No conozco a nadie, nadie me conoce

La dispersión del centro histórico es un rasgo peculiar.



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ciudad judicial

la impresión del forastero

A veces, algunas, la queja melancólica del poeta regional da vuelta a una esquina y se pierde: no conozco a nadie, nadie me conoce, dice. La aldea ya no existe. Uno entre tantos que no es nacido ni criado dijo, después de olfatear un poco y quedarse, que aquí le gustaba porque no había tradición. No es Neuquén, a primera vista, una ciudad a la que pueda tenerse como armónica y ordenada. El forastero que pasa por aquí rumbo a donde se le de la gana –Bariloche, Villa La Angostura, San Martín o Junín (ambas de los Andes), Villa Pehuenia o algún escondido pueblo del Norte como los que propagandiza la senadora Nanci Parrilli– entra en un agudo trance de desconcierto cuando decide dar una vuelta por el centro histórico “para conocer” y, eventualmente, “hacer noche”. Se entiende que sea así, porque en la Ruta 22 –llamada, después de ampliada, multitrocha– no hay más para ver, a derecha e izquierda, que negocios dedicados a los automóviles, para venderlos enteros o por partes, mientras el municipio trata de encontrarles lugar tanto para circular como para estacionar. Bien. El caso es que el chofer – el hombre las más de las veces o la mujer las menos– decide doblar hacia la derecha. Ha echado una mirada panorámica y visto que por allí se va hacia la modernidad y la riqueza, pública o privada. Encara por la avenida llamada Argentina, cruza unas vías sin trenes y de pronto se encuentra con la casa de Dios (que efectivamente lo fue corporizada en un hombre, simplemente llamado Jaime). Siempre en pos del centro histórico, busca la Plaza Mayor y, rodeándola, la Casa de Gobierno y la Municipalidad. En el mayor número de capitales de provincias ese centro semicolonial existe, no digo que tal cual lo dejaron los españoles tras ser expulsados por el ejército de Belgrano, pero parecido. Aquí, en cambio, nada. O mejor, la Patagonia era de otros, que vivían en toldos. De pronto la mujer acompañante que no paraba de dar indicaciones y como si fuera el vigía de Colón, Rodrigo de Triana, dijo “allá” y señaló hacia adelante. Había divisado en lontananza el monumento a San Martín montado sobre su anónimo caballo y convocando a marchar hacia Chile. Ya en el Plumerillo, unos 60 años antes de que Roca llegara a Choele Choel había lanzado la proclama al Ejército de los Andes, que hablaba de “nuestros hermanos los indios”. Nueva desilusión. Allí, donde debería estar la plaza rodeando al Libertador, no había más que cemento y un edificio municipal de lo más moderno. De los tiempos coloniales ni una huella, ni siquiera de “nuestros hermanos”. A la izquierda arrancaba la calle Roca. Sagazmente, el hombre coligió que por ahí llegaría a un destino importante y así fue. Por fin, encontró algo antiguo, cubriendo toda una manzana, la sede del gobierno provincial, frente a una plaza. Allí habían estado Edelman, Asmar, Don Felipe, un tal Rosauer, de nuevo Don Felipe, Salvatori, otra vez Don Felipe, milicos, de nuevo Felipe, Salvatori, Sobisch, Don Felipe en la despedida, Sobisch dos veces seguidas y, hasta hoy, otro de la familia, Jorge Augusto. Manuel Olascoaga, el que trasladó la capital desde Chos Malal, la lejana, a Neuquén cuando llegó el ferrocarril, quiso que el centro de la ciudad fuera el cruce de diagonales donde está el monumento, pero no. La iglesia fue a dar más abajo y el vetusto edificio del gobierno a tres cuadras. En síntesis, un agitado desparramo, sobre el que se mueven unos 270.000 habitantes, sin contar los que se suman de ciudades vecinas de las dos provincias, diría que como satélites sin ánimo de ofender a nadie. La ciudad real se fue para arriba y hacia el norte, sobre la barda que escondía al río Neuquén. Los forasteros vieron que tres poderes del Estado –el Deliberante municipal, la Honorable Legislatura, la que se llama ya, aún sin terminar, Ciudad Judicial– miran desde lo más alto a los techos que se tienden hacia el otro río. Después de la ruta, hacia el sur, es un gran suburbio. Cayendo la noche volvieron al hotel, sin ver los barrios cerrados, esos que son como castillos medievales que se amurallan para defenderse de los bárbaros. Él le preguntó: “¿Y, te gustó?”. Y ella contestó: “¿Qué querés que te diga? Es rara, pero sí”.

sin plaza

A diferencia de lo que ocurre en la mayoría de las ciudades de tradición colonial, la estatua del Libertador no está dentro de una plaza.

Jorge Gadano jagadano@yahoo.com.ar

Mira desde lo alto al resto de la ciudad.


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No conozco a nadie, nadie me conoce