Tijuana, el bar de los ceniceros con cadenas

Funcionó desde los años 70 en avenida Argentina, frente a la Catedral. Fue punto de reunión dominguero y la “previa” para el boliche los sábados por la noche. En la década del 90 cerró.

14 ago 2018 - 00:00

Un chicano recostado sobre un cardon pintado en una de las principales paredes del lugar, una estética de ladrillo a la vista y madera y sus mesas con pedazos de cerámicos encastrados fueron los símbolos con los que se identifica a la confitería Tijuana de los años 70. Pasaron dos décadas desde que cerró sus puertas, pero aún “la neuquinidad” la recuerda con cariño y nostalgia.

Fue parte de la niñez, adolescencia y juventud de miles de nacidos y criados que pasaban allí horas enteras.

Funcionó desde principios de 1970 hasta la década del 90 en avenida Argentina frente a la Catedral, convirtiéndose con el paso del tiempo en uno de los puntos de encuentro más concurridos. Logró conquistar a clientes vitalicios gracias a la creación de un ambiente cálido y ameno. Su arquitectura influyó mucho en eso. Y también una anécdota sobre inauguración y ceniceros.

Tijuana abrió sus puertas por primera vez con una fiesta abierta a los vecinos. Ese día luego de los festejos desaparecieron todos los ceniceros metálicos estampados con una marca de un aperitivo.

Desde ese día, los dueños resolvieron atar a las mesas cada uno de los ceniceros repuestos. Así se convirtió Tijuana en la “confitería de los ceniceros encadenados”.

Era la cita obligada a la salida de misa, luego del trabajo y en las noches de verano. Fue el lugar elegido por las abuelas para invitar a sus nietos con un submarino calentito. Fue la previa al boliche de entonces. Los jóvenes de los 70 se encontraban en Tijuana y de allí luego de cafés y tragos partían hacia Gente o Pirkas, las discotecas más reconocidas de la época.

“Domingos, salida de misa a las 11 y cafecito en Tijuana donde revoloteaban los muchachitos de Don Bosco y la Enet. Solo mirábamos y nos sonreíamos”, escribió Gladys en una página web que recopila momentos y lugares históricos de la ciudad capital.

Se sumó Walter con una confesión: “A veces nos íbamos a Tijuana a jugar al pool escapados de los actos patrios que se hacían en calle Roca”.

“Yo recuerdo al personal, mozos y las chicas de la cocina. En las tardes de mucho frío trabajando en el kiosco Catedral con solo una seña me cruzaba por un cafecito o por una jarrita de cobre con chocolate”. Alicia también dejó estampado su recuerdo. Y vaya uno para Luis, German y Betancur, los queridos mozos de la confitería.

En los años 90 Tijuana levantó su chicano y se fue. Luego vendría otra con nombre Marron’ s, también un gran punto de encuentro. Y después otra, otra y llegó Havanna con sus alfajores marplatenses.... como si ese edificio estuviera predestinado solo a ser un bar que reúne neuquinos de todas las décadas.

El día que se inauguró la confitería desaparecieron todos los depósitos metálicos de colillas. Su dueño tuvo una ingeniosa idea.

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