Neuquén, mayo 23, 1916
Más de uno debía alguna muerte, la había pagado con creces y, cumplida su condena, cargaba con una yapa de encierro sobre su vida ya deshecha.
Hace ya cien años que jugaron y perdieron la partida. Están todos muertos y sus cenizas escondidas y revueltas en la tierra, allí donde cayeron cuando los fusiló la policía, una región remota que visitamos siendo niños y que hasta hace poco nadie o casi nadie conocía. Esos muertos no han recibido, todavía, cristiana sepultura.
Esos hombres que murieron no eran blancos ni eran indios, sólo mestizos del blanco y del pueblo originario, eran nuestros gauchos de la Patagonia, de este y de aquel lado, del lado del Arauco.
Más de uno debía alguna muerte y más de uno ya había pagado con creces esa muerte y, cumplida su condena, cargaba todavía con una yapa de dos años de encierro sobre su vida ya deshecha. En sus postrimerías fueron reclusos de la cárcel de Neuquén.
Un día no les quedó más opción que practicar el culto del coraje: se fugaron y volvieron a matar y volvieron a huir. Conocían las costumbres del viento y de los pájaros, el capricho de los ríos y los presagios de las nubes y del cielo cuando la noche es limpia y clara y se viste de ascuas azules. Armados de esas astucias, se hicieron a la vela por la mar seca de la estepa.
La tragedia reside en todas esas muertes pero, ante todo, reside en que lo ocurrido era evitable. Ni Elordi ni Castilla (el jefe del penal) tomaron nota de las advertencias, que las hubo: hay peligro, hay rumores, hay ruido de máuseres y de cuchillos, hay ponchos enrollados en los catres que parecen el equipaje de un viajero; no hay comida ni hay remedios, sólo hay doce guardias para muchos; no tienen nada que perder y la libertad por ganar; falta presupuesto y, encima, han traído a más de treinta de La Pampa, el lugar no alcanza para todos.
Nadie nunca pidió atenuantes para ellos. Sólo exigía, aquel periodista mártir, que el gobernador gastara menos, o más pero mejor, y que activara las alarmas, que previniera la catástrofe.
Fue también una tragedia la que se representó en la pampa de Zainuco, sin público local ni visitante, con sólo los matreros y la partida policial como actores principales, sin roles de reparto y en medio de una soledad tan ancha que envolvía a todos como un sudario. Esto sucedió una semana exacta después de la fuga. Fue un 30 de mayo la masacre. Resistieron los perseguidos en “el rancho de Fix”. Eran diecisiete y aguantaron hasta que cayó Ruiz Díaz, el jefe. Los otros se rindieron en forma lenta y desconfiada, de a poco y como pidiendo comprensión con la mirada, ya que desconocían el arte de la oratoria.
La desgracia quiso que ocho se reportaran heridos después del combate y entonces “la sangre prusiana” de Staub no dudó y aplicó sus códigos: al fuerte, respeto, y, llegado el caso, hasta obsecuencia; al débil y vencido, nada, ni justicia. La orden del jefe de Policía al comisario Blanco fue clara y despojada, terminante: fusile a los heridos, van a ser un estorbo en el camino de regreso. Blanco cumplió e incluso repitió la orden, no fuera que alguno zafara todavía del plomo y de la sangre.
Y así fueron las cosas. Sin juicio, sin proceso, rendidos y a mansalva. Y para que el retorno a casa fuera más cómodo.
La voz del periodismo libre se levantó, subrogándose en la voluntad ciudadana, para reclamar otro modo de gestión de la cosa pública. Pero no se trataba sólo de una personal exigencia ética sino, en primer lugar, de fundar una moral social para la naciente sociedad neuquina y, más allá, de fijar los valores básicos sobre los que deberían erigirse un poder judicial y unas fuerzas de seguridad funcionales al desarrollo de una comunidad a la que pudiera considerarse –con razonable realismo– viable y deseable. Era el político Chaneton el que así hablaba, lejos, por cierto, de toda ensoñación idealista o romántica.
Como se sabe, no ganó Abel, ganó Caín. Y así las cosas, quien tiene que interrogarse a sí misma es la propia sociedad neuquina, que es hija de su historia, aun de su lejana historia. La Escuela de Policía de Neuquén lleva, todavía, desde 1963, el nombre de Adalberto Staub. Este hombre es el creador del delito público en Neuquén. Reflexionemos, pues.
Juan Chaneton
*Abogado, escritor, periodista. Autor de “Zainuco, los precursores de la Patagonia trágica”
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- Más de uno debía alguna muerte, la había pagado con creces y, cumplida su condena, cargaba con una yapa de encierro sobre su vida ya deshecha.