“Neuquén y el drama del anfiteatro”



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Si se hace un breve repaso de nuestra historia reciente, a simple vista la provincia del Neuquén aparece como la abanderada de los más relevantes hechos políticos que ocurrieron en el país. En ella el invencible poder electoral del peronismo sufrió su más humillante derrota; “A los hermanitos Sapag les hice un encargo y los muy pillos se me quedaron con el vuelto”, justificó el general Perón. Por la valiente tarea pastoral del obispo Jaime de Nevares es la capital de los derechos humanos. También es la única provincia en la que por el valor cívico de su pueblo no pudo hacer pie la cuestionada Ley Federal de Educación. Tampoco la censurable intentona oficial de alterar la Constitución para legislar la entrega de nuestro petróleo y demás recursos naturales, como ocurrió en varias provincias. Asimismo, es la precursora de los cortes de ruta que luego se universalizaron y el lugar donde tuvo su fin el servicio militar obligatorio… y la vida de un joven maestro cobardemente asesinado. A esta sugestiva serie de históricos acontecimientos eslabonados casi uno tras otro ahora se le debe sumar la presencia activa del Caesyp, avanzada concepción política que permite la participación ciudadana en esa esfera con rango institucional. En consideración a lo expuesto es dable preguntarnos por qué razón y/o circunstancia esto ocurre en Neuquén. ¿Qué viene ahora? Los sucesos que se precipitaron luego del entierro del anfiteatro en el Parque Central de Neuquén capital deben interpretarse como una edificante lección de vida digna de un plano celeste. La torpe decisión de las autoridades municipales que urdieron tamaño sacrilegio, además de originar un inédito hecho político-social que le ha quitado el sueño a una clase dirigente que no tiene la menor idea de qué se trata y mucho menos de cómo encararlo, es un claro testimonio de que el coliseo sepultado, más allá de no estar explícitamente contemplado en ninguna ordenanza, ¡tiene vida propia! El expreso apoyo del Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel indica que el asunto ya es causa nacional y va por más. Por increíble que sea, de ese simple error se valieron sus detractores para sacarlo del medio. Es el hombre viejo con su enfermizo cortejo de malezas e impurezas que se resiste a admitir que ya fue. Pero, para asombro y gratificación de todos, la espontánea reacción popular de restaurar en tiempo y forma tan preciado espacio histórico-cultural es la formal presentación del hombre nuevo en sociedad. Es la luz y el poder del espíritu que empieza a manifestarse a favor de un estilizado orden social libre de vicios y pleno de virtudes. Como no hay efecto sin causa, por todo lo expuesto es de presumir que el pueblo neuquino –como el argentino– por su agraciada condición de crisol de razas viene siendo laboriosamente preparado por la providencia para que en un futuro no muy lejano protagonice una epopeya cívica de la mayor trascendencia. Por lo tanto el drama del anfiteatro, más que una humillación, bien puede ser el jubiloso anuncio de que en Neuquén será el alumbramiento del poder social, etapa previa del amor social que en su momento unificará a la humanidad. Hugo César Navarro DNI 7.946.311 Neuquén


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