Narcótico





La televisión de los cinco años últimos, más que ningún cuento de hadas, más que ninguna ilusión colectiva -billones de veces superior a aquel lapsus de pánico que condujo Orson Welles con su radioteatro- ha provocado el extraño, el brutal y desgarrador malentendido de que todos deben (y por lo tanto merecen) meter su historia de vida entre sus fauces y, producto de esa aventura, alcanzar la felicidad con las manos.

No hay actores de teatro sino de televisión, no actores de cine sino estrellas fugaces que atraviesan el ojo omnipresente de canal E!, no hay locutores de radio sino invitados a ciclos de cable o a deshora en canales estatales conducidos por habitantes de la fauna catódica, no hay filósofos sino pensadores de programas políticos.

Nada es lo que es si antes no acontece el hecho máximo de la vida contemporánea: la cámara encendida, bostezando la rutina. Palabras más palabras más imágenes.

El error persiste. Se alimenta de la carne humana y los muchachos de «Gran Hermano», el ya concluido «El Bar», y los reality game que vendrán, terminaron de confirmarlo: los fracasados son los otros, los anónimos para la pantalla.

¿O no vieron a esos pobres tipos acomodados a la barra de «El Bar» queriendo que al menos un retazo de su piel figure en el cielo efímero? «¡Hola!, sí, estoy en El Bar, ¿me ves?». La frase se escuchó cientos de veces. Patético. Decadente.

Este engaño odioso, mal arreado, droga dura entre las duras, caracteriza nuestro tiempo. Aunque en la intimidad sepamos que las vidas no se iluminan con las lámparas que acompañan una grabación.

No hay resignación en el anonimato. No hay pecado. Nadie pierde, nadie gana. No hay error. Pero ante la ausencia de la televisión, entendida como un supremo mirón, queda el vacío. Y eso asusta.

Es la respuesta a por qué abundan las antenas satelitales en los humildes ranchos de ciertos barrios marginales. La televisión narcotiza el presente, lo contiene y alimenta. Es la última geografía posible de los que tienen nada salvo su cuerpo.

Si todos pudieran brillar. Ni si quiera así perdería su sentido el esquema actual de programación. La paradoja sustentaría el pavor: nosotros mismos viéndonos salir en televisión para cambiar al canal donde aparece la vecina en biquini. Y allí estamos también, viendo ver a la chica.

El filósofo Michel Houellebecq provocó las primeras nuevas arcadas del fin de siglo en la superada Europa con sus historias de seres comunes. «Mis personajes no son ricos ni famosos; tampoco son marginados, delincuentes o excluidos. Hay secretarias, técnicos, oficinistas, directivos. Personas que a veces pierden su empleo, que a veces sufren depresión», explicó en una entrevista.

Hombres y mujeres a las que la varita mágica de la fama no ha tocado jamás. Existencias envueltas en el dolor rotundo o en la depresión, el hastío o los sueños, sin testigos. Sin falsos testigos.

Una razón suficiente para acabar con el sortilegio del Gran Hermano.

Claudio Andrade


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