda ni compañía alguna. Ni una persona adulta supervisa de manera directa sus horarios de entrada o salida o los lugares adonde concurren. Si estudian o no, si cumplen con las tareas escolares o no, esto también es una cuestión que queda sujeta a la propia responsabilidad de cada jovencita o, en todo caso, a la presión o colaboración de sus compañeras.

Si bien hay varios adultos que se ocupan en la medida de sus posibilidades de lo que acontece con las estudiantas del albergue, ninguno lo hace por delegación oficial del área educativa.

Con fundadas razones, el comisionado de fomento, Dalmacio Soteras; la directora del colegio secundario, Cristina Guaglianone; el director de la primaria, Luis Cuello, coinciden en que una persona idónea debe asumir esa tarea en resguardo de la educación, seguridad y bienestar de las alumnas. Hasta la tutora -designada a los fines escolares únicamente- y una mamá que colabora en la residencia para alumnos primarios se preguntan cómo es posible que desde Educación o Acción social no se provea de lo indispensable, tanto materialmente como en personal al hogar estudiantil.

Una de las iniciativas que se propusieron fue que las madres con hijas en el albergue vivieran allí alternadamente por quince días o un mes, y colaboraran haciéndoles la comida. Hasta ahora esa idea no ha prosperado.

Las progenitoras, en todos los casos, residen lejos de El Cuy y “Río Negro” no pudo tomar contacto con ellas.

La residencia es una vivienda prefabricada, del tipo de las que salieron a la venta luego de la construcción de la represa Casa de Piedra. Pertenece a la comisión de fomento de El Cuy que cedió su uso ya que desde el CPE se adujo total falta de fondos. De modo que las necesidades se cubren con distintos aportes.

La comisión se hace cargo de los gastos de luz, en buena parte de la comida, garrafas y algo de leña que también llevan los padres. El cura del pueblo arrima lo que puede y desde Roca se han hecho eco vecinos e instituciones con donaciones, por ejemplo, de zapatillas. Igualmente, las carencias materiales son muchas. La vivienda pide a gritos mantenimiento exterior e interior y mobiliario. No hay calefón, heladera u otro artefacto eléctrico.

Cuatro de las jovencitas actualmente alojadas tienen sus familias en Cerro Policía y otra en Tromenco, mucho más lejos. Por la distancia, la dificultad de transportes y vaya a saber cuántas otras cuestiones, sólo muy pocas veces -o ninguna- desde que empezaron las clases han regresado a sus hogares o han recibido la visita de sus seres queridos.

La carencia afectiva y de contención se percibe en el aire aun cuando la camaradería entre ellas y el resto de los compañeros de la secundaria hacen de antídoto en los momentos difíciles.

La comunidad de El Cuy hace lo que puede, las propias chicas tal vez más. Todo ese enorme esfuerzo colectivo por la educación de los adolescentes no merecería fracasar.

Contratos de puertas adentro

Son más de las once de la mañana de un martes, día de clases. Magalí abre la puerta con la sorpresa reflejada en sus límpidos ojos. Nada sabía de la visita de “Río Negro” y se apresura a llamar a dos de sus compañeras que aún están en la cama.

Hace frío adentro a pesar de la leña que arde en el hogar de un pequeño comedor, aledaño a la cocina, que es por donde se entra a la vivienda. Dos dormitorios y un bañito la completan.

Hay harina dentro de una olla enlozada, como a punto para hacer pan.

Al rato aparecen Marisol y Soledad y enseguida Janeth. Silenciosas al principio, de a poco van contando cómo se las arreglan para vivir. “Nos turnamos” y explican que hacen contratos de dos semanas de duración para repartir las tareas diarias: encender el fuego a la mañana, hacer la comida, lavar los platos, limpiar…

El lavado de la ropa lo dejan para el fin de semana, porque de lo contrario no tienen tiempo para estudiar.

Se nota que la escasez de leña para calefacción es todo un tema.

Para bañarse calientan agua en ollas, por lo que la instalación de un termotanque es una de las metas más deseadas.

La realización de las tareas domésticas les lleva por lo común hasta las dos de la tarde. A esa hora empiezan con los deberes de la escuela. El secundario funciona a contraturno de la escuela primaria 87 -que les presta el edificio-. Entran a las 18 y salen a las 23. La directora misma justifica que las chicas duerman más por las mañanas porque por esos horarios, se acuestan bastante tarde.

Es fácil suponer que los fines de semana han de ser duros de sobrellevar en una edad en que el esparcimiento es tan indispensable como la formación intelectual. Un televisor les permitiría conectarse a una suerte de “cable” al que acceden los vecinos del pueblo a través de una antena parabólica ubicada en la comisión de fomento. Pero no lo hay.

Alumnas y futuras mamás

Una parte de las preocupaciones de los adultos de El Cuy parecen provenir del hecho de que dos de las jóvenes del albergue están embarazadas. Inquietud por demás justificada porque la pregunta surge sola. ¿Qué pasará con los estudios de esas futuras madres cuando nazcan sus bebés? ¿Podrá alguien cuidarlos mientras ellas asisten a clases? ¿Tendrán algún tipo de ayuda que les permita concluir con la educación secundaria mientras crían adecuadamente a sus hijos?

Esas inquietudes seguramente anidan en las dos jovencitas, pero no se animan o no quieren confiárselas a “Río Negro”.

Según comentó Cristina Guaglianone, directora del CEM 100, las dos chicas son conscientes de que su próxima maternidad hace aún más imperiosa la necesidad de completar los estudios del nivel medio. En cuanto a los controles prenatales, aseguró que se cumplen en el puesto sanitario local. También informó que las familias de las dos adolescentes están al tanto de lo que ocurre.

Mientras, son los compañeros de primero y de segundo año –en total 37 alumnos– quienes pueden percibir más de cerca las tribulaciones de las cinco chicas del albergue.

Julio, el abanderado del colegio, señala en este sentido la necesidad de un edificio propio para el secundario. “Porque el horario de clases (de 18 a 23) hace que haya que andar en la calle de noche”. Por el mismo motivo solicita el alumbrado público. Y todos los demás asienten. También piden una biblioteca y libros actualizados de historia y geografía, además de un playón cubierto para hacer gimnasia.


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